Al amanecer

El portal que encuentro y siempre miro cuando saco a mi perro a caminar antes del amanecer. Me gusta mucho este portal, se aprecia menos en foto.

Tiene una penunmbra especial. Y en La Habana no ha amanecido casi, porque salgo a eso de las 6:30, y camino como media hora, pero este lugar siempre me detiene un poco. He visto tantas cosas lindas, sobre todo antiguas: los arcos sobre las puertas, las cerraduras, las celosías, los escalones de mármol antiguo, los pisos, los espacios. No sabía que me gustaría tanto. Hay algo de extraño en todo esto, como si fuera parte de mí, pero de un “mí” que no reconozco.

Mi padre tenía dos agencias de ventas de autos aquí en el Vedado, una se llamaba Ambar Motors y la otra Presidential. Solo veníamos a esta ciudad para visitarlo y recordarle que era su deber enviarnos algo de dinero, mi madre era maestra, y no alcanzaba su salario para dos hijas, una casa, etc. Y mi padre era un hombre de mucho dinero.

Entonces no nos lo enviaba, claro, y de vez en cuando venía mi madre con nosotras niñas a recordárselo. Mi madre, tomadas a sus hijas cada una con una mano. Mi padre entonces nos llevaba a restaurantes de lujo, y a pasear en su carro. Era importador de Chevrolet y Cadillac a Cuba. Pero nosotras no vimos nunca parte de ese dinero, ni me importa, por supuesto. Tuvimos todo lo necesario y más: amor en nuestro hogar en Pinar del Río, educación, una familia linda, donde todos nos sentábamos a la mesa a almorzar y a comer. Entonces había esa práctica, que todavía existe.

Recuerdo aquellos viajes a la capital. Venía por la antigua carretera central que era mi gozo total. Grandes tramos de carretera cubierta como con un techo de ramas tupidas de árboles.

Pero cuando llegaba aquí me gustaba también, porque era el olor a transporte, y veía a mi padre, tan elegante siempre, y nos montábamos en su lujoso auto.

Miro atrás, inevitablemente y me doy cuenta de la tragedia que aquello significaba, tragedia que se vive día a día en Estados Unidos y se llama alimony? Que los padres se niegan a dar su parte de la manutención de sus hijos cuando abandonan a su mujer y su propia descendencia. Qué indecencia.

No sé dónde viviría mi padre, nunca nos llevó a su casa, estaría con su otra mujer. Que fueron muchas. Eso sí, comíamos cosas muy distintas en aquellos restaurantes y aquellas tardes lujosas que duraban solo un día.

Regresábamos a Pinar del Río asegurada mi madre, por lo menos, de que tendríamos zapatos para estrenar en el nuevo curso escolar. En nuestro hogar, donde habitaban solo mujeres, comida no faltó. Amor tampoco. Pero el abandono deja un pozo profundo vacío, no se llena. El abandono, cualquier abandono de un ser humano a otro es horrible. Comprendo que no siempre es culpable quien abandona. Hay muchas razones, es complicado.

Pero en el caso del divorcio de mi madre y mi padre sí fue culpa de él, que no le importaba nada ni nadie. Solo él, y su dinero.

Confieso algo: cuando murió, que fui a Miami para el velorio (vivíamos entonces en Puerto Rico), mi madrastra me dijo aparte que me quedara porque tenía unos papeles para mí, mi padre aparentemente me había dejado dinero, parte de una herencia supongo, no pregunté qué papeles eran. Me fui del cementerio directo al aeropuerto. La herencia completa la cogió mi medio hermano (cuando mi padre murió él tenía tres años), que vive en Sunny Isles. Y cuando creció, siendo un adulto casado, estando yo de visita en su casa, me dijo: “Tengo tanto, pero tanto real state”. Que le vaya bien, y que disfrute lo más que pueda su vida.

Querido Peter, te deseo salud y amor. No sé por qué me viene esto a la mente ahora.

A de ser porque me encuentro en un área algo conocida a la que venía de niña. Ahora soy vieja, y no me interesa nada más que vivir el momento feliz, como decía el Benny. Sabes, Peter, quién es Benny Moré? Supongo que no, eres americano, naciste en Nueva York y no hablas español.

Cosas de la diáspora cubana.

Conexiones

En uno de los comodísimos sofás del lobby del hotel Habana Libre me hallo sentada. A mi lado mi laptop y mi iPhone, mis tarjetas de wifi y pasando o sentados cerca, turistas que observo por breves momentos. El lobby es grande, acogedor, y a unos pasos está la cafetería La Rampa, donde me tomé un cortadito coronado de espuma exquisito. No me puedo quejar. La Habana me acoge y se empeña en enseñarme siempre algún callejón, verja, ventanas, celosías, puertas, casas, edificios que me pillan y embelesan por antiguos y a la vez novedosos a mis ojos curiosos ante absolutamente todo.

A la espera del que quiera verla, está ella, para sentirla, saborearla con espíritu de apertura y también de acogida, acoger con amor La Habana, incluso sus ruinas, que las hay, pero las he visto tantas veces en la TV y vídeos en Miami, que nunca pensé hallar tanta belleza construida, en buen estado, reconstruyéndose, recién pintada o sencillamente siendo lo que es, una ciudad en la que no todo es escombros. La capital cubana es muy hermosa y me gustaría no haberme ido nunca de este país. Vivir ahora aquí. Que sea parte de mí y yo parte de ella.

En este mismo hotel donde me encuentro ahora estuve una imborrable noche del 1 de abril de 1962. Esa noche nos quedamos a cenar y dormir aquí mi madre, mi hermana y algunos otros miembros de mi familia que habían venido a despedirnos. Al otro día, 2 de abril a las 11 de la mañana salía el vuelo de Pan American que nos llevaría a mi hermana y a mí a Miami.

Esa noche, todos bajaron de sus habitaciones, incluyendo mi hermana que era mayor de edad, tenía 19 años a festejar en un cabaret del hotel. Yo me quedé en el cuarto, alfombrado, lujoso, frío. Recuerdo poco, pero ese poco fue y sigue siendo muy poderoso. Cuando fui a descorrer las cortinas y vi ante mi ojos el Malecón, el mar. Y empecé a llorar por primera vez desde que nos había llegado el telegrama de salida. Fui de los amplios cristales que daban al Malecón y me senté en el borde de la cama, y sollocé mucho, con un nudo que se me hizo en la garganta que bien recuerdo, casi no podía tragar. Yo nunca había llorado así. De pronto adquirí cierta consciencia de que me iba y de todo lo que se quedaba. Que mi vida se estaba partiendo en dos. Algo muy decisivo y definitorio se estaba muriendo dentro de mí. Y en efecto, murió, pero lo vine a saber, a comprender en toda su terrible hondura muchos años después.

Pensé en mi abuela, mi madrina, que era como mi madre, y vivíamos todas juntas en un hogar feliz que nunca olvidé. Me vino a la mente mi escuela, mis primas y primos y amigos, todo como una sola y múltiple imagen al mismo tiempo, no hubo secuencia, no lo creo, fue muy raro.

Sentí la soledad por primera vez esa noche, mientras mi familia celebraba. Pero yo sé que mi madre no celebraba nada. Estaba más destrozada que yo, más que nadie. Lo pude ver al otro día, temprano en la llamada “pecera” en el aeropuerto, un gran salón de cristal donde estaban dentro todos los que se iban para Miami y afuera sus familiares. Quién olvida ese instante? Quién ha podido?

Lloraban, se besaban los de adentro y los de afuera con el cristal de por medio. Manos y labios se grababan empañando el enemigo cristal. Se decían adiós mil veces con las manos. Se miraban sin abrir la boca. Vi a un señor abrazar a su mujer que tenía parece un ataque de nervios llorando y fuera de sí mientras su hijo, un muchacho adolescente miraba el cuadro aquel encerrado en la pecera serio, sin llorar, solo los miraba.

Yo miraba a mi madre y ella a nosotras dos. Lloraba también. Pero vi que quería aparentar ante nosotras que estaba bien. Después supe que cuando el avión se elevó ella se echó a correr por el parqueo del aeropuerto gritando “Mis hijas, mis hijas!”

No cuento más de mi llegada a Miami y el resto.  

Han pasado muchos años de aquel 2 de abril de 1962. Hoy es 7 de octubre de 2019. Estoy en el mismo hotel, Habana Libre. Mirando a mi alrededor, sola, como aquella noche, la primera vez que me sentí sola en la vida, pero no supe descifrar el sentimiento de la soledad. Ahora lo conozco muy bien, tan bien que es como parte de mí. Casi no la siento. Pero a veces se hace presente, demoledoramente.

