El abuso sexual de mi padre



2014


Quien haya sido víctima de abuso sexual está mutilado de por vida, la herida a su psiquis es tan profunda para el desarrollo sano de la persona que una nunca sabe qué camino tomará el individuo para intentar ser feliz. Me siento movida a escribir sobre el abuso sexual por el impacto que me ha causado la Carta Abierta de Dylan Farrow, la hija de Mia Farrow e hijastra de Woody Allen, publicada en la columna de Nicholas Kristof del New York Times el domingo. Dylan cuenta cómo fue abusada sexualmente por Allen, aunque Allen siempre lo ha negado. Lo hace motivada por el Premio Golden Globe que le otorgaron a Allen por la excelencia de su obra; ella lo vio por televisión llorando, recordando.
Les contaré ahora cómo fui abusada yo y por qué me identifico con Dylan Farow, y cientos de miles de mujeres que han sufrido en silencio demasiado tiempo este asalto a su dignidad, a su integridad, a su equilibrio emocional.
Supongo que fue por la necesidad que tenía de recibir muestras de cariño. Me sentía muy sola y lloraba por las noches, porque extrañaba a mi familia que había quedado en Cuba. Yo tenía 13 años, hacía uno que había llegado a Estados Unidos reclamada por mi padre, estábamos en 1963. Vivíamos en Port Chester, Nueva York, yo vivía con él y mi madrasta. Ella había salido esa noche, él estaba mirando la televisión, recuerdo que era un juego de pelota, y le oí gritar animado, supongo que estaría ganando su equipo. Mi padre estaba poco en casa, viajaba mucho por asuntos de negocios y nuestra relación distaba mucho de ser cercana y cariñosa (no vivía con él desde que yo tenía dos años, cuando mis padres se divorciaron). Pero desde abril del 62 en que llegué a Miami hasta la fecha de esa noche, vivíamos juntos, así que se había ido creando una relación más normal, creo, de padre e hija. No era malo conmigo, sin embargo me inspiraba más bien miedo que otra cosa. Pero no esa noche, me acerque a su butaca y mesenté en el brazo de esa butaca, lo abracé y le di un beso contenta y me quedé sentada a su lado. Sólo Dios sabe lo necesitada de amor que estaba. De algo que me trajera por lo menos el recuerdo de lo que había dejado atrás: mi madrina querida, mi madre, mi abuela, mis primos, mis amigos, mi casa, mi infancia, mi escuela. Sentada en la butaca y mirando a la pantalla, tratando de compartir con él su alegría por el juego, de pronto sentí su mano subir lentamente por mi muslo, más bien eran los dedos. Cuando vine a ver esos dedos estaban acariciando mi sexo a través del panty (bloomer). No sabiendo qué hacer me quedé paralizada un momento, hasta que me levanté muy asustada y miré hacia él. Pude ver enseguida que tenía una erección y una expresión en el rostro para mí desconocida. Ése no era mi padre, o lo era, pero no lo había visto así, con ese deseo o lujuria en los ojos. Di la vuelta y fui a encerrarme en mi cuarto. Nada más pasó. Hoy le agradezco que no me haya seguido, que no haya hecho nada más esa noche. No me violó. Pudo haberlo hecho. Pero se quedó en la sala. Al rato llegó mi madrasta. Al otro día todo parecía normal. El patriarca de 6 pies 2 pulgadas manejaba la situación muy bien; yo y mi madrasta conversábamos de boberías. Ella cariñosa y buena, era una mujer muy educada que se portó muy bien conmigo.
Me viene a la memoria otro día que estaba secándome después de una ducha y de pronto se abrió la puerta del baño. Era él, que aparentó no saber que yo estaba ahí, pero se quedó unos segundos mirándome desnuda en la bañadera, yo tapándome con rapidez con la toalla. A veces me he preguntado por qué no tenía cortina aquel baño, o la tenía y mi memoria me falla, y yo la había ya descorrido porque me iba a secar. Hubo varias ocasiones en que me dejaba muy asustada su actitud, algunas típicas de un enfermo sexual, pero debo dejar claro que no me hizo más nada físico. Pero las heridas emocionales y psíquicas están ahí. Cuando llegó mi madre a los pocos meses de Cuba me mudé con ella. Para mí fue la libertad, la felicidad, la alegría más grande del mundo, mi mundo. Era julio de 1963. Otra vida empezaba, la abracé con todas mis fuerzas, pero yo sabía que estaba marcada para siempre.

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#MeToo: Yo también fui violada

Dora Amador


El miembro de la Cámara de Representantes y candidato al Senado por Missouri, Todd Akin, está en contra del aborto incluso en caso de violación. El congresista quiso justificar su posición diciendo estas palabras que han reproducido cientos de periódicos: “Es muy infrecuente que una violación acabe en embarazo, porque si se trata de una violación legítima, el cuerpo de la mujer tiene maneras de cerrarse”. Akin, como millones de hombres, piensan y afirman que si una mujer es violada, muchas veces se debe a que “se la buscó”, o mintió, por tanto no es genuina ni cierta ni verdadera, en suma no es legítima.
Pero el razonamiento ancestral y patéticamente ignorante de Akin va más allá. Él está convencido de que si una mujer está siendo violada “legítimamente”, no quedará embarazada porque –en inglés, para no perdernos nada de este bocadillo republicano– “ the female body has ways to try to shut the whole thing down”, como lo harían las compuertas de un dique, supongo, o algunas maquinarias cuando perciben peligro. Por “ the whole thing” debemos entender el útero, los ovarios y, de paso, eliminar no se sabe cómo los millones de espermatozoides que buscan un óvulo para engendrar. Podría ser, para colmo, que Akin piense que la mujer evita automáticamente el embarazo porque al ser una “violación legítima”, y ella no debe sentir placer ni tener el orgasmo a la misma vez que el hombre (muchos creían antes que esto debería ser así para lograr el embarazo) entonces cierra sus compuertas internas y adiós esperma, no hay engendración posible.
Esto me ha hecho recordar vívidamente algo que gracias a Dios he logrado dejar ir de todo mi ser hace tiempo. Cuando fui violada a los 15 años.
Como en la mayoría de los casos –no son curas ni hombres desconocidos–, fui violada por una persona cercana a la familia que nos visitaba a menudo. Antes de proseguir debo decir, para advertencia de los que cuidan amorosamente de los niños y las niñas, que todos los estudios que se han hecho sobre este tema demuestran que la inmensa mayoría de las violaciones y abusos infantiles son perpetrados por los padres, algún familiar o personas amigas de la familia de la víctima. Prosigo narrando mi experimentación con el mal a muy temprana edad: era el Nueva York de 1963, donde llegaban cubanos exiliados a diario buscando trabajo y hogar. Nosotras –mi madre, mi hermana y yo– vivíamos en un barrio típicamente cubano de la época, West Side, en Manhattan.

Ese hombre me invitó a pasear una tarde en que me encontraba sola en el apartamento. Yo había llegado de la escuela, pero no mi mamá ni mi hermana, que estaban en el trabajo. Era un atardecer lindo en Manhattan, y caminábamos sin prisa. Me invitó a entrar en uno de los pubs que nos encontrábamos por las calles y avenidas de lo que empezaba a ser mi ciudad amada. Recuerdo que fue como una fascinante aventura entrar en aquel lugar a media luz, y sentarme como una adulta en aquel ambiente nuevo y atrayente. Al rato de estar en el bar yo estaba perdidamente borracha. Era la primera vez que tomaba. Lo próximo que supe era que estaba en un cuarto de un hotel, desnuda, acostada en una cama con el cuerpo de aquel hombre encima de mí, moviéndose desesperado, y yo en silencio aterrada sintiendo el dolor de la penetración. Después vi que la sábana tenía manchas de sangre, mi sangre. No dije nada, no hablé durante todo aquello. Estaba en shock, mi cuerpo temblaba, ya no estaba borracha, pero tampoco pensaba, solo sentía en todo mi ser interior como un golpe, una grieta, un susto de nuevo tipo.
Omito detalles del encuentro con mi madre esa noche y los sucesos al otro día. La rebeldía que ocultaba mi dolor y quebradura que se había iniciado desde que salí de Cuba y después viviendo con mi padre y mi madrasta, se fortaleció ahora como un potro salvaje en mi pecho. Cada cual tiene sus mecanismos. (Al salir de Cuba en 1962, fui a vivir con mi padre y mi madrastra por año y medio, hasta que salió mi mamá a mediados de 1963 y me fui a vivir con ella).
Volvamos a la violación “legítima”. No me casé con aquella bestia. ¿Me hubiese hecho un aborto si hubiera quedado embarazada, lo que gracias a Dios no sucedió? Es probable que sí. Entonces yo no tenía la conciencia de que la vida comienza en el momento de la concepción, aunque el semen sea el de un violador. Y si me lo hubiera hecho, ¿cómo me sentiría ahora por haber matado a mi hija o hijo? Un mal sobre otro mal.
Aun así, la mujer debe ser quien toma la decisión de hacerse un aborto o no si fue violada. Y el aborto en estos casos debe ser legal. Es una decisión muy personal, para eso existe el libre albedrío.
Me uno con todo mi ser al Movimiento #MeToo que busca y ha logrado que las mujeres levanten la voz para exigir justicia y acusar abiertamente a los hombres que han abusado sexualmente de ellas, las han acosado, violado y amenazado con perder sus puestos de trabajo si no tienen relaciones sexuales con ellos.

