El comienzo

 

Se conoce como "El grito silencioso", y es la imagen real de un feto captada en el ultrasonido realizado en el momento en que se estaba haciendo un aborto. El nonato grita y hace gestos de dolor.
Se conoce como “El grito silencioso”, y es la imagen real de un feto captada en el ultrasonido realizado en el momento en que se estaba haciendo un aborto. El nonato grita y hace gestos de dolor.

Después de meditar y rezar para discernir el paso que voy a dar, estoy segura de que Dios quiere que lo diga: mi madre me quiso abortar “con todos los medios” que tuvo a su alcance, y mi padre abusó de mí sexualmente cuando yo era una adolescente. Sobreviví a ambas experiencias. Sé que parte del proceso de sanación interior requiere esta dolorosa confesión para poder sacarla de mis adentros, compartirla y acercarme a ella con una mirada y un sentir compasivo, misericordioso, perdonando a mis padres y sobre todo: que sirva de testimonio en contra del aborto y del abuso sexual de menores.

Fue sólo por la gracia de Dios que poco a poco me fui liberando de esa enorme culpa que he arrastrado primero a un nivel inconsciente, después familiarizándome con ella, hasta que la vi terrible frente a mí, acusándome de lo que era inocente: haber nacido. Poco a poco me fui despojando de la carga opresora de los pecados de mis padres. A ellos no los acuso ni condeno.

La foto que ven arriba se conoce como “El grito silencioso”, y es una imagen captada por el ultrasonido de un feto gritando y haciendo gestos de dolor por lo que le están haciendo en ese momento para abortarlo. Esta imagen le ha dado la vuelta al mundo y es una, entre muchas otras de la prueba científica de que el nonato siente dolor por lo que le hacen en el vientre materno cuando lo quieren matar. Se ha comprobado que siente mucho más de lo que se creía: dolor físico, rechazo o acogida amorosa de los padres, porque escucha desde el vientre sus voces, responde a estímulos como la música, sueña, bosteza, sabe huir hábilmente de las manos o las pinzas o tubos de succión que lo quieren destrozar en el proceso de abortar, todo esto se ha sabido gracias principalmente al ultrasonido. Las personas no creyentes pensarán que exagero y formo un gran libreto trágico donde no existe argumento. Lo trágico aquí es la ignorancia de la sacralidad de la vida. En una sociedad donde se ha perdido el sentido de lo sagrado, ¿qué más da que se maten a cientos de miles de niños y niñas diariamente?

El aborto es un crimen abominable, es un pecado muy grave.

No tengo memoria consciente de lo que se hizo para abortarme, pero parece que sí llevo grabada en algún lugar de mi cerebro en formación esa experiencia. Sí recuerdo con claridad los primeros años de mi infancia, cuando fue más obvio el rechazo que mi madre tuvo hacia mí. Hoy compendo que fue la depresión posparto, y más tratándose de mí, una niña no esperada, no querida. Toda la familia conocía los esfuerzos que Mima había hecho por no tenerme. Yo me vine a enterar ya siendo una mujer adulta. La primera noticia, a medias, que tuve de ello fue cuando mi primo Carmelo, un día me dijo: “Tú naciste de milagro”, y pude ver cuando Adolfo, su amigo, le empujó el codo para que no tocara el tema. A partir de ahí nació mi intriga. ¿Qué quiso decir él con eso? Pero no fue curiosidad sólo, mi querido primo había tocado una fibra escondida en mí que saltó, algo intuí que siempre estuvo ahí, en mi interior.

Mi madre siempre padeció, como se decía en Cuba “de los nervios”, pero hoy sabemos que es depresión o ansiedad. Parece que padecía de ambas, aunque más marcadamente, que yo recuerde, de ansiedad y ataques de pánico. Todo se hubiera resuelto hoy con pastillas anxiolíticas. Pero entonces no existían.

El cuadro era bastante duro: una mujer que se casó locamente enamorada, abandonada a los 8 años de matrimonio porque su marido no podía serle fiel, se fue con otra mujer. Mi madre, una maestra de bajo sueldo a cargo de mi hermana, mi tía abuela, que es mi madrina de bautizo, y yo. Vivíamos todas juntas. Mi madrina, Mime, quien me crió los  primeros años de mi vida y me quiso como una verdadera hija, fue quién me salvó de la falta de acogida o cariño posnatal tan tenecesaria que se sabe hoy por la ciencia que es vital para el sano desarrollo del bebé.  Se ocupaba de mí amorosamente, como una madre. Con ella dormía todas las noches –mi hermana, que fue la primogénita, y sí muy esperada con ilusión cuando nació en 1942, dormía con mi mamá en el otro cuarto–. Mime me llevaba de paseo y me compraba helados por las tardes cuando pasaba el heladero por el barrio tocando las campanas de su carrito. Planchaba mis uniformes escolares, y había que verla cuando me los ponía, con qué cuidado buscaba un despliegue. Y no se me olvida cómo me lo decía: “Tu verdadera madre soy yo”, aludiendo a lo que me cuidaba y quería.