Ahora estoy contenta, digamos. Me gusta donde me hallo. Por días fui a uno de los mejores puntos de wifi de la ciudad que es la heladería Coppelia. Pero es muy incómodo, muchos muros que hacen de asientos sin espaldar, donde una se sienta con su celular o tableta o laptop y se conecta y conversa. Decenas de personas en lo mismo. Los que tenemos suerte nos sentamos debajo a la sombra de unos grandes árboles. El resto, al sol. Pero al rato, mi espalda se queja, lanza punzadas hasta que si persisto en quedarme en esa posición horripilante, tengo que levantar la tienda de campaña y regresar a casa. Ya para entonces me duele la rodilla, la espalda y la caminata es larga.

Aquí en el Habana Libre, aunque es más caro (cuesta dos CUC la hora de conexión), estoy inmensamente a gusto y además no sufro dolor alguno. Son mullidos los cojines grandes que abrazan mi pobre espalda, recostada estoy y conectada.

Afortunada la mañana, sin tristezas, sin soledades, solo interrumpió o fue parte del proceso, la conexión que hice de aquella noche de hace 57 años y la que hago ahora, con mis amigos de Miami y de Cuba a través de Facebook, y me entero de las últimas noticias por Twitter, leo cosas que me interesan en la prensa, y paso el rato enterada, acompañada en estos inciertos días.

Por qué inciertos? A medida que voy conociendo la ciudad, más me gusta, más la quiero, pero es un gusto muy particular. No es como París o Venecia o Madrid, o Barcelona o Roma o Jerusalén (mis dos ciudades más queridas, las que más me atraen, tanto que hubiera querido vivir en ellas, sobre todo Jerusalén, mi favorita entre las favoitas), para mencionar algunos de los lugares en que he estado mientras ha durado esta larga diáspora. La Habana es única, impar. Pero tengo que volver a Miami en unos meses.

Regresaré a La Habana para siempre, como ha sido y sigue siendo mi deseo? Llegué muy tarde, vieja ya. Pero llegué y cada día salgo temprano a andar La Habana, adónde me lleven mis sentidos, la historia, mis pies, los taxis, los transportes llamados Taxis ruteros. Y quién puede asegurar nada del mañana? Cuento con el ahora y me basta.

Buscando transporte, buscando comida

Salgo temprano de donde me estoy hospedando en el Vedado para la Calzada del Cerro y Boyeros, donde vive mi familia. Ni soñar con coger una guagua aunque vivo al lado de una importante parada en G y 23 donde se detienen varias rutas. La falta de petróleo ha hecho muy difícil el transporte en Cuba, pero más que una frase harto repetida y supongo causante de satisfacción en ámbitos cubanoamericanos de Miami, hay que vivirlo para como lo vivo yo aquí para saber lo que es. Circulan además de las guaguas, los abundantes vanes amarillos estatales, los taxis particulares, los boteros o almendrones particulares o del Estado, y claro siempre se ve por ahí algún medio de transporte improvisado que ayuda. Entre las medidas tomadas por el gobierno para palear la grave crisis, el presidente Miguel Díaz-Canel ordenó que todo carro que lleve chapa con la letra B, que quiere decir que es del Estado, está obligado a parar para recoger a todos los que quepan que vayan para algún lugar que coincida con la ruta del chofer. Yo tuve que esperar más de una hora para tomar un taxi que me llevó lo más cerca posible de dónde iba. Le pagué cinco pesos cubanos. Me bajé en un complicado cruce de avenidas amplias con bastante tráfico y empecé a buscar para donde caminar que me llevara a dónde vive mi prima. Llegué, y la alegría de volver a verlos, todos muy bien, cambió enseguida mi estado de ánimo, de cierto temor que tenía por andar sola por primera vez en La Habana a la seguridad de estar en casa familiar.

Al rato salí con Roly, mi primo, incansable trabajador, generoso y un pícaro insuperable a la hora de llevar a cabo la labor más ardua y requerida de astucia en Cuba: “resolver”. Salimos a buscar ciertos alimentos que necesitaba y que por donde él vive se encuentran. No en el elegante Vedado, donde no hay ni un solo supermercado adónde se pueda ir a pie.

Empezamos por un CUPET, lugares en los que se vende petróleo que cuentan con un mercadito de algunos alimentos y otros artículo básicos, poquísimos en general, los conozco de antes. Después de una cola de más de una hora bajo el sol al fin pudimos entrar (el local no permite más de dos a la vez) para no encontrar nada. Neveritas, estantes, vitrinas vacías, solo vi muy pocas cosas y todas innecesarias.

Seguimos para un supermercado nuevo, muy bueno y surtido, me dijo, que queda en 51 y 26. Partimos para allá a pie, naturalmente. Mi primo, habanero de pura cepa, cuando le preguntaba que a qué distancia quedaba del lugar me decía “Ahí, al doblar de la esquina”. Comprendí que esa frase significaba cinco o seis cuadras más. Después de llegar de la larga caminata y hacer otra cola, sorpresa:  el gran local tenía todos los anaqueles vacíos, no había nada qué comprar. Yo no salía de mi asombro. No lo podía creer, si apenas era la una de la tarde. Una de las empleadas me dijo que se había acabado todo desde temprano. Arrasaron. Conste, se paga en divisa, CUC. Lo único que encontramos fueron unas galleticas, algunos paquetes de bolitas de chocolate, leche evaporada cubana, que abunda por todos lados y líquidos de limpieza. Punto. Solo compré los chocolates y galleticas para mi prima, ya bastante mayor, que tiene delirio con dulces y chocolates.

Por fin entramos a un llamado “agro” en plena ciudad. Allí sí pudimos encontrar algo: viandas, cebollas diminutas (no hay cebollas grandes en Cuba), del tamaño de un ajo. Las frutabombas hermosas y grandes, pero podridas, melones, vegetales para ensaladas. Nada más. Al doblar hallamos un puesto de venta de cerdo trozado fresco, sin grasa. Nos llevamos todo el que había para casa de mi primo y para la mía, bistecs de puerco, ya eso era algo.

En todos lados busqué jugos, algún refresco, agua. No había. En ningún lado que paramos había refrescos o jugos. Y como había pasado una semana con un grave problema estomacal ni pensar en tomar agua ni coctel de frutas picaditas naturales, que vendían en los puestos que se hallaban. Mi primo se dio gusto. En su casa están inmunes a todo, hasta el agua la toman sin hervir. A nadie le ha caído mal nunca. Yo pude comprobar que aun hervida y pasada por un filtro, como se hace por rutina donde vivo, me hizo daño, lo cual causó el desajuste de me duró cinco días. Entonces decidí hacer lo que vi donde me quedé en Pinar del Río: hierves bien el agua y después la cuelas poniendo sobre el colador un pañuelo fino o varias capas de gaza, estos bien limpios, previamente hervidos también. Resolví el problema con eso y mis botellas de Ciego Montero, agua de manantial que se consiguen. Pero este sábado fatal no la había en ningún lugar.

La sed, el cansancio, el dolor de espalda y de rodilla, el calor, la frustración por no encontrar nada en varios supermercados y centros más pequeños de alimentos, me hicieron rogarle a Roly que nos fuéramos, mi cuerpo no daba más.

Nos paramos junto a un grupo de personas en una avenida de bastante tráfico, no recuerdo su nombre. Pasaban autobuses, minivans, carros particulares y estatales, algunos vacíos, otros apiñados. Los taxis no paraban, estaban todos ocupados. A medida que fue pasando el tiempo, la gente se iba amontonando y colocándose más a la izquierda, para poder tomar un taxi o lo que fuera antes que los que quedábamos a la derecha. El molote se hizo impresionante.

Entonces llegó una perseguidora con dos policías. Salieron de la patrulla, y colocándose casi en medio de la avenida empezaron a detener a todo auto que podían. En menos de una hora (ya llevábamos más de media en la parada, uno de los policías detuvo otro de los muchos carros que tuvieron que parar para montar a la gente y llevarla, y al fin nos tocó a nosotros, se detuvo un señor que venía en esta dirección con el carro vacío. Se lo llenamos en un instante. No cobró nada.