Ellos han sido siempre los jefes, y el salario, la supervivencia de una mujer depende de su trabajo. Cuantas han cedido calladas para no perderlo? Innumerables. No más. Basta. Basta de acoso, de violaciones que han destruido la vida de tantas de nosotras. Un hombre debe saber cuándo es aceptado y cuando no. Pero a ellos no les importa si es no, porque en la cama, además del placer sexual lo embriaga el placer del poder.

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Danza de despedidas madre e hija

la madre y la hija 1962 una despedida terminal no se sabe si habrá reencuentro la niña agoniza no lo sabe sí sabe que algo se quiebra la vida se abandona conducen los acontecimientos lo desconocido devora el ser que iba a ser o no es otra cosa de todas formas criatura que nació de milagro sobreviviente de obsesivos intentos de abortos nació a pesar del deseo de los padres querían que desapareciera ninguna huella de aquella pasión divorciada que no cesaba cama separación cama enamorada de un hombre que no la amó no fue correspondida las abandonó y así fue concebida un día inesperado hay que salir de esto pero la niña no salía no salió nació en el líquido amniótico se halla la felicidad paraíso perdido siempre buscado en vano pobre madre se lanza del carro que se aleja por boyeros cuando ve el avión elevarse alejarse de aquella isla grita mis hijas! la hermana primogénita privilegiada mimada esperada anhelada querida seis años mayor que la niña la ignora como siempre desde que nació como algo que molesta le molesta no existe amor nunca la quiso ahora vieja le dice que es una maldición a los pocos meses de llegar a estados unidos la hermana abandona a la niña es mayor de edad quiere vivir en Manhattan y la niña se queda viviendo entre extraños algo milagroso sucede en ese mutilante periodo de dos años y súbitamente la madre zarpa de la isla condenada en un barco dichoso reencuentro de la madre y la niña todas las cosas se han hecho nuevas nace un amor que lo sana todo inmortal poderoso doliente entre las dos que se necesitan como el aire el agua la vida la madre y la niña no se separarán más pero llega la muerte un día y la madre se va la niña espera regresar al paraíso perdido aquel utero que la retuvo contra todo esfuerzo asesino no es culpable la madre que le dice a la niña al final de su vida que quiso abortarla con todo lo que podía pero no salía la niña la mira y la ama ama a su madre más que a la vida pero le toca verla partir irse no puede salvarla no la muerte es un tren que echa a andar la niña está preparada para irse me quiero ir pero no Dios me dio la vida quiso que yo naciera y me abandono en su corazón cuando quieras Padre.

¿Quién fue María Magdalena, ‘la mujer que conoció al Todo?’

LA FASCINANTE Y MISTERIOSA HISTORIA DE MARÍA MAGDALENA, CONTADA USANDO FUENTES GNÓSTICAS, APÓCRIFAS Y BÍBLICAS

Pijamasurf

La vida de María Magdalena es sin duda una de las más comentadas, polemizadas y mistificadas en la historia de la humanidad; objeto de culto, veneración u oprobio, según el bando al que se pertenezca. A partir del hallazgo de textos gnósticos y cristianos apócrifos -primero en el Cairo a finales del siglo XIX y luego en Nag Hammadi en 1945- María Magdalena ha sido redimida ante la opinión popular y elevada como una de las figuras arquetípicas centrales del movimiento feminista. Una reciente película -basada en parte en estas versiones apócrifas- la muestra en una luz más favorable haciendo, en cierto sentido, una vindicación histórica de su figura. 

María la Magdalena (es decir, María la nacida en Magdala, nombre que significa “torre” o “castillo”) es una figura prominente en los Evangelios del Nuevo Testamento. Ciertas versiones manejadas por la Iglesia, particularmente por el papa Gregorio I, identificaron a María Magdalena con la mujer del “jarro de alabastro” del famosos pasaje de Lucas (7:37), en el que se habla de una prostituta (“una mujer del pecado”) que besa los pies de Jesús y encuentra redención en el Mesías -no sin quedar en cierta forma mancillada por su pasado y, según interpretaciones feministas, contribuyendo a la idea eclesiástica de que las mujeres albergan el mal y el vicio. En realidad, el pasaje de Lucas no menciona el nombre de esta mujer. En el libro 8 se menciona a las mujeres que siguen a Jesús, y entre ellas a María Magdalena, pero no se le liga de manera específica con la mujer del capítulo anterior. Según fuentes judías, Magdala era una región que tenía mala reputación, por lo que se podría también haber extrapolado la interpretación de María como prostituta por esta región. Aunque no parece haber pruebas de esta aseveración y la imputación ha sido señalada fuertemente por el feminismo, existe una cierta riqueza mítica en la misma, en el sentido de que María Magdalena cobra así una dimensión de totalidad si le añadimos sus múltiples manifestaciones: es la prostituta, pero también es la amada (la preferida), la santa, la sabia, la luz y la oscuridad, la mujer total que encarna el principio divino femenino. En contradistinción a la interpretación eclesiástica existe también la interpretación académica moderna de que María era una mujer rica que ayudaba a mantener al movimiento de Jesús y sus discípulos, esto con base en que se tienen referencias de mujeres que donaban en templos judíos. En los Evangelios se habla de María Magdalena como la mujer que había sido poseída “por siete demonios” y fue curada por el Salvador. Esto podría ser una metáfora de que había sido llevada a la sabiduría de Dios, habiendo eliminado los siete pecados (aunque tampoco puede descartarse que haya sido algún exorcismo o cura física (siendo que las enfermedades solían atribuirse a demonios; sin embargo, el 7 parece ser un número simbólico). La palabra que se usa para “salvador” en griego, soter, significa “sanador”, y esta es la noción que parece tener también Jesús, el sanador, el que lleva a las personas a la salud, a la totalidad de sí mismos, hasta salvarlos de la muerte.  

Los Evangelios narran que María Magdalena presenció la crucifixión de Cristo a la distancia junto con otras mujeres. Existe, asimismo, consenso en que fue la primera en descubrir que su tumba estaba vacía. En el Evangelio de Marcos se dice que, en la tumba, un hombre vestido de blanco (que será un ángel en otros evangelios) le reveló a María Magdalena y a otras dos mujeres que Jesús había resucitado. Mateo cuenta, por su parte, que María Magdalena y la “otra María” vieron la tumba vacía de Jesús, al tiempo que la tierra tembló y recibieron la noticia de la resurrección del ángel. Justo después, Jesús se les apareció y les dijo que anunciaran a sus discípulos que los encontraría en Galilea. En el Evangelio de Lucas, la primera aparición de Jesús acaece a Cleopas y a otro discípulo. El Evangelio de Juan, que no es parte de los evangelios sinópticos (ya que describe los hechos desde una perspectiva distinta), aumenta el protagonismo de María Magdalena. En el relato joánico, María es la única que presencia la tumba vacía. Le cuenta lo visto a Pedro, quien junto con otros discípulos corrobora que la roca de la tumba ha sido movida. Los discípulos regresan a casa, pero María permanece llorando y tiene una epifanía de dos ángeles en el jardín afuera de la tumba. Se le aparece entonces Jesús, primero no lo reconoce, y sólo luego entiende que es el maestro, se refiere a él como “rabbouni“. Jesús le instruye que no lo toque, ya que no ha ascendido aún con el Padre: “ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”.

En este sentido, el Evangelio de Juan representa a María Magdalena como “la apóstol de los apóstoles”. El Evangelio de Pedro (evangelio no canónico) se refiere a María Magdalena como “discípula” y hace un relato de la resurrección incompleto como el de Marcos. Un joven hombre de blanco le avisa a María Magdalena y a otras mujeres que Jesús se ha levantado y ya no está allí. No hay aquí visiones del cuerpo glorificado.

Fuentes apócrifas y gnósticas

En el texto gnóstico Pistis Sophia, Jesús se refiere a María Magdalena como la más perfecta, lo cual genera la ira de Pedro. María Magdalena es representada aquí como aquella que entiende la sabiduría de Pistis Sophia, un aspecto femenino de la divinidad que confiere sabiduría y que en el gnosticismo de Valentino es considerada como la consorte del Cristo cósmico o arquetípico, que descendió al mundo material (por la ignorancia) y que fue liberada (por la gnosis), reuniéndose con el Salvador en calidad de su divina consorte (algo así como la Shakti de Cristo).

En el Evangelio de Tomás se cita a Jesús diciendo que hará a María Magdalena hombre y que “toda mujer que se haga hombre entrará al reino del cielo”. Esto podría ser una referencia a uno de los sacramentos gnósticos -“la cámara nupcial”- con el que presumiblemente se realizaba una suerte de unión hermafrodítica interna o conjunción de los principios masculinos y femeninos, lo que luego los alquimistas llamarían la coniunctio oppositorum y que sería reformulada por Carl Jung como el proceso psicológico de individuación. El pasaje más famoso de este evangelio explica esta transformación:

cuando hagas de los dos uno, cuando hagas de lo interno lo externo y de lo externo lo interno, y hagas lo de arriba como lo de abajo, y cuando  establezcas lo masculino y lo femenino como uno solo, para que lo masculino no sea masculino y lo femenino no sea femenino… entonces entrarás al reino del cielo.