Pero la cosa es complicada. Durante los años de mi primera infancia (ver mi artículo La maestra rural), mi madre tenía que irse al campo los lunes y regresar los viernes. Ella daba clases en un pueblo llamado Piloto, y después en otro que se llama La Malleta. La guagua que cogía en Pinar, la llevaba hasta un entronque lejano y de allí a la escuela; tenía que ir a caballo, como el viaje era tan difícil y lejos, se pasaba toda la semana allá, en una casa, me contaba, de piso de tierra donde no había luz eléctrica, se iluminaban con una llama que salía de una lata, a la cual llamaban chismosa. Una semana me llevó con ella, fueron unos día privilegiados. Qué  hermoso era el campo al amanecer, y por la noche los ruidos de las chicharras y las palmas moviéndose con el viento, parecía una suave cascada de agua. La penumbra de la casa me gustaba menos, decían que podía haber alacranes, pero tenía un encanto inolvidable. Diría más que encanto: la luna a través de la ventana, en aquel monte de silencio y alegría interior permanecieron en mí durante mucho tiempo. Ahí nació, supongo, mi amor a mi tierra.

Mima no podía pasar tanto tiempo con nosotras por el trabajo. Así que en esos días mi abuela se encargaba de mi hermana y Mime de mí. Cuando yo tenía apenas 3 años nos mudamos las cuatro para la casa de mi abuela, matriarca de la familia. Este rechazo materno a mi nacimiento y durante los primeros años en el que yo no sentí rechazo, sino más bien indiferencia, dejó una honda huella en mí, pero dio un vuelco radical en algún momento que no sé ubicar. El caso es que comenzó a crecer una relación muy linda entre mi madre y yo, de mucho amor, necesidad y comprensión, y a medida que fui creciendo, se fue haciendo más entrañable y profunda. Sobre todo cuando nos fuimos de Cuba. Le pido a Dios que me ayude a escribir esto porque sin él no puedo. Sé perfectamente lo que me ha detenido y detiene: el inculparlos a ellos, a mis padres.

Mi madre no sabía lo que estaba haciendo, no tenía idea de que estaba queriendo matar a su bebé, no tenía conciencia de que la vida comienza en el momento de la concepción. De lo que tenía conciencia era de su soledad, de su abandono por un hombre malo, mi padre, del cual estaba divorciada y se encontraba ahora súbitamente embarazada, y seguía amándolo apasionadamente. Obviamente seguían teniendo relaciones íntimas esporádicas. Todos somos débiles ante el amor. El caso es que en uno de esos encuentros sexuales estando divorciados, quedé concebida. La consecuencia fue que se tuvieron que casar otra vez, para que yo naciera dentro del matrimonio. Esta era la tercer vez que se casaban, y la última. A los dos años de haber nacido yo, se divorciaron definitivamente.

Y fue así que un día después de muchos años de haber nacido encontré en la Biblia este versículo: “Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado”. (Jeremías 1, 5) Cuando leí por primera vez estas palabras del profeta Jeremías en el Antiguo Testamento, y me fui adentrando más en los salmos y en toda la Palabra de Dios, supe por qué había nacido, Dios lo quiso y no precisamente para que me callara sobre esta experiencia de vida devastadora: fue para que hablara, y que lo gritara si fuera necesario: El aborto es un asesinato de un niño o una niña, es lo mismo que si una madre estrangulara o acuchillara, o le diera veneno a su hija o hijo de un año, dos, tres. El ser humano lo es desde la concepción, tiene un ADN único, es un ser irrepetible, amado por Dios.