Y fue así que entrando en mi lugar alquilado, pasé veloz a la ducha empapada de sudor, muerta del cansancio, desfallecida por el dolor de espalda. El agua casi fría por largo rato bajándome desde la cabeza a los pies (boca cerrada, es agua de pila) me reavivó algo, pero tuve que lanzarme sobre la cama desnuda, el ventilador del techo a máxima velocidad. Cerré los ojos, recorrí brevemente el día, eran pasadas las seis de la tarde. Yo misma me pregunté por qué me sentía complacida después de semejante ordalía. Había sido parte legítima de la vida cotidiana de este pueblo sobreviviente. Había sido parte de una Cuba que no conocía, la real, la que duele, la que padecen los cubanos.

Hay inmensos errores que ha cometido el gobierno comunista y parte de este martirio se debe a ellos. Sin embargo afirmo sin albergar una sola duda de que el causante principal es el bloqueo de Estados Unidos contra este país. Y lo más trágico y detestable de todo es que hace muchos años los máximos culpables del sufrimiento del pueblo cubano son sus hermanos cubanoamericanos que ejercen el repugnante cargo de congresistas que definen la política criminal sobre Cuba. Lo he denunciado mucho en la prensa y donde quiera que he podido, lo hice siempre por razones éticas, humanas, de solidaridad porque ha sido siempre claro para mí y la mayoría de los cubanos en Miami y los estadounidenses (más de un 65 por ciento apoya el levantamiento del embargo) que el bloqueo a quien castiga y hace padecer duramente es a este pueblo, no a los dirigentes, a los que gobiernan. Es inhumano lo que hacen estos legisladores de ascendencia cubana de derecha, aunque el demócrata Mel Martínez, para no desentonar, siendo demócrata también lo apoya. Vergüenza debía darte, Mel.

Ya no les doy el beneficio de la duda a ninguno de ellos de que no saben en realidad el daño que le han hecho y le hacen a los ciudadanos cubanos que alegan defender. El hambre, la miseria, las muertes que ha causado su tan manipulado y obsesivo embargo es una prueba de que carecen de compasión, ni de amor a Cuba. Todo es mentira, todo es politiquería para supuestamente ganar votos.

Hoy, viviendo aquí, siendo parte integral del cubano de a pie, padeciendo lo que padecen ellos, aunque cuento con el privilegio de tener moneda convertible, CUC, que tampoco sirve para nada dado el cerco de muerte tendido por el presidente de Estados Unidos, el delincuente Donald Trump, guiado por el senador Marco Rubio, a cargo de la política hacia Cuba, reafirmo más que nunca mi cercanía y solidaridad con el pueblo cubano y mi rechazo y condena a la política de los congresistas cubanoamericanos y la administración corrupta, brutal y fascista que defienden como cómplices del presidente que espero sea juzgado y hallado culpable de múltiples crímenes ya evidenciados.

La Habana y la fe poética

Dijo Coleridge que la fe poética es una voluntaria suspensión de la incredulidad. Eso permite, por ejemplo, abandonarse a un texto digamos voluntariamente visionario como La Divina Comedia de Dante, y leerlo con fe poética. Borges, que leyó la obra maestra del gran poeta florentino muchas veces y todas las interpretaciones y comentarios sobre la obra qur hallaba, aseveró que “No creo que Dante fue un visionario. Una visión es breve. Es imposible una visión tan larga como la Comedia. La visión fue voluntaria. Debemos abandonarnos a ella y leerla con fe poética”. (Peregrinaje de Borges por los laberintos de Dante, pag. 18. Arassay Carralero, Ed. Letras Cubanas, 2016).

A mí me parece extraordinario eso de que un ateo, agnóstico, escéptico o increyente, como quiera llamarse a sí mismo un lector que no cree en Dios, por amor a la literatura y el arte, decida abandonarse al placer inmenso que puede dar una obra religiosa o espiritual, dejándose llevar por la belleza del texto para poder apreciar un poema, un ensayo, una novela cuyo tema central es la fe, que es siempre un misterio, como la poesía. Y eso precisamente le pido yo al lector de esta reflexión que intenta narrar brevemente, cómo los renglones torcidos de Dios, que escribe recto, me trajeron al lugar que más he soñado desde que me fui de él hace más de cinco décadas: La Habana, Cuba. Ha terminado mi diáspora?

Llegó la hora que en la historia de mi vida quería el Creador. Vuelve a zarandearme el Señor de las Sorpresas para quien el tiempo ni el espacio existen, para Dios un día es como mil años y mil años es como un día.

La magnífica ciudad se presenta ante mis ojos inadvertidos como el hallazgo de un caudal en el que confluyen belleza e historia, persistente y agotada supervivencia y la vida normal del ajetreado ir y venir de trabajadores, niños, estudiantes, gente, la mayoría a pie que va de un lado para el otro, parada a la espera de autobuses llenos, pero con suficientes taxis de variados tipos y muchos más carros de los que antes había visto por las calles en mis anteriores viajes de pasada por esta ciudad en la que nunca me había quedado, siempre iba del aeropuesto a mi provincia. Nunca había sido mi destino. Hasta ahora. La Habana está llena de vida e invita con su agitación cotidiana a ser parte de ella.  

No puedo describir, nombrar lo que está siendo y haciendo en mí esta ciudad que me seduce. Voy caminando por sus avenidas y sus calles, y pienso que la brisa de la tarde o de la noche que me acaricia cuando doy mis paseos por el centro de la Avenida de los Presidentes, Calle G del Vedado, donde resido, es la misma o similar brisa que refrescaba a otros cubanos de pasadas e incluso remotas generaciones, que como estos de hoy están sentados conversando, riendo, , discutiendo acaloradamente, gesticulando como hacen los cubanos. Cuántas cosas ha visto y vivido esta Habana que está por cumplir sus 500 años de fundada. La Habana enamora, la frase es una realidad que compruebo cada día, a veces cada hora. Y ahora llego con 71 años, con la determinación e inmensa ilusión de conocerla, vivirla, sufrirla, amarla toda.

Tarde te conocí, Habana de mis lecturas literarias e históricas. No me fui de aquí con la amargura que muchos partieron y conservan. Yo era una niña. Y si no me hubieran enviado a Estados Unidos nunca? Cómo habría sido mi vida en mi país? No sé, pero sí sé que jamás montaría en un avión a una niña sola, sin su madre a un país extraño sin saber si la volvería a ver. Era 1962, mi pasaporte de entonces que aún guardo, está sellado: salida definitiva, sin regreso. Dios mío, y lo hicieron, con su mejor intención! “Para salvarnos”, qué error tan caro, qué error!

Por qué ahora, cuando no tengo las fuerzas que necesito para recorrer y cantar La Habana? Para amar y ser amada ahora, aquí, entregándome sin temor, con total arrojo a la pasión y la imprudencia que me darían 30, 20 años menos? Sé que puedo amar y la amo, a esta ciudad sin que tenga que ir acompañado o compartido por otro que contenga al importuno Eros. Pero es que en mi inconsciente a través de los años fuera de mi país, de esta tierra donde he sido feliz, en mi infancia y pubertad me adentré en los juegos y retozos propios de esa etapa, yo fui construyendo ─y lo vine a descubrir hace poco─ la imprecisa idea o la visión de que era en Cuba, solo en Cuba, donde de verdad el placer del amor humano, carnal, el que se da y se recibe con el alma y el ardiente sexo, es donde se podría alcanzar la unión con lo divino, ese amor total al que solo se podría llegar, digamos, en un éxtasis supremo, bestial o místico. Por supuesto que estaba equivocada, fue parte de la nostalgia, de la utopía. Ya pasó.

Llegué vieja a La Habana y con un largo y doloroso pasado. Sí, también tengo memoria de los instantes en que la alegría lo llenaba todo, y la consciencia de que eso no vuelve. La melancolía, las heridas, el luto interior que no muere de tus seres queridos idos para siempre. Vivir desterrada anhelando siempre el regreso, eso son pocos los que lo sienten hasta casi morir en el deseo. Relaciones amorosas dichosas y fracasadas, una vida profesional dedicada al periodismo puro y duro que me trajo triunfos y premios vacuos, críticas y condenas a veces peligrosas ─en Miami ser mujer homosexual, católica, demócrata liberal y periodista comprometida con la verdad puede ser letal emocional y físicamente─, el estrés acumulado deja huellas y se las cobra, todo eso lo traigo en mi ligero equipaje, que se resume en una sola frase: No he sido feliz.

Ante esta incertidumbre a la que no le falta la terca esperanza, aunque esté frágil ─camino despacio e insegura─, cargada de dolores, sin porvenir, me viene a la memoria uno de los pasajes bíblicos más significativos y hermosos: el llamado de Dios a Abram:

       “Yahvé dijo a Abram: “Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré… Partió Abram, tal como se lo había dicho Yahvé, y Lot se fue también con él. Abram tenía 75 años de edad cuando salió de Jarán”. (Génesis, 12, 1-5).