Jung, quien puede considerarse algo así como el más reciente profeta gnóstico, expresó esto de manera psicológica en su inmersión al inconsciente durante la primera guerra mundial, la cual documentó en el Libro rojo:

Eres esclavo de lo que tu alma necesita. El hombre más masculino necesita a la mujer, y por lo tanto es su esclavo. Conviértete en mujer tú mismo, y serás salvado de la esclavitud a la mujer… La aceptación de la feminidad lleva a la completud. Lo mismo es válido para la mujer que acepta su masculinidad.

El Evangelio de Felipe se refiere a María Magdalena como la koinonos de Jesús; el término puede ser traducido como “pareja”, “acompañante”, “camarada”, así que deja cierta especulación. En otra parte, el texto señala: “Cristo amaba a María más que a sus otros discípulos, y la besaba [en la boca] frecuentemente. Los otros discípulos se ofendían por esto y mostraban su reprobación”. El beso no tenía la connotación romántica que tiene en la modernidad; sin embargo, este texto y otros sí sugieren que existe una cierta unión especial entre Jesús y María Magdalena. “El guiño de una relación erótica entre Jesús y María Magdalena podría intentar indicar una comunión mística; a lo largo de la historia, místicos de múltiples tradiciones han elegido metáforas sexuales para describir sus experiencias”, explica la doctora Elaine Pagels. Compárese por ejemplo con el Cantar de los Cantares: “¡Que me bese con los besos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino”. 

Otro de los textos encontrados en Nag Hammadi, El diálogo del Salvador, elogia a María y se refiere a ella como “la mujer que conocía al Todo”; el Todo puede ser el pléroma de los gnósticos, el estado de absoluta integración con la divinidad.

Encontrado antes que los textos de Nag Hammadi, en 1896 en El Cairo, el Evangelio de María cuenta algunas de las historias de la vida de Jesús desde la perspectiva de María Magdalena, quien aparece como la discípula más avanzada, algo así como el Shariputra del Buda, aquella que pudo comprender los aspectos teóricos de la cosmología. En algunos pasajes María explica la cosmología gnóstica basándose en las visiones que tuvo y los discípulos dudan de sus explicaciones, mostrando la conocida misoginia que es en cierta forma denunciada por los gnósticos.

El relato más extraño, sin duda, es el que hace uno de los perseguidores de herejes de la Iglesia, Epifanio, en su Panarion. Se narra allí que la secta gnóstica de los borborianos (o borboritas) tiene la creencia de que después de la resurrección Jesús llevó a María Magdalena a la cima de una montaña y produjo de la mitad de su cuerpo una mujer con la cual tuvo sexo. Al eyacular, Jesús bebió su propio semen y le reveló su eucaristía: “Esto es lo que debemos hacer, para vivir”. Al ver esto María se habría desmayado, y luego el Salvador la habría confortado. Según Epifanio esta historia era la base de los ritos orgiásticos de esta secta, quienes bebían sangre y semen, curiosamente de manera similar a los rituales erótico-místicos de los alquimistas tántricos de la India.

En la cosmología gnóstica de Valentino -la más completa dentro del gnosticismo- María Magdalena es considerada imagen de la Sophia inferior, de la misma manera que Jesús, el ser humano, es una imagen del Salvador o Cristo cósmico. Juntos forman un eterno hierosgamos, una unión sagrada que muestra míticamente el sendero de la redención a través de una operación gnóstica, que puede describirse en términos más modernos como una alquimia interna o conjunción de los opuestos. Para ciertas corrientes gnósticas, de la misma manera que Jesús fue una encarnación del principio masculino divino, María Magdalena puede considerarse una encarnación del principio divino femenino, que en otras culturas es Isis, Astarte, Venus, Shakti, Radha, Lakshmi, Prajnaparamita, etc., pero que en el cristianismo representa una enorme ausencia. Igualmente, Sophia es para ciertas corrientes gnósticas una de las tres personas de la Trinidad. El cristianismo estaba incompleto sin la imagen de María Magdalena (y sin la asunción de la virgen María). Y quizás por ello -por su omisión y demora- sólo el gnosticismo puede dotar a la conciencia moderna occidental de un mito viviente e incluyente que catalice la imaginación religiosa contemporánea. 

“Solo sé que era ciego y ahora veo”

 Fresco del siglo Xi, en la iglesia italiana de San Angelo in Formis en el que se puede contemplar la escena del evangelio de Juan 9, de la curación del ciego de nacimiento.

(Una respuesta al efecto Dunning–Kruger sobre la ignorancia y el verdadero saber)

Evangelio de Juan, 9:

Al pasar vio un hombre ciego de nacimiento.  Los discípulos le preguntaron: —Rabí, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres? [los judíos creían que quien pecara sería castigado en esta vida con algún mal]

 Jesús contestó: —Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido para que se revele en él la acción de Dios. Mientras es de día, tenéis que trabajar en las obras del que me envió. Llegará la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos y le dijo: —Ve a lavarte en la piscina de Siloé –que significa enviado–. Fue, se lavó y volvió con vista.

Los vecinos y los que antes lo habían visto pidiendo limosna comentaban: —¿No es este el que se sentaba a pedir limosna? Unos decían: —Es él. Otros decían: —No es, sino que se le parece. Él respondía: —Soy yo. Así que le preguntaron: —¿Cómo se te abrieron los ojos?  Contestó: —Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista. Le preguntaron: —¿Dónde está él? Responde: —No sé. Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego  –era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos–.  Los fariseos le preguntaron otra vez cómo había recobrado la vista. Les respondió: —Me aplicó barro a los ojos, me lavé, y ahora veo. Algunos fariseos le dijeron: —Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no observa el sábado. Otros decían: —¿Cómo puede un pecador hacer tales señales? Y estaban divididos. Preguntaron de nuevo al ciego: —Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? Contestó: —Que es profeta.  Los judíos no acababan de creer que había sido ciego y había recobrado la vista; así que llamaron a los padres del que había recobrado la vista  y les preguntaron: —¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?  Contestaron sus padres: —Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; cómo es que ahora ve, no lo sabemos; quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Preguntadle a él, que tiene edad y puede dar razón de sí. Sus padres dijeron esto por temor a los judíos; porque los judíos ya habían decidido que quien confesara a Jesús como Mesías sería expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron los padres que tenía edad y que le preguntaran a él.

 Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: —Da gloria a Dios. A nosotros nos consta que aquél es un pecador. Les contestó: —Si es pecador, no lo sé; una cosa me consta, que yo era ciego y ahora veo.  Le preguntaron de nuevo: —¿Cómo te abrió los ojos?  Les contestó: —Ya os lo he dicho y no me creísteis; ¿para qué queréis oírlo de nuevo? ¿No será que queréis haceros discípulos suyos? Lo insultaron diciendo: —¡Discípulo de él lo serás tú!, nosotros somos discípulos de Moisés. De Moisés nos consta que le habló Dios; en cuanto a ése, no sabemos de dónde viene. Les replicó: —Eso es lo extraño, que vosotros no sabéis de dónde viene y a mí me abrió los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que escucha al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó contar que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si ese hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada.  Le contestaron: —Tú naciste lleno de pecado, ¿y quieres darnos lecciones? Y lo expulsaron. 

Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando lo encontró, le dijo: —¿Crees en el Hijo del Hombre? Contestó: —¿Quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: —Lo has visto: es el que está hablando contigo.  Respondió: —Creo, Señor. Y se postró ante él.  Jesús dijo: —He venido a este mundo a entablar un juicio, para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos. Algunos fariseos que se encontraban con él preguntaron: —Y nosotros, ¿estamos ciegos?  Les respondió Jesús: —Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece.

Breve explicación

Guiaré a los ciegos por camino que no sabían, les haré andar por sendas que no habían conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura. Isaías 42:16

[Jesús dijo:] Yo soy la luz del mundo. Juan 9:5


¡Ese día Jesús había curado a un ciego! Milagro que, como la mayoría de los milagros, tiene un doble significado. Primeramente era el cumplimiento de la profecía que anunciaba que el Mesías devolvería la vista a los ciegos (Isaías 29:18; 35:5). También es un signo que nos revela a Jesús como la luz del mundo.
Ese hombre era ciego desde su nacimiento. Los discípulos le preguntaron quién había pecado, pero Jesús no siguió sus razonamientos inútiles sobre las causas de esa desgracia. Mostró que siempre hay un remedio dado por Dios: él puede liberar, pues no hay ningún obstáculo al despliegue de su gracia.

La ceguera de ese hombre hace referencia a otro tipo de ceguera. Jesús vino a este mundo “para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados” (Juan 9:39). Las personas que “no ven” son las que reconocen su miseria y la necesidad de que Dios las salve. Jesús vino para que ellas puedan “ver”, al confiar en él. En el evangelio, ver es una consecuencia de la fe.

A las personas que creen ver y saber todo, su pretensión y propia justicia les impide creer en el Señor y recibir la luz divina. ¡No pueden discernir la belleza de la persona de Jesús!