La matanza de bebés en todo el mundo es el peor crimen que comete la humanidad. Se ha comparado muy acertadamente que la falta de conciencia moral que se tuvo con la esclavitud, es similar a la que se ha tenido y se tiene con el aborto. Hoy sabemos que la esclavitud es uno de los crímenes mayores que ha cometido la humanidad: el trabajo interminable e inhumano a que eran sometidos los esclavos; hombres linchados o mutilados; mujeres repetidamente violadas, convertidas en esclavas sexuales. Madres separadas de sus hijos pequeños o adultos, porque se vendían a otros esclavistas. ¿Se escandalizaba alguien del XVII, XVIII y parte del XIX en la Cuba colonial porque se tuviera esclavos? ¿Porque se les golpeara, se les humillara hasta lo indecible, se les tratara como animales en un barracón? La historia es harto conocida. Algo similar ocurre con el aborto. Por eso y por otras razones no culpo a mi madre, la defiendo, la comprendo, la quiero.

Fue mucho tiempo después, creo que unos años o meses antes de morir, que ella misma me lo dijo. “Yo hice todo lo posible por abortarte, pero no hubo forma, aunque traté por todos lo medios no salías” Me dijo esto de una manera casual, pero mirándome muy fijamente. Yo no sabía nada. Fue una conmoción dentro de mí, pero no lo interioricé hasta tiempo después. No practicaba la religión en que nací, la católica en esos tiempos, no tenía esos valores arraigados en mí. Y no consideraría la gravedad de esa confesión hasta mi conversión religiosa. Entonces empecé a ver, porque antes estaba ciega. ¿Qué hizo mi madre para abortarme, si hizo “todo lo posible”? Era Pinar del Río, Cuba, estábamos a finales del año 1947, cuando yo estaba en su vientre. Las cubanas se hacían miles y miles de abortos en todo el país. Tomaban pociones que supuestamente hacía arrojar la criatura después de muerta, se metían percheros o agujas de tejer por la vagina para destrozarlo, etc. Pero la llegada del ultrasonido sacudió las conciencias de médicos y madres, porque permitió ver al feto perfectamente, algo que antes era impensable. Sus movimientos, su crecimiento, su sexo.  Aquí podrán leer las confesiones del Dr. Bernard Nathanson, dedicado toda su vida a realizar abortos y el efecto que tuvo en él ver a través de un ultrasonido la práctica de lo que él hacia a diario.

No podría explicar o nombrar esas consecuencias de este intento de asesinato fallido contra mí, pero las hubo para ambas, ella y yo. Como dije, fue poco tiempo antes de morir que ella me hizo esa confesión. Hace poco tratando este tema con mi psicóloga se lo conté, y ella me preguntó: “¿Por qué te lo dijo?” Le comenté que yo siempre me hacía esa pregunta, sin hallar respuesta. Me dijo, vamos a hacer algo, quédate con esa pregunta como tarea y trata de contestarla para cuando nos veamos de nuevo. Pasaron las dos semanas y nos volvimos a encontrar. Le confesé que seguía sin hallar una respuesta. Entonces ella me contestó:  “¿Dora, no te has preguntado si no lo habrá hecho porque se sentía culpable?” Esta brillante visión de mi psicóloga me reveló muchas cosas de la actitud de mi madre hacia mí, de nuestra relación, siempre de un amor entrañable, pero siempre también algo extraña, como de reproche mutuo. Mi madre era un ser sublime, que sufrió mucho por el amor no correspondido por parte de mi padre y tuvo que hacerle frente a la vida sola desde que se divorciaron, siendo mi hermana y yo niñas, y él, ya rico en La Habana, donde había abierto varios negocios, no nos enviaba nada para la manutención, y si lo hacía era muy poco.

Hoy comprendo tantas cosas que antes no comprendía, su cariño inmenso por mí, sus sacrificios por mis estudios, sus dependencia de mí que se fue haciendo mayor con los años, su gozoso deseo de complacerme en todo lo que yo le pidiera: Mima era el hogar, la felicidad, la vida completa. Desde que murió mi vida se fracturó para siempre, gracias a la ayuda profesional de psicólogos y sobre todo mi fe, el acompañamiento espiritual de personas muy valiosas en la Iglesia he podido superar poco a poco el vacío y la soledad que quedó en mí cuando ella murió.

Gracias, Dios, porque me diste a esta madre maravillosa con la cual espero reunirme pronto, cuando yo vaya a tus brazos paternales, donde ella y mi madrina están ya, y ese abrazo de amor, lo sé, me une a toda la creación y estaré junto a Cristo para siempre. Seré parte del cosmos, del Cristo cósmico, una felicidad sin fin. Este es mi sueño, esta mi esperanza.

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Pueden ver el vídeo El grito silencioso aquí: https://www.youtube.com/watch?v=lpteYorVBLI

 

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