Abraham, que fue el nuevo nombre que Dios le dio al padre de la fe de las tres religiones monoteístas ─judía, cristiana y musulmana─ fundó el pueblo de los creyentes en Dios. Su mujer Sara se creía estéril y era una anciana cuando Dios le anunció a Abraham la Tierra Prometida y que Sara tendría un hijo. Y así fue, la vieja Sara dio a luz a Isaac.

Yo no fundaré nada, no daré a luz, pero eso sí, he llegado a mi Canaán.

Estoy consciente, no obstante, de lo asombrosos que son los designios de Dios y sé que es posible que me suceda como a Moisés, que divisó la Tierra Prometida, pero no pudo morar en ella.

Aunque ahora esté en La Habana, en una mañana gloriosa del 1 de octubre de 2019. Y por esto, nada más que por esto, doy gracias infinitas a Dios.

Ser nada y ser todo

La modorra de este pueblo comienza como a las dos y cuarto de la tarde, lo he notado. Te va rindiendo con lentitud los miembros del cuerpo, empezando por el cerebro, hasta que caes sumida en un sopor invencible. Suele durar unas dos horas, quizá algo más o menos. Todo ese tiempo hay un silencio absoluto, lo que espesa esa especie de nube flotante y vaga en la que te hallas. No piensas pero tampoco duermes, por lo menos yo no. Creo que se alcanza un estado poco inferior al de “la nada” divina que el poeta místico español San Juan de la Cruz tanto buscó y halló.

No hay esfuerzo, no hay mantra, no hay propósito. No hay nada. No se oye ladrar ni un perro callejero, de los varios que pasean por las calles del barrio, que ya los conozco. Flacos, de mirada triste, como derribados caminando despacio por los mismos lugares el día entero. Me dan tanta lástima, los acogería a todos.

Me he dado cuenta de que ni los pregoneros pasan durante ese lapso somnífero cotidiano anunciando lo que llevan, que por la mañana no paran de pasar con su voces entonando en gritos cortos lo que venden. Es por el sol de esas horas que asa la piel y el calor, que solo se tolera en las casas con ventiladores a máxima velocidad y sin girar, fijos en ti, porque podrías desfallecer en los segundos que gira sus aspas hacia otro lado.

Ay, ternura tranquila, mi existencia está abandonada a un sosiego desconocido. Que perduren estos días de letargo en los que no ansío ni recuerdo nada, nada. Solo ser, solo estar en este instante infinito, en este lugar que quiero y ha abolido el espacio que me separaba, que siempre me separó. Ya no. Pertenezco a esta isla y a este tiempo que continuará su andadura antes perpleja, ahora no, es mi eterno presente en una tierra y un cielo que me abrazan y susurran: me perteneces. No te irás más. Y yo mansa, le respondo: No, no me iré más.

Por qué me quedo en Cuba II

Imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre junto al altar de la Catedral de Pinar del Río, el 8 de septiembre de 2019. Foto: Dora Amador

Dentro de unos días me mudo para La Habana, donde me quedaré a vivir para siempre. Me parece mentira estarlo diciendo así, con tanta naturalidad. Es que tengo la seguridad, que no sé de dónde nace, porque es la irresolución lo que ha primado en mis viajes a Cuba en los últimos años. Pero este viaje no es como los anteriores, meses antes de venir una voz interior persistente me repetía que ahora era para quedarme, que la hora había llegado. Hubo como un movimiento indicativo de instinto de supervivencia. Y todo apunta a que la voz fue profética, no porque haya iniciado sin vacilación el proceso de  repatriación, sino por mi deseo de quedarme, más transparente y fuerte que nunca.

Yo no sería quien soy si no hubiera residido en Estados Unidos por más de 50 años, incluyendo por supuesto 2019 hasta agosto en que aterricé otra vez en un vuelo de American Airlines procedente de Miami en La Habana. ‘

No sé precisamente cuál es la razón primaria del paso que estoy dando, que necesito dar. Pero tiene que ver más con mi necesidad de Cuba que con mi rechazo a Estados Unidos, que es grande, fue aumentando a medida que descubría el rostro real de lo que hoy es una plutocracia despiadada que no creo que tenga vuelta atrás aunque pierda en las elecciones el presiente actual. De él no escribo nada más. Enough said.

Cuba sin embargo se eleva ante mi mirada como una isla paradisíaca que se está por conocer. Se presiente su asomo y la diviso lejana y me escucho a mí misma gritar: Tierra a la vista! Y tierra firme, la más firme de todas en el planeta. Tierra a la que perteneces, porque se pertenece a alguna siempre, que no todo es levitación o pantano.

Mi espíritu se llena de gozo solo con imaginar que andaré por ella y la iré oteando de Occidente a Oriente, de Norte a Sur. Sin apuro, con el tiempo que me pida cada lugar para observarlo e incluso estudiarlo. La arquitectura, el arte, las ciudades, las aldeas o pueblitos, la flora, la fauna, las costumbres, caminar por los pasillos y salones y patios de La Universidad de La Habana, visitar la tumba de José Martí, adentrarme en los bosques. Quiero entrar en algunos montes y pasar días y noches a solas con la naturaleza, en alguna cabaña, que sé que alquilan. Pasar horas mirando las estrellas, eso lo hice cuando era niña y mi madre, que por un tiempo fue maestra rural, me llevó con ella a un pueblito al que tenía que llegar a caballo desde lo que se llama el Entronque de Herradura. No olvido una noche muy oscura que estaba fuera de la casa, iluminada con velas, piso de tierra, una penumbra maravillosa en que los cuerpos eran sombras. Miré hacia arriba y me quedé extasiada ante la noche estrellada, y había luna, muy fina y arqueada, apenas iluminaba, pero como siempre me sorprendía su belleza, su encanto amoroso que te hacía volver los ojos a ella, para verla una y otra vez hasta despedirla con una última mirada.

Otra razón poderosa es mi necesidad de ser parte de este pueblo que pasa trabajos, carece de cosas esenciales que a mí me han sobrado, que es pobre en su inmensa mayoría. Es el pueblo cubano. Yo quiero ser parte de este pueblo. Vivir y morir aquí.

Al ser una jubilada, como le dicen aquí -allá es retirada- el asunto de la trágica falta de transporte no me golpea tanto, pero me apena la gente desesperada. La carne, todo tipo de carne, me es indiferente, soy casi vegetariana. Aquí donde he estado residiendo, un remanso de paz donde las horas pasan lentas y paseo con mi perro por el barrio al caer la tarde, los dos husmeando todo. Lo disfrutamos ambos. Yo miro las casas con las puertas y ventanas abiertas, las personas mirando las novelas de televisión o conversando en la sala, a veces no veo a nadie. Anoche hubo luna llena, y cuando la vi recordé de inmediato las que veía allá en mi barrio miamense cuando salía a pasear con mi perro de noche, como aquí. Varias veces la retraté. Pensé, es la misma luna que en esta hora exacta estarán algunos admirando en Miami.

En esta casa, que puedo afirmar que es como todas, de pueblo, sin pobreza pero mucho menos riqueza, normal casa cubana,  en las comidas se sirve pollo, picadillo de carne o de pavo, ensaladas de tomate, lechucha, pepinos, etc., bistec de puerco  salchichas, pescado, colas de langosta -tan preciadas allá, aquí se consiguen con facilidad en el puerto de La Coloma, muy cerca de la ciudad de Pinar del Río, observe el mapa-. Lo que falta bastante es la carne de res, pero también se consigue con divisa, es decir la moneda llamada CUC. En Cuba hay doble moneda, una para el pueblo cubano, que se llama CUP o peso, y esa otra, que es para turistas y otros extranjeros.
Para intentar asfixiar al pueblo cubano es por lo que se ha lanzado la última medida de limitar el envío de remesas de los cubanos residentes en Estados Unidos a sus familiares en la isla, para que los cubanos no coman ni un pedacito de carne. Eso se lo debemos a los congresistas cubanoamericanos de allá, que sí comen suculentos steaks en sus restaurantes de Washington, DC. Y dicen querer apoyar a los cubanos de a pie. Hipócritas.

La comida cubana que como día a día me encanta. Plátanos preparados de varias formas deliciosas, malanga, aguacates riquísimos, los mejores, arroz y frijoles naturalmente, harina con huevos fritos arriba, tamales como jamás los había probado, boniato, yuca, fruta bomba hecha dulce, batido o en trozos naturales, casquitos de guayaba con queso, platanitos manzanos, natilla con una capa de caramelo arriba, pastelitos. Son los alimentos cotidianos de Pinar del Río. Y el café no falta nunca, riquísimo. El desayuno es como en casi todas partes: café con leche y pan, yo no como mantequilla, pero la hay, y jaleas de frutas de España.