El Señor Jesús ordenó al ciego ir a lavarse al estanque de Siloé, que significa «enviado». ¡El ciego obedeció y recobró la vista! Para ver, espiritualmente, primero hay que creer. Cada uno de nosotros está invitado a ir a Jesús, el Enviado de Dios.

Coloquio de los fetos

Imagen real de un feto tomada por un sonograma efectuado en el vientre de una madre que está haciéndose un aborto. Es una de las muchas pruebas que se han obtenido de que los nonatos sienten dolor, emiten gritos mientras tratan de huir de los instrumentos que el médico utiliza para halarlo y despedazarlo, o lo succionan con una aspiradora especial.

–¿Que ruido es ése? ¿Quién anda ahí?
–Es tu madre que te quiere destrozar. No la llames, no te quiere, te va a expulsar de su vientre. Pero tranquilo, pequeño. Todo pasará pronto. Por favor, no te espantes. Estás haciendo tu entrada al mundo de los fetos abortados. Es un mundo muy poblado, y debo adelantarte, privilegiado
––¡Ay! ¡Qué dolor! Me están haciendo pedazos con una cucharita. ¡Ah! ¡Para qué me concibieron! ¿Para esto?
–No huyas más de la espátula ni sufras inútilmente cuestionándote cosas sobre los humanos. Ellos son más infelices que tú, créeme. Ellos nacen y mueren. Y en ese corto trayecto que atraviesan entre una y otra, lo que predomina siempre son los errores que cometen, sus lamentos interminables y una que otra chispa de lo que llaman dicha. Tú en cambio, no conocerás esas zozobras. De la concepción y la gestación pasas a la eternidad. En nosotros queda abolida la diferencia entre muerte y vida, porque nunca nacimos, y por tanto, nunca morimos. No fuimos alumbrados, pero la luz será siempre nuestro natural ámbito.
–Ha cesado el dolor. Pero siento que sigo siendo. Soy, existo. Sé perfectamente cuándo fui concebido. En ese instante, el eco distante de una gran explosión se repitió en mi, a partir de ese momento empecé a ser. Ahora solo queda mi corazón allá, que se niega a dejar de latir en aquel vientre.
–Para ayudarte en tu trance te explicaré todo. Aunque debo confesarte que me preocupa que todavía lata tu corazón. Ya deberías haber hecho tu tránsito, porque todos tus trozos están en la cubeta. Desde aquí veo al médico retirar los instrumentos del lado de la que iba a ser tu madre, que se ve desfallecida todavía con las piernas abiertas, y bastante sangre. Sin duda, algo extraño ha sucedido. Supongo que más adelante bote tu corazón. Lo que no me explico es cómo sigue palpitando. . . Te han abortado utilizando un método muy antiguo y común, que es el raspado. Dilatan el útero e introducen por la vagina instrumentos afilados para ir raspándolo. Si todavía eres embrión, sales como un coágulo grande. Si eres feto, como fue tu caso, entonces te van arrancando a pedazos. También está la succión que se realiza por medio de un tubo plástico con una aspiradora en la punta, y te van aspirando, como basura. De nada le sirve al feto moverse, huir, tratando de esconderse del vacuum cleaner por todo el vientre. Siempre te traga. Hay otros métodos, claro, como las pastillas que provocan el aborto rápido, o inyectar el pecho del bebe para parar su corazón y después tratar de inducir el parto. Si esto falla, dilatan más, lo agarran con unas tenazas y empiezan a darle vueltas. La cabeza quedará atrapada en la parte baja del útero. Le introducen entonces un tubito por la cabeza para sacarle el líquido y reducírsela, así sale fácil. Por supuesto, hay millones de mujeres que tratan de abortar sin recurrir al médico porque no tienen dinero, porque es ilegal o por ignorancia. Toman todo tipo de brebajes, se duchan con cuanto líquido te puedas imaginar, desde amoniaco hasta detergentes de lavar la ropa. Si no, recurren a algo que creen más seguro: introducirse instrumentos cortantes para sacarse el embrión o feto: se meten agujas de tejer, alambres de percheros, objetos de vidrio, muchas veces hasta se perforan ellas mismas el útero. Otras veces se tiran de mesas, de sillas, dan brincos. Es preferible dejarlos morir en la cubeta, como tantas veces sucede cuando el muchacho sale vivo.
–Abominable, todo lo que me dices es abominable. ¿Están conscientes los bien nacidos que lo sentimos todo?
–Muchos lo saben, pero no les importa. Otros tienen dudas, pero tratan de limpiar su conciencia insistiendo en que no somos personas, por tanto no es un crimen lo que cometen. En su reducido mundo, dominado por una de las facultades que más importante consideran y rige su mundo científico sin tener a Dios en cuenta, la razón, alcanzan a ver muy poco. Además, confrontan el grave problema del olvido.
–Ya sé. Cuando se nace, todo se olvida. ¿Es por eso que andan tan perdidos?
–No podría decirte, tendría que haber nacido. Después de milenios siguen igual. Aunque cierta parte de su ciencia los ha perdido aun más que cuando danzaban alrededor del fuego. Insisten en buscar y conocer solo su mundo exterior. Cuando son paridos, se oscurece su memoria ancestral y milenaria, fuente de todos los símbolos primordiales, herencia de la humanidad impresa en su inconsciente colectivo.
–En su olvido, ¿olvidan también que el alma no nace cuando nacen ellos, sino mucho antes? ¿Qué el misterio se aloja en el embrión desde que este empieza a flotar en el líquido amniótico?
–Parece que no pueden vivir sabiendo. No toleran el peso del misterio.
–Entonces, ¿son inocentes, no tienen culpa de habernos abortado?
–No, no son inocentes, eso es otra cosa que se pierde en la vida, la inocencia. Es quizá lo más terrible de todo. Pero no debemos juzgarlos. Nunca debemos juzgar a nadie. Cada ser humano es un universo, y aunque cada paso que da “queda en la memoria del tiempo”, son víctimas de sus circunstancias. Y la misericordia de Dios es infinita. Muchas mujeres no saben lo que hacen cuando deciden, confusas y sufridas, abortar.
–Pero, ¿por qué no evitan el embarazo?
–A veces porque no saben, otras por doctrinas y mandatos absurdos de la religión. Pero tus preguntas me indican que todavía no has entrado en este mundo. ¿Cómo anda tu corazón?
–Ya va dejando de latir. Está al expulsarlo, pensará que era un coágulo rezagado.

Nota: Estoy en contra del aborto, creo firmemente que la vida de un ser humano comienza en el momento de la concepción y termina en su muerte. Sin embargo, apoyo el movimiento Pro Choice porque considero que es la mujer la que debe tomar esa decisión, no el Estado haciéndolo ilegal. Es la conciencia de la madre (y del padre, por supuesto) la que elige matar o no a su hija o hijo.

El Nuevo Herald, 9 de julio de 1992

 

 

La larga noche: Mujeres en el presidio político cubano

Kaputt / Broken (Rotas)
Ilustración de Gabriele Stötzer y Birgit Willschütz, ex presas políticas alemanas, que sufrieron el horror del sistema carcelario comunista en la ex Alemania del Este. Ambas fueron encerradas en el Castillo Hoheneck, la prisión de mujeres más severa del país; las presas eran sometidas a torturas, celdas superpobladas y trabajo forzado. Muchos de los métodos de represión y espionaje que se practican en Cuba fueron copiados de la antigua Alemania del Este.
Volker Schlecht. Drushba Pankow

El periodismo tiene un inmenso valor para la historia, la cultura, la trayectoria fundacional de los pueblos. El artículo que hoy publico aquí seguido por seis testimonios de mujeres cubanas es imprescindible, junto a otros que le siguieron, sobre el presidio político de mujeres en Cuba, uno de los más numerosos de mundo. Los cubanos sabemos muy bien que tendemos a ser desmemoriados. En la isla ya son 60 años de censura, se oculta la verdad, se enaltece la mentira y la desinformación. En el exilio hay muchas experiencias que deben ser registradas en los libros de historia por su trascendencia para el bien de las generaciones futuras.

Por lo general hemos presenciado cientos de publicaciones de obras que tienen que ver con el pasado, el obstinado pasado, antes de 1959, cintos más en las que se trata de entender el aplastante proceso del totalitarismo. Y abundan, gracias a Dios, los poetas, narradores, dramaturgos, artistas. Esa parte vital de Cuba vive, está ahí, vivirá. Pero no así los acontecimientos políticos, sociales, económicos, la lucha por la democracia que miles de cubanos han llevado y siguen llevando a cabo por el ideal de recobrar una patria liberada, democrática, justa, donde reine la paz y el bien común.

Valgan estas palabras para justificar esta narrativa de la realidad atroz publicada en El Nuevo Herald el 10 de marzo de 1991.

El presidio político de mujeres en Cuba ha sido comúnmente ignorado en el exilio. “Creo que es un ensañamiento. Allá en Cuba y aquí”, dice un hombre muy ligado a los asuntos cubanos que trabajó durante 20 años en el Comité Internacional de Rescate en Nueva York, Madrid y Puerto Rico, pero que prefiere mantenerse en el anonimato. “Allá porque se ensañan más. Es un odio bestial en contra de la mujer, aquí porque no se le presta la atención que merece el caso, que es una de las cosas más graves”.

