El happening que sí sucedió

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El happening proviene de la palabra inglesa que significa “evento”, “ocurrencia”, “suceso”. Los happenings forman parte del conjunto del performance art y mantiene afinidades con el llamado teatro de participación. Lo que propone el happening artístico es producir una obra de arte que tiene como fin la participación de los espectadores, para que dejen de ser sujetos pasivos y con su actividad, alcancen una liberación a través de la expresión emotiva y la representación colectiva. Aunque es común confundir el happening con la performance, el primero difiere de la segunda por la improvisación o, porque es difícil una real improvisación, por la imprevisibilidad.

El happening suele ser efímero, ya que busca una participación espontánea del público. Por este motivo los happenings  se producen en lugares públicos, como un gesto de sorpresa o irrupción en la cotidianeidad. Sin duda eso acaba de suceder en Cuba.

Porque es precisamente lo que se proponía la internacionalmente reconocida artista cubana Tania Bruguera en su obra El Susurro de Tatlin #6. El personaje central de la obra artística de contenido político –que se ha practicado en Cuba desde 1961 por órdenes de Fidel Castro– sería un micrófono encendido y abierto en la Plaza de la Revolución a la sombra de la estatua de José Martí ante el cual todo cubano que lo deseara podría hablar durante un minuto sobre lo que opinaba del futuro de Cuba después de restablecidas las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba el 17 de diciembre de 2014. El happening tendría lugar el 30 de diciembre a las 3 de la tarde.

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Pero ya sabemos que no se realizó como se planeó, porque detuvieron ese mismo día a Bruguera, aperiodistas del diario digital 14Ymedio.com, que dirige Yoani Sánchez; entre ellos su esposo, el editor Reinaldo Escobar, y numerosos activistas de la oposición pacífica. A algunos de ellos los dejaron salir de prisión al otro día, 31 de diciembre.

¿Cómo pudo Raúl Castro y su comitiva “artística” cometer semejante error, de cara a la importantísima reunión que en los próximos días tendrá con a secretaria adjunta de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Roberta Jacobson? Por pánico, un inmenso pánico de que algún cubano que no fuera Fidel o él o alguien de la cúpula totalitaria tuviera acceso a un micrófono para expresar, por primera vez en 57 años su opinion individual, personal, libre. El miedo pudo más que su poderoso afán de que funcionen bien las relaciones con Estados Unidos. Les va la vida en eso.

Pero resulta que el happening de Bruguera ha tenido, sin realizarse, un éxito imprevisible. El evento artístico se transformó genuina, espontáneamente, y se llevó a cabo mostrando el rostro horrendo de la tiranía. ¿Le salió al régimen el tiro por la culata? No sé. Las cosas están sucediendo demasiado rápido, estamos montados en un tren que se puede descarrilar, para mal o para bien de la causa de la libertad del pueblo cubano.

yotambienexijoLa Jacobson lanzó el mismo día 30 un tuit en el que decía textualmente: “Apoyamos a los activistas que ejercen su derecho a la libertad de expresión y denunciamos los arrestos (…) en #Cuba”.

Las redes sociales en la que participan los cubanos no daban abasto apoyando la obra, participando en ella mediáticamente con el hashtag #YoTambiénExijo.

El Departamento de Estado tampoco se calló ante lo sucedido en Cuba. En una declaración publicada expresó: “Estamos profundamente preocupados por los últimos informes de detenciones y arrestos de las autoridades cubanas de miembros y activistas de la sociedad civil pacíficos, incluido Luis Quintana Rodríguez, Antonio Rodiles, Danilo Maldonado, Reinaldo Escobar, Marcelino Abreu Bonora y Eliécer Ávila”, señaló el portavoz del Departamento de Estado, Jeff Rathke.
“Condenamos enérgicamente el continuo hostigamiento del gobierno cubano y el uso repetido de la detención arbitraria, a veces con violencia, para silenciar a los críticos, interrumpir la reunión pacífica de la libertad de expresión, e intimidar a los ciudadanos”, agregó Rathke. “Las libertades de expresión y de reunión pacífica son derechos humanos internacionalmente reconocidos, y la falta de respeto a estos derechos por el gobierno cubano, como lo demuestran las detenciones de hoy, es incompatible con las normas y compromisos hemisféricos”, enfatizó. “Siempre hemos dicho que continuaríamos con los planes de hablar sobre los derechos humanos, y como parte del proceso de normalización de las relaciones diplomáticas, Estados Unidos seguirá presionando al gobierno cubano para que respete sus obligaciones internacionales y los derechos de los cubanos a reunirse pacíficamente y expresar sus ideas y opiniones, al igual que sus compañeros miembros de la sociedad civil de todo el continente americano se les permite hacer”, concluyó Rathke.
En estas páginas he expresado mi fuerte deseo de regresar a Cuba una vez restablecidas las relaciones diplomáticas, económicas, etc., Ahora bien, no se equivoquen. Regresaré aun estando el actual gobierno, sí, pero apoyando en todo lo que mis fuerzas me den la libertad de expresión y todos los derechos humanos de los cubanos. No me mantendré de brazos cruzados.

Del placer y el olvido

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El vagón del subway iba lleno, como siempre a esa hora del rush de la mañana. Yo, 16 años, cargada de libros rumbo a George Washington High School –lugar de inicios voluptuosos–, de pie agarrada a uno de los postes donde se encontraban las manos de todo tipo de gente, apretando el tubo para no caerse. Rieles entrecruzados, frenazos bruscos del tren IRT, que atravesaba Manhattan.