Hay varios Minimax, en la Calle José Martí o Calle Real de productos de España e Italia principalmente, donde se encuentra lo que busque alguien que quiera preparar platos más comunes al gusto estadounidense o europeo. Hay de todo. E incluyo no solo carnes de varios tipos y quesos, también embutidos, pastas, chorizos, cereales, leche, vinos, bebida, cervezas, unos frascos plásticos de piña colada o daiquirí, que bien fríos son la vida, productos de limpieza y aseo personal, galleticas, helados, etcétera. Quise retratar los anaqueles llenos pero no me lo permitieron. No creo que pierda el tiempo mencionando esto, porque los cubanos de Miami que no han venido a Cuba pero que no paran de criticarla no saben muchas cosas que cambiaría su opinión si tienen contacto con el pueblo, caminan por sus calles y comprueban que todo no es tan espantoso como lo pintan, sobre todo los derechistas republicanos que no tienen familia aquí y les importa muy poco el devenir de este pueblo noble, alegre, valiente.

Cierto, hay falta de muchas cosas vitales, como petróleo, y ya anunciaron que vienen apagones (desde que llegué hace tres semanas no ha habido uno, y el día antes de irme de Miami me llenaron la cabeza de alarmas ante la situación “en candela” que iba a enfrentar. Bien, yo afirmo que estoy dispuesta a confrontar las situaciones que vengan. Qué tal eso? Me siento más feliz con estas faltas que en la abundancia de Miami. Decidí dejar el país del descarte por el de la carencia. Estoy en paz con esa decisión, aunque me sentiría mucho más feliz si eliminan el bloqueo lo antes posible y podemos tener un nivel y una calidad de vida mejor.

En cuanto a la política no pienso en ella. Me afectan las decisiones de los políticos, las medidas y leyes que se aprueban, claro, como a todo ciudadano. Pero vivo el ahora de cada día en gratitud por todo lo que Dios me ha dado y da. Y no me siento en ánimo de condenar ni criticar al presidente Díaz Canel, que por cierto, me cae bien, ni a los ministros, ni a nadie. He estado viendo la Mesa Redonda, veo los noticieros, como los veía en Miami. Eso sí, programas culturales y películas mucho mejores que las que transmiten los canales hispanos de allá.

Soy ciudadana de dos países enemigos. Aunque no hay duda de que Estados Unidos es más enemigo de Cuba que Cuba de Estados Unidos. Me he colocado del lado de Cuba, que sufre diariamente la crueldad impuesta a ellos por sus hermanos cubanoamericanos congresistas y una piña descarada de micrófono abierto, que da asco. Les divierte y se sienten orgullosos de que se “aprieten las medidas contra Cuba”. Hay que vivirlo para saber lo que es.

Hace un rato entré en Facebook y vi las colas y los molotes de gente formados alrededor de carros pidiendo transporte. En Miami hay muchos que gozan de lo lindo viendo eso. Yo no. El embargo hiere directamente al pueblo, no a los gobernantes. Ellos tienen transporte y comida, no carecen de nada. Pero el pueblo cubano sufre mucho. Sé bien de su insensibilidad para con sus hermanos cubanos de la isla, pero ellos ignoran la gran verdad que muchos sabemos y que dijo la senadora aspirante a presidenta Elizabeth Warren en el debate de los candidatos demócratas hace dos noches en Texas: “La mejor manera de promover un cambio es empoderando al pueblo cubano, no castigándolo”.

Y por último, pero no por eso de mínima importancia en la toma de mi decisión, está mi situación económica. El dinero que recibo del Seguro Social y de mi pensión no me alcanza prácticamente para vivir en Miami. Tenía una casa propia, pero la vendí, regalé casi todo lo que poseía y me fui de Estados Unidos como misionera a América Latina. Una aventura muy valiosa, de gran aprendizaje que me preparó bien para lo que viviría después, sin yo saberlo. He sido aventurera nada me pesa. No ahorré para el tiempo del retiro, gasté lo que ganaba en lo que cuesta vivir, mantenerse y en vacaciones por tres semanas anuales en suficientes ciudades hermosas. Hay una realidad, en Estados Unidos, a no ser que seas rico, o tengas un salario descomunal, que aunque alto lo tuve pero no tanto, o ahorras o vives cómodamente y viajas. Yo elegí vivir. Y vivo.

Soy la hija pródiga, por eso soy tan agradecida. Constatar con cada amanecer, cuando abro los ojos que estoy en Cuba, no es razón inmensa para vivir en constante estado de gratitud a Dios? Lo es. Lo es! Lo sé, aunque vaya contra todo lo que piense, diga, condene la nación cubana en la diáspora.

A los congresistas cubanoamericanos

Por una política de acercamiento, levantamiento del embargo, de la construcción de la cultura del encuentro, de amistad. Estados Unidos tiene relaciones comerciales y de todo tipo con Vietnam y China, es hora de que la tenga con Cuba. Pero los congresistas cubanoamericanos parece que quieren hacerle daño al pueblo cubano. No al gobierno, como dicen, por qué?

Muchos años llevo denunciando como inhumano el embargo que tiene impuesto Estados Unidos contra Cuba hace más de 5 décadas. El resto del mundo lo hace, así como numerosos congresistas de ambos partidos, unos por considerar que, en efecto, es cruel y a quien le hace daño es al pueblo, no al gobierno de Cuba. Otros movidos por motivos económicos, pues saben las ganancias que obtendrían cientos si no miles de empresarios estadounidenses si se les permite hacer negocios con la isla. Qué decir del bien que le haría a los cubanos de pueblo en términos de alimentación y medicamentos, elementos fundamentales para la vida.

Se lograrían de inmediato mejoras enormes en casi todas las ramas de la infraestructura y la estructura social, económica, existencial del país: necesitamos con urgencia equipo avanzado, digitalizado de primera categoría de investigación sanitaria en hospitales, clínicas y centros de tratamientos de enfermedades específicas, equipos y material para las cirugías. Todo el equipo y la técnica necesarios para la agricultura que haga posible que Cuba se pueda abastecerse de alimentos y no tenga que importar lo esencial, además de impulsar el crecimiento de mayor exportación de productos y servicios que al hacerlo no afecte a los cubanos. Mejoramiento o reconstrucción total del sistema de acueductos y alcantarillados; construcción de viviendas, arreglo substancial de calles y carreteras, renovación de edificios y casas. Incluyo textiles, ropa de vestir, zapatos, materiales de baño y cocina, muebles, pinturas para las casas. De eso no hay ni remotamente suficiente en el país, aunque cueste trabajo creerlo.

Eso lo saben los congresistas cubanoamericanos republicanos. Pero lejos de abogar por la eliminación de esa abominable medida que va en contra no ya del bienestar de sus hermanos cubanos de la isla, va en contra de los intereses de Estados Unidos, al que están obligados a servir como servidores públicos que son. Estos cubanoamericanos republicanos que ejercen su mala voluntad en el Congreso restringiendo los derechos  ciudadanos estadounidenses para que se les prohíba venir a Cuba -pero ni por asomo se atreven a legislar para impedir que viajen a China y Vietnam, por ejemplo- son responsables de miles de muertes de cubanos por falta de medicamentos y cientos de accidentes o padecimientos vinculados al embargo.

Para apreciar mejor la podredumbre moral y humana de estos congresistas, imaginemos por un instante que polacos, checos, venezolanos, chilenos en una situación como la nuestra, hicieran eso contra su propio pueblo, porque su lógica enferma les dice que así es como la gente va a estallar, salir a la calle y derribar al gobierno. Es monstruoso imaginar eso, sin embargo lo hacen con intenso sentido de victoria los congresistas cubanoamericanos. Y aclaremos: Es una mentira. Ningún gobierno ha caído por el hambre y la miseria del pueblo que gobierna. Tenemos ejemplos de sobra en la historia.

 A estos miserables les importa un muy poco la calidad de vida del pueblo cubano a quienes dicen defender, pero no engañan hoy a casi nadie. No tienen alma, si la tuvieran, hubieran trabajado arduamente para que se eliminara la ley del embargo hace rato. Ah! Y casi todos se consideran cristianos, católicos. Se atreven a comulgar? Pregunto, porque sería un sacrilegio.