“Conocí las condiciones de las presas políticas y eran realmente difíciles”, afirma Hiram Abi Cobas, secretario general del Partido Pro Derechos Humanos de Cuba, quien estuvo 16 meses en prisión y llegó a Miami en febrero. “Incluso eran más difíciles que las nuestras, porque estaban directamente con las presas comunes”.

Las cárceles de mujeres conocidas oficialmente en Cuba son: el Reclusorio Nacional de Mujeres en Guanajay, el Castillo de San Severino en Matanzas (donde hay también hombres), el Vivac de Guanabacoa y el de Santiago de Cuba, la Granja América Libre, el Centro de Reeducación para Mujeres de Occidente, renombrado Nuevo Amanecer –que las presas llaman Manto Negro porque se rumora que fue construida sobre un cementerio–. Pero en Cuba hay un número indeterminado de granjas y lugares de trabajo forzado a dónde llevan presas cuyo delito tiene un carácter netamente político, que se intenta ocultar mezclándolas con las comunes.

Es imposible saber con certeza el número de mujeres que ha pasado por las cárceles cubanas por causas políticas. Tradicionalmente, las cubanas han participado activamente en la lucha clandestina contra las dictaduras de la isla, como la de Gerardo Machado y Fulgencio Batista, y han sido encarceladas por ese motivo. Pero nunca las prisiones de Cuba han estado pobladas por tantas mujeres como bajo el gobierno de Castro: “Jamás ha habido un presidio femenino de la magnitud de este”, dice Juan Clark, autor de Cuba, mito y realidad. “La brutalidad, el carácter masivo, la longitud del tiempo encarceladas es lo que lo ha caracterizado. No tiene paralelo en la historia de Cuba, yo diría que ni en toda America”.

En El imperio de la ley en Cuba, que fue preparado por la Comisión Internacional de Juristas de Ginebra, Suiza, hace 29 años, aparecen los testimonios de varias ex presas políticas cubanas que son una denuncia de las atrocidades que se cometían contra ellas en el presidio político de Cuba a principios de la década del 60.

El libro es además uno de los primeros en denunciar las violaciones de derechos humanos en Cuba y el sistema judicial castrista.

Casi 30 años después de preparado ese informe, las condiciones son las mismas. De acuerdo con el último reporte de Amnistía Internacional sobre Cuba, titulado Cuba, the Human Rights Situation, fechado diciembre de 1990, “el número total de personas encarceladas por causas políticas es mucho mayor que la cifra dada por el Fiscal General de Cuba” a finales de 1990. Se consideran delitos comunes –y no políticos– cargos tales como “asociación, manifestación y reunión ilícitas”, “intento de salida ilegal del país”, “desacato a la autoridad” y “clandestinidad de impresos”, por lo que se puede suponer que hay un número elevado de mujeres en esa cifra indocumentable.

La vida en el presidio de Cuba es horrenda, según testimonios de las ex presas. Aunque los traslados de una prisión a otra son comunes, la situación de las presas no mejora nunca, porque en todas las cárceles son iguales.

La alimentación es muy pobre, y es normal encontrar gusanos y gorgojos en la comida, que consiste básicamente de macarrones hervidos, potaje de chícharos, carne rusa enlatada, huevos –considerados lujos en prisión– y pan, nunca fresco. De desayuno se sirve leche o café sumamente aguados. Una práctica común es darles la misma comida por meses, o alimentos que iban a ser exportados, pero que se pudrieron.

En todas las cárceles hay carencia extrema de agua. Esta llega por lo general dos veces al día, siempre helada, incluso en invierno.

Entre muchas otras cosas necesarias, a las presas políticas apenas se les provee de toallas sanitarias femeninas (llamadas Intimas en Cuba), algodón o cualquier otro material que pudiera servir de sustituto. Está prohibido que la familia les lleve.

Las condiciones higiénicas en el presidio son de las peores imaginables. Manto Negro, un penal cerrado donde no se ve el sol, está rodeado de pantanos. En el patio, localizado en el centro del edificio, debido a los desperdicios de comida y basura que allí se arrojan, hay mal olor y muchos moscas y mosquitos.

En el medio de cada celda hay un pequeño hueco que se usa como inodoro. A este hueco se le conoce como “el polaco”, y las presas cuidan mucho de mantenerlo siempre tapado, ya que en él se encuentran las ratas, ranas, cucarachas, y otros insectos que suben por ahí. Como hay rajaduras en las paredes, en muchas celdas de abajo suelen filtrarse los líquidos de desperdicios y el agua putrefacta de las celdas de arriba.

Las visitas son una o dos veces al mes, por una o dos horas. Sin embargo, la guardia la suspende muy a menudo, bien por la política que se sigue en el momento, o por un castigo especial a algunas presas.

El recuento diario es a las 5 de la mañana, pero se altera el orden constantemente, y se lleva a cabo varias veces de madrugada, con la intención de torturar a las presas. Las requisas son muy comunes.

A continuación, seis mujeres cuentan parte de las experiencias que sufrieron. Aunque todas vivieron bajo condiciones muy similares –tortura psíquica constante, traslados arbitrarios, golpizas– cada relato difiere en su dimensión personal. Cada testimonio es un microcosmo, una parte esencial, reveladora, de ese todo atroz que es el presidio político de mujeres en Cuba.

Hilda Felipe: Fuimos el chivo expiatorio

Me detuvieron dos veces. La primera vez estuve 90 días en Villa Marista, presa en una celda oscura sentada en el suelo, porque no había ni una silla. Allí fui sometida a interrogatorios. Yo no dije quiénes iban a mi casa ni nada. Además, descubrí que ellos no sabían tanto. La gente habla por un problema psicológico, ellos no saben tanto como te hacen creer.

Entonces me mandaron para la casa, pero en mayo me volvieron a detener. Fue en 1968. Fidel dijo que yo tenía la cabeza caliente. En total estuve como dos años presa y tres en prisión domiciliaria.

En Isla de Pinos estuve 13 meses. Allí la prisión fue muy dura. Nos tenían en un lugar tan remoto, tan aislado, como a 70 kilómetros de Nueva Gerona. Primero nos llevaron para un gran almacén abandonado, donde las ratas caminaban por los alambres. Allí violaron a una mujer.

Conmigo estaba una panameña que había ido para Cuba ilusionada con la revolución y le pasó lo que a todo el mundo. Éramos solo nosotras dos en aquel lugar tan desolado a donde nos mandaron. Nos levantábamos y no teníamos nada que comer. No nos enviaban comida, y estaba prohibido que nos fuéramos de allí, que fuéramos al pueblo. A veces caminábamos hasta 10 kilómetros hasta el lugar más habitado.

Los campesinos a veces nos daban comida. Recuerdo que nos bañábamos con un cubo en un río. Blanca Soto, la panameña, era experta en robar yuca, y comíamos yuca, un huevo o papa hervida. Andábamos siempre vagando con un saquito, recogiendo cosas, agarrábamos a veces un pollo, lo matábamos y lo hervíamos, sin sazón ni nada. Allí nadie nos vendía nada, porque todos tenían mucho miedo.

Se me cayeron las 10 uñas de los pies, no sé por qué, parece que me faltó algo allí, siempre estuve enferma.

Yo había dejado a mis tres hijos al cuidado de mi mamá. Tenían nueve, 14 y 17 años. Es horroroso, pensar que mis hijos tenían a su madre y a su padre en la cárcel. Quien le esta hablando no es una contrarrevolucionaria, es una persona que lucho día a día para que Fidel Castro tomara el poder, que eso es lo más indignante, y lo más infame de todo.

Mi esposo, Arnaldo Escalona, era jefe de las páginas poliíicas del periódico Hoy, uno de los fundadores del órgano del Partido Comunista de Cuba, éramos personas muy conocidas dentro de las esferas políticas de Cuba.

Yo me formé en las luchas sindicales, a los 18 años era secretaria general de una sección que tenía 470 trabajadores en una fábrica de textil, la Esttsen. De ahí pasé al Partido Socialista Popular. Mi madre era comunista, y para mí era muy fácil convertirme a las ideas del Partido Comunista. Junto a Martha Frayde, Victoria Rodríguez, Vicentina Antuña, Natalia Bolívar y otras fundamos el Movimiento de Mujeres Oposicionistas Unidas, salimos a la calle a pelear, era la primera vez que se juntaban mujeres cubanas de todas las tendencias en contra de la dictadura de Fulgencio Batista.

Yo tenía una vida muy intensa, muy llena de luchas. Fui miembro del PSP hasta el triunfo de la revolución en el 59. Ahí conocí a mi esposo.

Vimos el triunfo de la revolución por la que habíamos luchado tanto y nos empezamos a percatar de las injusticias, de la falta de legalidad. Hablábamos con Lázaro Peña, con Blas Roca, con Carlos Rafael Rodríguez, les decíamos ‘la gente esta preocupada, qué es lo que esta pasando’. Y ellos, los del gobierno, optaron por convertir aquello en una supuesta conspiración. Nos convertimos en una especie de chivo expiatorio. Nos acusaron de diversionismo ideológico, de trabajar para la CIA, todos esos clichés que usan.