Miré la mano que me estaba rozando, subí por el brazo hasta llegar a la cara. Atracción inmediata. El joven me miraba fijamente, con expresión de deseo, algo ingenuo me pareció, lo que me atrajo más, diciéndomelo todo con los ojos. Y yo, que no tenía ganas de ir a la escuela, lo miré también. Sonreímos y nos bajamos en Washington Square, en Greenwich Village, adónde solía saltar clases para escaparme y ser parte de la cantata y las guitarras. Era la vida rebelde; allí era yo misma, experimentaba la plena libertad dentro de la incertidumbre de una generación algo perdida, por lo menos yo lo estaba. En ese espacio y ese tiempo se estaba gestando mi otra identidad, se enraizaba mi segunda nacionalidad.

Nos bajamos del tren. Estaba bajo el hechizo de sus ojos verdes inolvidables. Pelo negro, boca hecha para la mía, que comprobé hasta la locura horas más tarde. Hacía poco que se había mudado para Nueva York; me lo dijo en su cama, después de hacer el amor, en ese instante dilatado de gestos y palabras lentas, de intimidades y caricias.

DSCF9306Estuvimos horas en Washington Square, sentados en la fuente, caminando a la deriva mirando a la gente sin saber adónde íbamos. Me sentí feliz con mi conquistador apasionado. ¿Cómo era aquello posible? Siempre me sentía tan inapropiada ante los ojos masculinos.

No sé cómo terminamos uniéndonos a un grupo en la fuente que brindaba con vino y nos lo ofrecieron. Uno de ellos, sin camisa y riéndose, dijo que le había llegado la tarjeta y se tenía que ir para Vietnam. Tanta confusión había; y yo sentía que nos unía la alegría de estar en contra de casi todo, la rebelión latía como una bomba de tiempo en el pecho, cómplice de la revuelta, que no sólo era visible exteriormente, el disturbio grande se hallaba dentro.

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¿Sabía yo las causas de aquel ciclón interior que removía mi vida? No, no entonces, porque vivía, no analizaba, no tenía aún la facultad de reflexionar en el tiempo, los signos, las marejadas, los destrozos, la lenta reconstrucción del sí mismo.

Mi compañero y yo hablábamos de cosas que mirábamos y nos daban risa o nos sentíamos parte de ellas sin decirlo de esa manera. Me sorprendí –¿o asusté?– cuando me tomó la mano y me la apretó, como si fuera su novia. Me gustaba la aventura aquella. Qué delirio. De pronto le dije que por qué no nos íbamos de allí, ¿por qué no a los Claustros?

Abordamos otro subway. Él me acariciaba la mano y acercaba su cabeza a la mía, sentados muy juntos. Y me besó.

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Los Claustros.

Llegamos; apenas visitamos varias salas del museo, cuando salimos por una de las puertas y vi que le encantó el aire libre, el espesor del bosque, los árboles, la maleza. Saltó uno de los muros y alzó los brazos desde el otro lado para aguantarme cuando yo brincara. Lo hice, y empezamos una caminata sobre las hojas secas de otoño.

Nos detuvimos debajo de unos arbustos y nos acostamos sobre las hojas. Ya serían como las dos de la tarde. Me besó, y en un acto de arrojo sin pena ni conflicto ni freno, lo besé también. Fue un minuto de mi larga vida que no olvido: era yo sin ser yo, ese falso yo integrado ya por una cierta seguridad, afecto (en mi caso lésbico el afecto venía de lo femenino (mis experiencias eróticas eran con muchachas), poder y control. Nada de eso parece que desempeñaba ningún papel ahora. Insegura, sin poder alguno, sintiendo un afecto fuertemente desordenado para mí entonces, me hallé casi desnuda junto a él, con aquel frío que me hacía feliz, pero cuando estábamos al borde de la locura cuerpo contra cuerpo, sentimos el silbido de un policía que detrás del muro nos llamaba,

Si no fue este, fue un muro igual.
Si no fue este, fue un muro igual.

y al mirarlo asustados vimos los gestos que hacía de que desapareciéramos de allí.

Nos fuimos corriendo, contentos, porque nos sentimos –sin tener conciencia– poseídos por la fuerza de Eros, ya no éramos nada, y éramos todo.

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Los Claustros desde arriba.
Los Claustros desde arriba.

Entramos a su apartamento, hicimos el amor desesperados. ¿Qué era lo que yo estaba haciendo? No me importaba, yo no era dueña de nada.

Sonó el teléfono, era su hermano que estaba al llegar. Me quise ir enseguida. Salí apresurada buscando el subterráneo, ya de noche, y me monté en el tren con el olor suyo, olor de un hombre en mi cuerpo. Esa noche me llamó por teléfono. Y al otro día varias veces, y al otro. Mi hermana contestaba y me daba los recados que yo escuchaba en silencio. Sabía que no le había dado mi dirección.

Y sin saber porqué, nunca más hablé con él ni lo volví a ver.

Y no recuerdo su nombre, el de aquel joven hermoso que un día se grabó en mi existencia para siempre. ¿Dónde estará hoy?

La hija pródiga. Charlie MacKesey, 2013.                                                  La hija pródiga. Charlie MacKesey, 2013