“La Caridad nos une” es el lema que repetimos los cristianos cubanos teniendo en mente siempre no solo la caridad, que es amor, sino a nuestra Madre, la Virgen de la Caridad del Cobre, cuya fiesta celebramos ayer.

Qué tristeza y decepción dan ver la podrida madera de la que están hechos los cubanoamericanos influyentes en el Partido Republicano, cuya corrupción no tiene medidas bajo el mandato de Donald Trump.

Ahora el presidente redujo a $1,000 dólares cada tres meses la cantidad de dinero que le puede enviar un cubano en Estados Unidos a un familiar en la isla. Esa medida no salió de él, se la metió en la cabeza Marco Rubio, Aldo Sires, alguno de ellos, o todos juntos después de discutirla en algún lujoso restaurante de Washington, DC, después de un sabroso almuerzo con sus correspondientes botellas de vino. Son seres cuyo valor máximo es el oportunismo, deseos de escalar puestos y venderse a los cabilderos que mejores les pagan en el Congreso. Ellos están satisfechos, logran sus planes mientras llenan sus estómagos y satisfacen su cerebro discutiendo la forma de hacer daño a los desvalidos, a los necesitados porque eso es el cubano de a pie. Estoy aquí, en Cuba. No me cabe la menor duda de que el daño del bloqueo es cierto, una realidad ante cualquiera, pero ellos ni tienen familia aquí ni les interesa el pueblo cubano.

Y los republicanos estadounidenses aprueban las medidas porque supuestamente van a obtener ganancias en las elecciones de la Florida en  la votación de 2020. Son además de ignorantes, cerriles. No han visto los estudios, que muestran cómo ha cambiado el voto de los cubanoamericanos, que apoyan mayoritariamente el fin del embargo y al Partido Demócrata? No han verificado en los resultados de las elecciones de 2016 que Trump no ganó el voto cubanoamericano? Miami es otro, despierten, necios. Las derrotas de los aspirantes republicanos María Elvira Salazar y de Carlos Curbelo debería de abrirles los ojos, si lo que buscan, por supuesto son votos.

La muerte de cientos de personas se debe a la política de apoyar con todas sus fuerzas y recursos a la Asociación Nacional del Rifle, porque se embolsillan millones de dólares de esa organización, ya denominada terrorista. El senador Marco Rubio, un cobarde, no asiste a invitaciones de multitudes de ciudadanos que quieren hablarle y escuchar su posición acerca de su apoyo incondicional a la venta de rifles de asalto, después de todo lo que ha pasado, son las armas que utilizan los asesinos que han causado cientos de masacres en escuelas, estadios, teatros, tiendas, etc. Cómo va a asistir? Rubio jamás pondría en juego los $3.3 millones que le ha aportado hasta ahora la Asociación Nacional del Rifle. Está vendido, nada que hacer.  

Que se sepa, este escritro va dirigido a la piña derechista de los Díaz-Balart, Ross-Lehtinen, Sires, Cruz, Rubio, y todos los que los apoyan la injusta, despreciable ley del embargo contra Cuba. Recuero bien las palabras del papa Juan Pablo II cuando visitó Cuba en 1998. El embargo, dijo, es “éticamente inaceptable”.

Pero que saben de ética los congresistas cubanoamericanos? Nada, ni les interesa.

Tengo grandes esperanzas de que en noviembre de 2020 triunfen los demócratas en ambas cámaras y la presidencia. Entonces cambiará la política para bien del pueblo de Estados Unidos, donde he vivido más de 50 años, y cambiará la política hacia Cuba, tendiendo puentes de amistad, construyendo la cultura del encuentro que nos hará salir de la pobreza y nos permitirá la edificación de una economía de mercado libre y justa, socialista y democrática sin permitir jamás que en este país se imponga el neoliberalismo fascista de un Donald Trump.

Por qué me quedo en Cuba

Se cumple el más fuerte deseo de mi vida, regresar para siempre al país donde nací. Tengo que dar razones? Creo que la mayoría de los cubanos de la diáspora las conocen muy bien porque ese anhelo está arraigado en ellos. La añoranza de la patria pertenece al inconsciente colectivo de los pueblos, al terreno de la antropología que evidencia la necesidad innata de pertenencia a un lugar y una cultura originarias, identitarias que solo muere con la muerte de cada refugiado o emigrado.  

Sé que generalizo y hay un gran número de cubanoamericanos que no lo haría. A ellos también les sobran razones: la creación de una familia ya afincada en Estados Unidos, incluyéndose a sí mismos y su descendencia estadounidense; una estabilidad existencial a la que no renunciarían jamás por una Cuba que consideran inexistente desde que se fueron y la enterraron como mecanismo de supervivencia, reservando solo la nostalgia de un pasado que jamás regresará; la sobrevaloración de Estados Unidos en todos sus ámbitos como nación poderosa e invencible, y saberse sus ciudadanos, desempeñó un papel clave en que se diluyeran en el crisol de nacionalidades, etnias, razas que conforman lo que ha sido acuñado como el melting pot americano. Y siempre están los que partieron al principio de la revolución ya adultos, la mayoría muy ancianos o difuntos que se juraron a sí mismos jamás volver a Cuba hasta que no callera el gobierno comunista, lo consideran una imperdonable traición a sus principios patrios.

En mi caso, que salí en 1962 siendo niña, el deseo de volver ha sido una constante. La salida partió mi vida en dos, es como si hubiera sido mutilada y solo recuperaría mi integridad en Cuba. Regresé por primera vez en 1979 cuando los viajes de la comunidad. El reencuentro con mi familia y mi país tuvieron que un efecto muy fuerte, me quedé sin voz al segundo día de mi llegada, no porque hablara mucho, sino por la conmoción intern. Cuando yo me fui te dejaban saber bien que sería para siempre, jamás volverías a pisar suelo cubano. Te sellaban el pasaporte con la frase “Salida definitiva”. Cuba quedaba atrás para siempre. Fueron años durísimos, en que los cubanos llegaban a Miami en oleadas de miles semanalmente a buscar trabajo, ubicarse, sobrevivir en una tierra yuna cultura ajena, partir de cero, sin un centado ni nadie que te diera una mano amiga. La incertidumbre aplastante.

Conviene recordarle a las nuevas generaciones que hoy llegan a Miami lo que era ese lugar. Nada. Terreno con reses, algunos hoteles y tiendas en la playa adónde venían a jubilarse los judíos del norte del país por el clima estupendo. Y justo es reconocerlo: la metrópoli gigante, la capital de América Latina, como le llaman, una de las ciudades más importantes de Estados Unidos y sin duda de las más ricas es Miami ahora, y se le debe a los millones de cubanos que hicieron de ella su segunda patria. Miami querida, sí, pero más amo La Habana, y por eso regreso, basta de esperar. El momento es ahora.

Aquí, a mi ciudad natal, Pinar del Río volví en 1998 a raíz de la visita de San Juan Pablo II con la intención de mudarme para acá, pero que no pudo ser. Y a partir del 2015 he venido todos los años.

Ha sido un viaje más bien interior. Comienzo el proceso de repatriación, los años que me quedan con fuerza y alegría y ánimo se los entregaré a Cuba, a vivir inmersa en mi cultura, a ayudar en lo que pueda en la reconstrucción del país que amo, golpeado brutalmente por el bloqueo de Estados Unidos y cierto, la ineficacia de un gobierno excesivamente centralizado que no le dio libertad a la creatividad y la iniciativa de los ciudadanos para que emprendieran nuevos caminos en una economía próspera pero justa, socialista democrática, permitir jamás que se imponga aquí el neoliberalismo, la plutocracia criminal que se vive en Éstados Unidos bajo el régimen fascista de Donald Trump y los republicanos.

He llegado. Y con la ayuda de Dios es para siempre el regreso, para amar y vivir junto a mi pueblo.

Olvidarte

Herida de amor inicié el viaje. El tiempo, las experiencias que me esperan para descolocarme, la acogida de otros, desconocedores de todo, y por tanto con quienes no se pronunciará un lamento o un anhelo inútil. La necesidad de sobrevivir a la desolación, la desesperanza, el desamor vencerán los recuerdos, la melancolía y el fracaso. El sufrimiento que su desprecio y su inexplicable odio hacia mí me causaron no lo puedo describir. Sus palabras fueron golpes dados con saña, la intención de hacerme daño, lo vi, lo pude comprobar no una, muchas veces. Mi inconsciente se negaba a aceptar las palabras que salían de sus labios, que yo amaba. Por primera vez sentí asco de mí misma, la mujer que yo había sido hasta entonces dejó de ser. Me sorprendía e incluso asustaba mi falta de dignidad, mis preguntas e incomprensión ante aquella mirada fría, despiadada en la que vi placer porque me hería. Esa no persona que llegué a ser se derrumbó.