En un discurso muy secreto el 1ro. de octubre de 1967, Fidel dijo que había buenos comunistas y malos comunistas. Nosotros éramos los comunistas malos, y éramos, dijo, una pequeña facción. Por eso la llamó la microfacción. Y ahí metió a todo el mundo que quiso. De octubre a diciembre detuvieron a muchas personas.

Yo salí de la cárcel en el 70 y mi esposo en el 72. Nos fuimos incorporando a la lucha por los derechos humanos. Hubo un viejo hábito en La Habana de acudir a Arnaldo para quejarse de que no se respetaban los derechos civiles, sindicales, políticos, humanos. Mucha gente nos iba a ver, y los aconsejábamos. Era entonces la lucha por la legalidad socialista. Allí se reunían Ricardo Bofill (presidente del Comite Cubano pro Derechos Humanos), Elizardo Sánchez (secretario general de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional). Era el año 74, 75, nos agrupábamos por instinto y hacíamos cosas, todavía no tenía nombre la organización, después se llamaría Comité Cubano pro Derechos Humanos”.

Hilda Felipe logró salir de Cuba junto a su esposo y sus hijos por el Mariel en 1980. Aquí fundó el Comité Pro Derechos Humanos de Cuba.

Ofelia Duque: Él sabía que lo iban a fusilar, y lo presentía 

El sabia que lo iban a fusilar. Yo lo presentía. Por dos minutos me dejaron verlo. Apenas si atinamos a nada. Me dijo “no creas nada de lo que te digan”. El había bajado mucho de peso, recuerdo mucho la piel de los dedos de sus manos, como que le colgaba, estaba tan flácida. Fue espantoso. Fue el momento más amargo de mi vida, el más triste y el más desesperado. En dos minutos hablamos de nuestro hijo, él me dijo hasta pronto, y eso fue todo. A los dos meses lo fusilaron.

Enseguida nos volvieron a llevar para la granja a trabajar. Si no trabajábamos nos ponían con las comunes, esa era siempre la amenaza.

Yo estuve presa 15 años y medio. Cuando me cogieron mi esposo estaba aquí. El había logrado asilarse en la Embajada de Colombia y a los tres meses pudo pasar a Estados Unidos. Después regresó. Desembarcó en Cuba el 3 de mayo de 1969 con el grupo del comandante Yarey. Era un grupo de 10 hombres que desembarcó por Baracoa, en Oriente. En el desembarco murieron tres y al resto los cogieron, entre ellos estaba mi marido.

A los tres meses de estar preso en Oriente lo llevaron para Villa Marista, en La Habana. Yo y Georgina Cid, su hermana, estábamos en el América Libre. A las dos nos llevaron para el G2 para verlo.

Recuerdo mucho un traslado de presas que hubo en jaulas. Cuando llegaron las tiraron como si fueran fardos, y las golpearon, aquello fue algo tenebroso, ver cómo los hombres golpeaban a las mujeres. A mí me golpearon varias veces.

Pero si usted supiera, estoy orgullosa de haber dejado parte de mi juventud allí por la libertad de Cuba. La experiencia nos ha servido de mucho. Perdone si no sigo hablando, recordar esto me ha puesto mal.

Ofelia Duque fue encarcelada el 9 de marzo de 1961, y llego a Miami en 1978. Tiene un hijo de 31 años con su primer esposo fusilado. Actualmente trabaja con el gobierno federal.

Luisa Pérez: Aprendí que la indignación supera el miedo

“Yo fui juzgada 14 meses después de ser detenida. En ese tiempo me trasladaron de prisión con violencia tres veces.

Recuerdo un Día de las Madres, que nos sacaron normalmente, como si fuéramos a ver a la familia, y cuando llegamos al salón de visita entró un grupo de milicianos y nos sacaron arrastradas, a patadas, a golpes y nos metieron en unos vehículos de traslado. Todo esto delante de nuestras madres y familiares que estaban allí en la calle, viendo aquello y dando gritos.

Supe 15 meses después de estar condenada que tenía una condena de 12 años. Cumplí 11. El juicio fue en La Cabaña, me mandaron para Guanajay. Me acusaron de atentar contra los poderes del Estado. Yo había participado activamente en la lucha contra Batista y me encontraba en México exiliada. Cuando triunfó la revolución regresé a Cuba. Fui a la Sierra Maestra a dar clases, pensé que en el área rural podría apreciar mejor los logros revolucionarios, pero allí me di cuenta de que todo estaba muy controlado, había mucha represión. Renuncié y regresé a La Habana, me incorporé al Movimiento 30 de Noviembre, en la lucha clandestina. Fui detenida.

Hubo un momento en la prisión de Guanajay, durante la década del 60, en que habían cerca de 2,000 mujeres encarceladas por causas políticas. Yo tenía 25 años cuando caí presa. La prisión me marcó. Yo no escogí esa situación, pero me alegro de haberla vivido. Aprendí que la indignación supera el miedo. Cuando tenía mucho miedo pensaba que ya vendría la indignación, que generaría fuerza. Y la justicia de la causa por la que allí estábamos, se lo expresé a la dirigencia de la prisión.

Estábamos enterradas en vida, relegadas al olvido. Pero la situación te va dando fuerza, sobrevivíamos con un sentimiento de dignidad humana, porque se hace una decantación de valores y cuando ya estás sin nada, a veces sin agua que tomar, sale una gran fuerza.

Cuando construyeron el pabellón de celdas tapiadas en Guanajay yo me quejé. Entonces, como castigo, me metieron en una. Estuve dos años incomunicada, sola.

Pero en esas celdas tapiadas buscábamos la forma de comunicarnos unas con otras. Eran muy chiquiticas: se dormía en el suelo. Cada una tenía una especie de mortero de concreto en el suelo y nos subíamos en el borde para poder alcanzar el huequito por donde metían la comida, y por allí hablábamos con las otras que estaban en las demás tapiadas.

El ser humano tiene una fuerza muy grande, mientras más me maltrataban, más fuerza tenía. Aquello era algo monstruoso. Yo me decía: ellos no pueden conmigo, no pueden, no van a poder. Yo soy un ser humano.

Una vez estuve 65 días seguidos sin bañarme, comiendo comida helada, yendo al baño de hombres.

Uno de los castigos era ponernos con las comunes. Una vez nos pusieron a 45 políticas entre 600 comunes. Esas presas comunes tan pronto gritaban paredón contra nosotras como al otro día se volvían contra ellos y decían que estaban con nosotras.

Allí vimos cosas horribles. Una se ahorcó una noche. Constantemente se aplicaban cucharas hirviendo para quitarse los tatuajes. Era una situación dantesca, porque era día y noche.

Una de las torturas era poner los altoparlantes muy alto con La internacional. Eran altoparlantes inmensos, a todo volumen y los tenían horas y horas. Yo empezaba a caminar de un lado para otro en la celda, me imaginaba que estaba en la calle y que iba de tal lugar a tal lugar de La Habana. Era una forma de higiene mental, para conservar la razón.

A veces te daban algo para leer y regresabas a una vida un poco más normal, y ese era parte del plan, para que recordaras lo que habías perdido.

Pero, ¿qué es mi dolor y mi condena comparada con la de Mario Chanes de Armas o la de Ernesto Díaz Rodriguez? Lo mío no es nada al lado de lo que ha pasado allí la gente y lo que esta pasando”.

Luisa Perez cayó presa el 4 de noviembre de 1960 y salió de la cárcel en 1971. Llegó a Miami en 1978. Actualmente es directora de la Biblioteca de Grapeland Heights, del Sistema de Bibliotecas Públicas de Miami-Dade. Pérez ha realizado una intensa labor investigativa sobre el presidio político cubano.

América Quesada: La presa política es libre en prisión

Cuando me detuvieron y me llevaron para la Seguridad del Estado en Matanzas, me metieron en una celda donde estaban escritos los nombres de los fusilados en las paredes.

Estuve allí sin asearme, haciendo mis necesidades en una lata cuatro días, durmiendo en una colchoneta sanguinolenta, llena de insectos en el piso. Alguien me dijo que si se apagaba la luz que no me asustara, que era que allí se había ahorcado un preso. Era para “trabajar” tu mente psíquicamente con eso.

Después me tuvieron dos meses incomunicada, y más tarde me pasaron a la Fortaleza del Castillo de San Severino, que es una de las prisiones más severas de Cuba. Ahí tuve una de las experiencias más horribles.

Fue traída a la celda una joven llena de tierra de pies a cabeza. Tenía un olor terrible.

La mujer llegó llena de pavor. Cayó rígida arriba de la cama. La Seguridad del Estado la había sumergido en el agua, una mujer que estaba enferma, que padecía de ahogo. La cogían por el pelo y la sumergían una y otra vez, hasta que quedaba exhausta, sin respiración, y así le hicieron tres o cuatro veces. Después abrieron un hueco en la tierra y la enterraron allí por 24 horas, enterrada en aquella parte de la costa sin darle alimento ni nada. Caridad Vega se llamaba. Ya murió.

Después del Castillo de San Severino pasé al Reclusorio Nacional de Mujeres en Guanajay.

Lo que más me asombró al llegar allí, al primer pabellón, fue ver infinidad de mujeres pegadas a las rejas, con esas miradas, diferentes por completo a las que puedas ver en una persona angustiada en un momento transitorio de la vida.