Sé por qué caí. Porque fueron muchos años de soledad y soberbia: Yo? Enamorarme de nuevo? A esta edad? ­No existe una sola posibilidad, mi determinación hace muchos años que estaba hecha, la idea de tener una relación amorosa era tan ajena a mí que no contaba para nada, ni siquiera se me ocurría. Además por Dios, mi libido murió, o creí que había muerto a medida que pasaron los años y mi vida se fue centrando en un mundo espiritual, contemplativo, ese que va develando tu verdadero yo desprovisto de las necesidades falsas y la búsqueda de la felicidad ficticia y material que nos ofrece este mundo desalmado. Your true self, tu tú misma que descubres en magnificencia asombrosa con la práctica de la oración, la meditación, las lecturas de espiritualidad, el serio estudio de las Sagradas Escrituras, los sacramentos, las obras de caridad, la denuncia de la injusticia, la búsqueda del bien común que nos debe implicar a todos, la Presencia amorosa de Cristo en mi corazón. Habrá proyecto de vida mejor, mayor? No, ese es o debería ser.

Por lo dicho repito que no estaba ni remotamente preparada para lo que llegó a mi vida como un huracán que también supo ser brisa suave: tal ternura y pasión hecha carne, hecha piel desbordaron toda mi capacidad racional y mi determinación de no permitir que nada alterara la paz alcanzada. Pero la vida, la plena, la abundante, la que es ardor y delirio, éxtasis y gozo con ansias de morir entre sus brazos, besándonos tardes, noches enteras se transformó en el motivo culmen de mi existencia. La espontaneidad y confianza absolutas en el otro ser al que te das, la dádiva en gratuidad total, me movían a querer eternizar el instante aquel que sacudió cada fibra en mí.

Esa entrega al amor inesperado hicieron de esta mujer que entonces tenía 70 años, yo, un ente tan ridículo e indigno que merecería una buena tanda de plañideras vestidas de negro y después otra de jóvenes en atuendos de colores y rostros y cabellos y piel y ojos y cuerpos juveniles preciosos riéndose por detrás o frente a mí. Algunos más sensibles, tal vez me tendrían lástima, otros mirarían a otra parte por vergüenza ajena. Así me imaginé el cuadro.

Después de probar la dulzura inefable de este renacer a lo que había sepultado sin casi notarlo, que arribaba de súbito lo recibí como un don inmerecido, porque yo también hice daño, yo también hice sufrir a personas buenas que me amaron y las abandoné. Y a fin de cuentas fue feliz y apacible el largo tiempo que me tocó vivir sin amar ni ser amada, excepto por y a Dios. Sí, la llegada del indómito y temible Eros fue un misterioso don. También una enseñanza de humildad por mi soberbia de creerme por encima de las necesidades y deseos demasiado humanos, sigo siendo de este mundo de barro y cenizas. Mordí el polvo merecido. Aprendí la lección, el volcán de la carne permanece vivo hasta el último suspiro. Es una paz armada.

Me cuestiono si he amado así antes, porque el amor que hiere y mata de esta manera ruinosa no se conoce hasta que llega la vejez. Si te pasa, entonces cíñete la cintura, valiente, como dice la Escritura, ármate de toda la fuerza de voluntad, dignidad y vergüenza de que seas capaz. La humillación y la derrota son implacables cuando tienes 70 años y te enamoras como una adolescente de alguien que te abandona al poco tiempo como basura, como no merecedora de su grandeza e inteligencia.

Una anciana enamorada, a qué compararla? Si a quien amas -tampoco joven, ella tenía entonces 67 años-, se burla de tu edad, te lanza dardos venenosos o bromas sin maldad, pero bromas, acerca de los años que tienes, e incluso te advierte sobre una posible demencia senil o un alzheimer inminente?

A qué comparar una vieja enamorada? A una flor muerta, casi seca y doblada, fea, que sin saber cómo ni por qué se vuelve capullo y se abre en bellísima flor; acaso a un frasco de esencia contenida que al abrirlo llena la habitación entera de su aroma embriagador. También se puede comparar a las fases de la luna, que una noche aparece en hermoso y finísimo arco que se va llenando hasta henchirse, plenilunio que se refleja en el mar donde unos pies descalzos se encaminan agua adentro y se detiene y extiende los brazos para abrazar la noche. Es una mujer ilusionada la que se encuentra en el mar como hechizada. Atrás, en la arena, junto a un amigo de la señora del agua, está otra mujer que la observa. Soy yo. La imagen aquella no se borrará. Las dos son inmensamente felices esa noche de octubre de 2018.

La playa está casi desierta, el lugar es South Pointe, en Miami Beach. Entonces comenzaba la relación, se iban conociendo muy lentamente, porque las horas se iban en hacer el amor. La relación continuó, y fue creciendo en la mujer qué bañó sus pies en la playa como una necesidad ineludible de enjuiciar a la otra, que no entendía nada. Qué pasaba, si apenas unos minutos antes se habían amado en la cama como lobas salvajes o corderitos que solo saben escuchar y emitir susurros, pedir caricias?

Del juicio disimuladamente condenatorio pero lapidario, pasó a la agendada tarea de herirme, de hacerme el mayor daño posible. Me di cuenta que me odiaba. Y yo la amaba. La amo, no me avergüenza decirlo.

Le pido a Dios que me ayude a olvidar todo lo malo y en su lugar quede únicamente el recuerdo de los hermosos momentos que vivimos juntas.

La última vez que nos vimos fue el día de mi cumpleaños. Hacía casi dos meses que no hablábamos. El 3 de abril estuve en su casa para entregarle algo que le pertenecía. Noté que tenía miedo, no sé por qué, jamás hice o dije nada que pudiera provocar ese sentimiento en ella

Entonces llegó el 17 de mayo de 2019, día en que cumplí 71 años. La invité a celebrarlo conmigo. Me dijo que sí y fuimos a cenar a un restaurante español con un show flamenco. Fue una noche especialmente feliz. Guardo una de las rosas del ramo que me regaló en esa fecha memorable en que me pareció que yo le importaba, hubiera creído que hasta me quería. Al dejarme en casa nos despedimos como dos amigas. Insistió en que me quedara con lo que quedaba de una de las dos botellas del vino exquisito que tomamos. Ella conoce mucho de vinos. Me acerqué para besarla en la mejilla pero giró su rostro y me besó muy suavemente en los labios.

Me bajé del carro y desde la entrada de mi casa, a la que me dijo despectiva que nunca más volvería a entrar después que vio mi pobreza -la situación en la que nos hallamos la mayoría de las personas jubiladas en Estados Unidos-, mi casa era un cuarto y un baño. Ella es una mujer de status, de dinero y gustaba demostrarlo. Conste, desde el principio supe que sería un obstáculo en la relación. Yo no podría pagar los restaurantes que le gustaban, por ejemplo, uno al que me llevó donde la cuenta fue, por solo nosotras dos, de casi $400. Sentí repulsión y la comida apenas la probé, no me gustó. Ella comió, para mi gusto, en exceso. Bien, aquella festejada noche elevé la botella de vino y el ramo de rosas diciéndole adiós. Pasaron unos segundos y se marchó. No la volví a ver.

Hoy la comprendo y la perdono. La fui conociendo entre asombros y sobresaltos mientras me iba rompiendo como ser humano, hasta que descubrí su horrible verdad. Es alguien que ha sufrido mucho, además, es alcohólica y bipolar.

Ambas son enfermedades y soy una gran defensora de eliminar el estigma de las enfermedades mentales. Yo padezco una: ansiedad generalizada, para la que tomo ansiolíticos. Es un mal crónico, como la diabetes, no se cura, pero es tratable. Se hereda por línea materna. Ella padece de bipolaridad 2, que es una manifestación menos grave que la bipolaridad 1. Es un padecimiento que se manifiesta en cambios de estados de ánimo. En la 2 es más prevalente la depresión que el estado de manía, la exaltación de grandeza y poder. Las personas bipolares tienden al alcoholismo para sentirse mejor ante la constante amenaza de la depresión profunda y las características autodestructivas que la definen y la pueden llevar al suicidio.

Supe de su padecimiento poco antes de terminar definitivamente la  relación tormentosa, estuve dispuesta a seguir toda la vida a su lado acompañándonos en nuestras fragilidades.