Tenía 28 años cuando caí presa. Me condenaron a 20 años de prisión, cumplí 14. Me detuvieron el 4 de enero de 1964. Hacía cuatro años que estaba trabajando en la clandestinidad, en el Movimiento de Recuperación Revolucionaria.

Cuando se me hizo la requisa en mi casa, me incautaron un documento, que es un vaticinio que había escrito en 1957 (en una visión) sobre lo que iba a suceder en Cuba. Predije todo lo que iba a pasar. Ellos leyeron el papel y se burlaron de mí en el interrogatorio, me preguntaron si no había visto en mis predicciones que me iban a meter en la cárcel. Y les contesté que sí lo que estaban haciendo conmigo acaso no era prueba de la militarización y la represión que vaticiné.

Un día, como al año de estar presa, me sacan de la cárcel sin decirme para dónde me llevaban. Y así, a boca de jarro me encuentro una caja de muerto, un tendido en la sala de mi casa. Y cuando pregunto que quién esta tendido ahí me dicen que es mi madre.

Fue un encuentro terrible, algo tan doloroso en mi vida. Estuve nada más que unas horas allí con la vigilancia de dos custodios que no me dejaban mover. Me prohibieron ir al cementerio.

Posteriormente me llevaron también sin decirme nada al velorio de mi padre, pero papá estaba en una funeraria, no en la casa. Y entonces, faltándome dos meses para salir de la cárcel también se muere mi hermano, a quien yo quería mucho. Mis tres hermanas están en Cuba, yo estoy aquí en Miami sola.

El que no ha pasado por la prisión no puede saber la dimensión que tiene la resistencia humana para enfrentarse a la carencia, a no disfrutar las cosas que proporciona la vida, como una familia, un cumpleaños, una boda, el desarrollo de un hogar, algo tan elemental.

El presidio te priva de la dicha. Yo estaba en la plenitud de mi vida. Tenia 30 años cuando caí presa. Pero sucede que tu problema se hace pequeño en comparación con otros, con tantas tribulaciones de las demás compañeras. A la vez que llegas al presidio formas parte de una gran familia. Y si estuviste confundida en algún momento y dudaste de lo que hiciste, al llegar allí sabes que verdaderamente existe una razón. Veías tanta canallada que sabías que estabas allí por una causa generosa y justa.

El preso, la presa política, donde verdaderamente se siente libre es estando en la prisión, porque es donde se puede manifestar. Para mí no hay mayor alegría que poder dejar el testimonio de que mujeres cubanas supieron tener muy en alto su valor y su coraje para defender la libertad de mi país.

América Quesada llegó a Miami en 1980 por el Mariel. Actualmente es gerente general de una tienda por departamentos. Quesada dedica parte de su tiempo libre a entrevistar con su cámara de vídeo a ex presas políticas cubanas como ella.

Georgina Cid: Los disparos iban para adentro

El ser humano tiene la capacidad de sobrevivir y de hacer su mundo no importa en el lugar que esté. Si se piensa fríamente, 17 años en la cárcel, no lo puedes resistir. Yo tenía 24 cuando caí presa. Pero en el juicio no nos preocupaban los años que nos echaron, sino que no nos fusilaran a los hombres que estaban en la causa. Esa era la angustia. Cuando yo caigo presa no se había dado Girón, y no pensaba que el proceso iba a durar tantos años.

Los años en la prisión no pasan igual que en la vida cotidiana normal. Todo es tan rutinario, tan exacto, que lo que marca tus días es un recuerdo, que si el almuerzo, que si vino el agua. Pero llega el momento en que pierdes la noción del tiempo, entonces no te parecen tantos los años. Es como si fuera una noche muy larga.

Me acuerdo de cuando Girón. Nos pusieron las ametralladoras apuntando para las celdas desde la azotea. Y nos lo dijeron, lo sabíamos: si atacaban, los disparos iban a ser para adentro, para nosotras. Yo empecé a conspirar a los 18 años. Estuve seis años en la lucha contra Batista. En el 59 fui a trabajar en la Embajada de Cuba en Holanda, pero enseguida me di cuenta del carácter represivo de la revolución. Pedí permiso para regresar al país, era abril de 1960. Yo no trabajaba con ningún grupo en específico, pero me sentía más a gusto con el grupo de Aureliano Sánchez Arango, en la Triple A.

Se nos acusó de conspirar contra los poderes del Estado. Nos ocuparon unas armas en la casa, que habían pertenecido a mi hermano, que murió asilado en la Embajada de Haiti. Al otro me lo fusilaron.

Cuando cogieron a mi hermano me llamaron para un interrogatorio especial. Ellos querían que confesara y que trabajara para ellos. Yo tenía miedo, porque adoro a mi familia. En aquellos momentos yo les dije “estoy dispuesta a darles mi vida por la de él, porque es mi hermano, y porque vale más que yo, además es más necesario que yo, mi vida yo se las doy. Pero lo que ustedes me piden [que se convirtiera en delatora para que no fusilaran a su hermano] yo no lo puedo hacer. Él tampoco me lo perdonaría si lo hago.

Se dieron hasta el lujo de decirme “para ver si le salvamos la vida”, ni siquiera que se la iban a salvar. Un chantaje. Igual hicieron con mi padre. Ya le habían dado tres infartos cuando cayó preso por última vez. Yo estaba cumpliendo un castigo de seis meses sin visita, sin ver a nadie. A los 20 días me dieron el recado de que mi padre estaba preso. Él tenía un tratamiento muy riguroso para el corazón y no le dieron la medicina. Mi prima le llevó la medicina, pero los guardias le dijeron que no, que se la llevara. Ella se la llevó, y al salir de la cárcel, cuando se acabó la visita, el murió.

En esos 17 años conocí a miles de mujeres que cayeron presas por problemas políticos.

Cuando empezó la ley del trabajo forzado de las mujeres, al principio me negué a aceptar esa orden, después fuimos. Estábamos en Guanajay. Fue un momento muy duro para nosotras. El reto era no obedecer. Empezó una guerra psicológica. Y el castigo era meternos con las presas comunes. Nos trajeron pared con pared a nuestro pabellón a las peores presas comunes: asesinas, de todo. Nos dijeron que si no salíamos a trabajar nos iban a poner a convivir con ellas.

Yo me acuerdo que cuando caía presa una jovencita, uno sentía los gritos, porque las demás presas la estaban violando. Era algo terrible. Muchas de las personas que estaban allí eran seres humanos a quienes les teníamos mucha pena, mucha lástima. Eran personas que no estaban bien de sus facultades, habían asesinado, tenían hábitos de vida que no eran los nuestros, era una parte de la vida que la mayor parte de nosotras nunca habíamos visto. Casi todos los días había violencia, entre ellas mismas se herían. Algunas se suicidaban. Todo lo veíamos allí.

Las cosas en la prisión eran cambiantes, de acuerdo con la política. El mismo guardia que te daba un galletazo un día recibía la orden de tratarte mejor y te preguntaba que cómo te sentías, que si necesitabas algo, todo dependía de la política.

Yo, a pesar de todos mis dolores y de todo lo que hemos pasado en el presidio politico cubano, digo que hay que pasar por encima de todo eso para conquistar la democracia, la libertad y el respeto para el pueblo de Cuba, donde quepan todas las opiniones, todas las creencias.

Yo no puedo llevar mi sufrimiento personal a la solución del problema de Cuba. Ese problema nunca se va a solucionar así, con la violencia, con rencor, con odio. Hay que pasar tabla rasa sobre todo. Buscar una solución pacífica.

Yo no digo que perdone todo, yo digo que entierro mi dolor, paso por arriba de él, porque Cuba vale más que mi dolor.

Georgina Cid salió de prisión en 1978, el mismo año en que salió Orlando Castro, ex preso político que cumplió 18 años en prisión y con quien se casó en La Habana unos meses antes de salir para Miami en 1979. Cid trabaja actualmente en las oficinas administrativas del condado de Dade. Ella y su esposo fundaron Libertad y Vida, un grupo de apoyo a los activistas de derechos humanos en Cuba.

Lidia González: Nadie se puede imaginar lo que es aquello 

A las seis de la mañana tocaron a la puerta como si fueran bestias. Eran cinco, vestidos de civil, entraron gritando, registrándolo todo. Me acuerdo que el niño empezó a llorar. No me dejaron ni cambiarme de ropa. Me trataron muy mal.

Cuando llegué a la estación de policía de Zanja y vi aquello, era una puercada. En los cinco días que pasé allí cogí piojos. Allí todo el mundo tiene piojos, nadie se puede imaginar lo que es aquello.

Me metieron en un cuartico, un calabozo. Empecé a gritar para que no dejaran al niño allí. Entonces a mi nuera le pusieron una multa de 300 pesos y la dejaron ir, y el niño no cogió presidio. Yo me puse muy mal, me tuvieron que llevar a emergencia, al médico, vi que el policía le hizo una seña y me inyectaron. Entonces me alteré más, grité, les dije que yo estaba allí por defender los derechos humanos, que despertaran a la realidad.

A los cinco días nos hicieron el juicio, tardísimo en la noche, sin abogado ni nada. A mí me condenaron a nueve meses, a mi esposo a un año y a mi hijo a siete meses. A mi esposo y a mi hijo los mandaron para el Combinado del Este, a mí para el Manto Negro. Cuando yo vi a Manolito con su padre esposado en la jaula empecé a llorar, a rezar. No me quiero acordar, los tres en la misma jaula para la cárcel.

Nos habían condenado por “clandestinidad de impresos”. En mi casa se hacia el periódico Franqueza, el director era Samuel Martínez Lara (presidente del Partido pro Derechos Humanos de Cuba), Hiram Abi Cobas (secretario general del partido), el editor. Teníamos tres máquinas de escribir y así, escribiéndolo con papel de carbón sacábamos el periódico con todas las violaciones [de derechos humanos] que nos llegaban. Logramos sacar seis. No era clandestino, porque tenía los nombres y la dirección de mi casa, que era donde estaba la redacción. Yo era la encargada de entregarlo en las embajadas y las oficinas de prensa extranjeras.

En el registro me cogieron los periódicos que quedaban y documentos del partido, la petición de plebiscito y la recogida de firmas.

Cuando llegué al Manto Negro me esperaban con un acto de repudio las mismas presas comunes. Allí detecté que Tania Díaz Castro estaba trabajando para el aparato de la Seguridad del Estado. Ya yo tenía mis pequeñas sospechas desde antes. Tania no me recibió en la cárcel como una compañera, sino como si fuera su peor enemiga.

Me di cuenta que nunca decía nada en contra del penal. Decía que aquello era “una beca con candado”. Cuando yo criticaba la comida en el comedor, Tania me preguntaba que cuándo yo me la había comido mejor en Reina y Lealtad, que en su casa no se alimentaba como allí, que aquella comida estaba buena, decía esto sobre todo cuando estaban las guardias delante.

Tania me quiso encausar en prisión, me quiso complicar creándome un caso.

Ella era muy amiga de la directora del penal, el día de su cumpleaños recuerdo que le dieron tremenda fiesta, al amanecer llegó a su celda. A ella nunca la torturaron en prisión. Tenía todo tipo de privilegios, ella andaba suelta por allí. Tuve muchos problemas con ella. Mi criterio personal es que Tania era una infiltrada desde que empezó en el partido.

Un día nos fuimos a las manos, ella trató de complicarme allí adentro, le hablaba mal de mí a la directora del penal, siempre me estaba echando. Y le pregunté que qué clase de activista de derechos humanos era ella. Me contesto una barbaridad, una grosería.

Aquello es un infierno. Las peores asesinas andan sueltas allí, y son a las que la policía respeta. Las decentes que han caído presas por causas políticas las tienen encerradas 24 horas. Pero las comunes andan sueltas por los pabellones, gritando, peleándose entre ellas. Se cortaban, se picaban. Vi cómo una le cortaba el cuello a otra. Allí no se duerme, ellas andan deambulando toda la noche, es una tortura psíquica para sacarnos de quicio.

Un día cuando estaba de visita la Cruz Roja, la directora del penal me dijo que no fuera a pedir que me entrevistaran, y yo le dije que por qué no, para que vieran la clase de potencia médica que era Cuba. Grité, me dio una crisis de nervios, y me vieron los de la Cruz Roja. Yo tenía una intoxicación que no se me quitaba con nada y no me daban medicamentos.

Me habían puesto al lado de una que le habían echado 30 años porque había matado a su hija. Tenia una cuchilla; muchas tienen cuchillas, no sé de dónde las sacan.

Después la sacaron y pusieron a Rita Fleitas. A Rita le habían echado nueve meses como a mí. La habían condenado por haber ido a ponerle una ofrenda floral a José Martí y por haber leído un comunicado allí. Cuando salimos de la prisión, Rita, Maria Elena Ballo, su hija y otras mujeres fundamos el Comite Humanitario de Mujeres de Cuba, para ayudar a las presas políticas. Yo pedí la legalización al Ministerio de Justicia, pero sabía que no me la iban a dar.

He venido con un dolor muy grande en el corazón porque tuve que dejar a mi hija allá a merced de ellos. Tiene 23 años, es activista de derechos humanos y el esposo tiene cargos de peligrosidad. A mi hija le pueden hacer cualquier cosa, son capaces de todo.

Lidia González fue detenida el 23 de enero de 1989 y liberada el 31 de octubre de ese mismo año. Llegó a Miami junto a su esposo, su hijo, su nuera y su nieto en septiembre de 1990. González y su familia se asilaron en 1980, junto a 10,800 cubanos en la Embajada del Peru, donde permanecieron dos años. Salieron de la embajada con la promesa del gobierno cubano de que se irían del país enseguida, pero no sucedió así: se vio viviendo en la calle, sin trabajo y acosada por la Seguridad del Estado durante 10 años.

El Nuevo Herald, 10 de marzo de 1991

Las variedades de la experiencia religiosa

El año era 1994, noviembre. Acabábamos de llegar a Venecia. Un respiro, un descanso, una terapia, otros rostros, otra arquitectura, una vida distinta a la cotidiana que nos agotaba por el exceso de trabajo que se vive en Estados Unidos. Irse, exponerse a nuevas experiencias, vivir la belleza, las horas y los días sin horario. Eso buscábamos.

No habíamos estado nunca en esa ciudad, de inmediato bajamos a caminar por los alrededores. Estábamos en la Plaza de San Marcos. La noche de densa niebla era apenas iluminada por una la luna llena que me estremeció: la más bella que he visto y veré, hundida, envuelta en la niebla que jamás he vuelto a ver.

No vi en la hermosura de la luna ni en la neblina tangible ni en el inaudito anochecer que súbitamente se consumó con el toque de campanas que repicaban desde aquel sitio del mundo encantado, signo alguno de lo que estaba por llegar: algo que me transformaría para siempre, que cambiaría mi vida inesperadamente, que amaría deslumbrada desde que mis ojos la descubrieron por primera vez, la Basílica de San Marcos.

Podría escribir largamente sobre este encuentro con la belleza absoluta y la seducción de lo sagrado que me imantó –creía yo entonces– sólo estéticamente. Caminar lentamente, arrodillarse, sentarse a observar maravillada la magnífica iglesia construida en honor al primer evangelista, Marcos, ocasionó en mí algo desconocido, una experiencia primaria que culminaría, junto a otras experiencias, en mi conversión religiosa.

Cuando algún tiempo después leí la autobiografía de Thomas Merton, cuyo centenario acabamos de celebrar el 31 de enero, La montaña de los siete círculos, validó con su voz de profeta, mi vivencia. Su conversión pasó también por la experiencia estética.

Bien que recuerdo cierta molestia de mi compañera de viaje con mi deseo por entrar siempre a la Basílica, sin importarme nada más de Venecia, aunque después la complací y nos fuimos felices por una hoja de ruta desconocida, pero hermosa.

Esto ocurrió un día después de que asistí a la primera misa en la Basílica, una mañana temprano en que la dejé durmiendo y salí corriendo a participar en el misterio de la fe. Fue en una de las bellísimas capillas, estaba expuesto el Santísimo cuando llegué. Se tardó más de media hora para que empezara la Eucaristía, tiempo suficiente para que yo adorara a Jesús sacramentado de rodillas, sólo mirándolo. Nos envolvía el olor a incienso y un gran silencio. Miré a los demás, arrodillados, adorando la hostia sagrada, en un estado que pude percibir casi de éxtasis. Yo volví la mirada a la víctima –eso significa hostia– y me reconocí a mí misma por primera vez en el sentido más hondo y desconcertante de la palabra.

Mucho más tarde hallaría este pensamiento de Gabriel Marcel: “Tengo que anotar aquí la importancia excepcional de Juan Sebastián Bach. Las Pasiones y Cantatas: en el fondo, la vida cristiana me ha venido a través de esto. Los encuentros han tenido un papel capital en mi vida. He conocido seres en los cuales sentía tan viva la realidad de Cristo que ya no me era lícito dudar. Nadie duda que la función espiritual de la música consiste, en el fondo, en devolver el hombre a sí mismo. Devolver el hombre a sí mismo es, en verdad, devolverlo a Dios”.

Cuando terminó la misa nos fuimos mi amiga y yo de turistas por Venecia. Yo era otra persona, ella lo notó, yo noté que me miraba a veces asombrada, algo bastante común, pero no de esa forma.

Llegamos a Roma –mi primer viaje a la Ciudad Eterna– y en ella culminó mi peregrinación interior insospechada. Cito a William James, cuya obra, Las variedades de la experiencia religiosa, fue fundamental en mi formación posterior:

“Regenerarse, recibir la gracia, experimentar la religión, hacerse a una seguridad antes nunca vivida, son las expresiones que identifican el proceso de conversión, repentino o gradual, en él que un yo conscientemente dividido, equivocado, infeliz o inferior, se transforma en un yo unificado, correcto, feliz y superior como consecuencia del apoyo que ha recibido de una realidad religiosa”.

Nuestro hotel en Roma estaba a unos pasos de la Basílica de San Juan de Letrán. Ya adentrada la tarde, entramos en esa iglesia, la madre de todas. Lo diré, aunque parezca una locura: fue como regresar a casa, a mi casa. Qué feliz fui en la penumbra originaria que iluminó mi vida.