Pero me di cuenta de que esos no eran los peores obstáculos, había uno peor, el que más daño le hace y probablemente el causante de sus enfermedades: un conflicto familiar que no tiene remedio y del cual se siente culpable. Su vida es un castigo autoinfligido, y lo lamentable es que proyecta el odio contra sí misma en la amante de turno. Es una mujer herida que hiere, no sana ni quiere sanar a nadie. Afirma que cada cual hace lo que le da la gana con sus heridas. Es atea pero prefieren que la llamen “escéptica”. Pero necesita demostrar a cada paso su increencia en nada que no sea científico, razonable. Pero aclaremos que fe y razón no son irreconciliables, todo lo contrario. Cada vez hay más científicos que se acercan a la espiritualidad. Y qué decir de los estudiosos de la cosmología, de los físicos? Los médicos y enfermeras al cuidado de enfermos terminales?

No soy mejor que ella porque crea en Dios, quizá alcance la gloria y yo no. Quién es quién para juzgar?

Soy una mujer rota, ella también. Pero yo sí quiero su sanación y su felicidad. Que Dios le quite la culpa que siente, no es culpable de su problema familiar. Ama y vive entregada a sus hermosas hijas y nietos, con quien se siente perpetuamente en deuda. Es homosexual, se cree liberada, pero no es más que una víctima transformada en victimaria de la persona de quien se enamore.

Quizá me amó y por eso necesitó desbaratarme. Lo logró.

Ayer domingo fui a misa en la catedral, en la que me bautizaron e hice la primera comunión. Hay un nuevo obispo en la diócesis de Pinar del Río, y precisamente ayer el papa Francisco nombró un nuevo cardenal para Cuba, Juan de la Caridad Hernández, arzobispo de La Habana. Qué regalo haber podido asistir a la Eucaristía en mi catedral y salir con esa nueva certeza del amor de Dios, que nunca me abandonó. Aunque sé que el hunde y levanta del polvo. Levántame, Dios de mi corazón.

La llegada

Mi perro muere de contentura, lo veo mover la cola sin parar yendo de un lado al otro de la casa como si no le alcanzara todo el tiempo del mundo: le ladra a quien llegue para después hacerse un merengue a sus pies  demostrando que no hay que temer, no muerde, ladra, está rodeado de seres humanos que conversan y se ríen y gesticulan con brazos y manos y hay momentos en que hablan varios a la vez. No sabe para dónde mirar, porque quiere mirarlo todo con los ojitos que se le desbordan de alegría y sorpresa. Además está conociendo una casa nueva, grande, en la que sobra espacio para correr, que no es la suya y la mía allá, diminuta. Me encanta verlo así. Teníamos una vida tan solitaria y silenciosa allá, en la ciudad del sol, como le llaman a Miami, pero para mí es la ciudad de hielo, de piedra helada el corazón, de fibra fría el alma de un incontable número de sus dos millones de habitantes, la mayoría cubanoamericanos. 

Ahora estamos en la ciudad de Pinar del Río, Cuba, con mi familia. Como sucede siempre, costumbre amable -del verbo amar-, van llegando primos a verme (tengo siete con sus correspondientes cónyuges e hijos). Algunos se aparecen inesperadamente a la puerta, siempre abierta, entran, conversamos, nos reconocemos y alegramos de vernos de nuevo. Son tantos los años que han pasado. Somos una familia muy grande separada en mi caso por más de cinco décadas, 57 años hace que me fui.  Soy solo uno de los cientos de miles de cubanos en la diáspora que vienen a ver a su familia una o varias veces al año. No es mi caso.

He venido a quedarme, para vivir aquí el tiempo que me quede hasta que llegue la muerte. Ese es mi proyecto de vida, no sé cuál será el de Dios. Suelen no coincidir, porque como dice Pablo: “todo conspira para el bien de los que aman a Dios” (Romanos, 8-28). Yo lo amo. Espero que esta vez coincidamos.

Pero me temo que hablo demasiado del futuro, aunque sea inmediato. Eso no es bueno. Vuelvo al presente, en el que me ha dado una gran sorpresa mi rodilla por una caída. Me duele horrores. Mi habitación está arriba. Los peldaños son muy altos. Paso el día leyendo sentada con la pierna elevada a ver si llego con vida a La Habana.

Cierta felicidad se me adentra sin remedio en este, mi antiguo ámbito que resucita ante mis ojos de asombro: ventanas y puertas abiertas, el café acabado de hacer otra vez (La Llave, Pilón, fabricados por cubanos en Estados Unidos, que les traigo a todos), voces que entran de la calle en todo momento, gritos de niños jugando, motores, altísimos o lo que a veces percibo como gemidos de los pregoneros de viandas y palitroques u otros alimentos el día entero, canciones de la radio vienen de lejos, y me divierte que al atardecer oigo la llamada de las madres a los muchachos en las calles: “Fulanito, ven a bañarte!” Sí, sigue la costumbre, porque cuando vivía aquí la gente se bañaba siempre a las cuatro o a las cinco a más tardar. No sé por qué. Todo es tan distinto y a la vez reconocido, como un lejano eco que se iba muriendo y de pronto vuelve.

El calor de agosto es intolerable, agua fría y ventiladores para palearlo. Todo es nuevo y significante. El ahora se impone con fuerza, no te deja, es muy intensa la experiencia de vivir en Cuba.

Por fortuna o por designio sí voy dejando atrás el pasado lejano, ese colmado de aventuras y responsabilidades, de trabajo cumplidas, existencia laboral fascinante y agotadora, estresante, ansiosa que sí, me hizo dichosa pero me destrozó emocional y psíquicamente. Qué me importa a mí hoy que me barrieran por el piso: ser periodista honesta, que investiga e informa la verdad en Miami es casi suicida. El terrorismo verbal no cesa, aunque hayan pasado 60 años, lo he vivido en carne viva más de 35 años. Estoy agotada. Dejé de ser columnista en El Nuevo Herald después de 25 años, el verano pasado, porque dije la verdad sobre el presidente Donald Trump, el supremacista nazi que promueve la matanza de negros e hispanos, encierra en jaulas a niños inmigrantes después de separarlos de sus padres a la fuerza en la frontera, que viola y abusa de las mujeres porque es misógino y abusador patológico. Que impulsa a la creciente ola de nazis de todo el país para que marchen libremente con banderas de swásticas y confederadas, amenazando y llevando a cabo masacres de judíos, y todos los que lleguen de “países de mierda” como le llama Trump a Àfrica y Amèrica Latina.

Una de las cosas que más han escandalizado a miles de cubanoamericanos como a mí es ver la cantidad de otros cubanoamericanos trumpistas. Fanáticos que dan asco en su defensa de lo peor, de lo más abyecto y despreciable que ha gobernado ese país, el actual presidente que gracias al esfuerzo inconmensurable de la prensa y la lucha sin tregua de los demócratas le han impedido establecer una dictadura fascista. Y destituirán al delincuente (ya el proceso de destitución comenzó, despuíes vendrán los juicios por sus crímenes, de lo que se ocupará no el Congreso, sino la Corte de Distrito del Estado de Nueva York). El país, que se supone sea el más rico y poderoso del mundo, sobreviven más de 40 millones de ciudadanos, como yo, en estado de pobreza.

En la reciente reunión de la G-7, Trump fue el único mandatario que no estuvo presente en la reunión donde se discutió el alarmante calentamiento global y qué hacer para salvar la Tierra. A él no le importa el planeta, solo le importa el dinero, delinquir y hacer daño, el mayor que pueda. Los cubanoamericanos republicanos lo adoran, le rinden culto como a un demiurgo. Esos republicanos de raíz cubana no tienen compasión: abogan con fuerza porque se mantenga el embargo abusivo e inhumano contra Cuba, que vivo y corroboro aquí, ahora. Y Trump, para complacerlos, pensando que ganará sus votos, lo fortaleció.

Les anuncio a todos que le queda poco, muy poco, porque pronto se levantará el bloqueo a Cuba y veremos su transformación liberadora y creadora de un porvenir audaz y hermoso en esta tierra maravillosa.    

Sí, me digo, este tiempo también pasará. No puedo negar mi amor a Estados Unidos, donde vivo desde los 13 años. Es irremediable sentir la doble identidad. No obstante, prefiero, opto por esta, la que soy, la que fui y seré, la verdadera.

Sé que esta otra realidad, no menos apremiante y trágica en la que me adentro junto a mi pueblo, es mi patria adolorida, en necesidad de reconstrucción de todo tipo. Pero dura como es la vida cotidiana, la prefiero, aquí me muero.