De búsquedas y encuentros

Aquel día todavía no había quemado todo un pasado plasmado en álbumes de fotografías, diarios, cartas y tarjetas de amor, cientos y cientos de columnas de opinión publicadas en El Nuevo Herald por diez años, cuatro Emmys que gané por varios documentales que hice para la televisión de Miami y otros objetos que guardaba como recuerdos que ya no tenían nada que ver con mi nueva vida. Para evitar que ardiera parte del patio o se propagara el fuego descontrolado a la casa, compré varios basureros grandes de aluminio y en ellos arrojé todo aquello. Rocié sobre ellos poco de gasolina y después los fósforos encendidos. Qué dicha verlo todo arder. Lo recuerdo como si fuera hoy, y de esto hace 20 años, la libertad, la redención, un nuevo yo iba surgiendo, más limpio, más puro. Otro paso más que daba rumbo al radical camino que había elegido. O que me eligió. Me sentía renacer, como una nueva creación.

El día al que me refiero en que todavía no había quemado nada fue cuando Madeline Cámara, especialista en temas de estudios cubanos, editora, escritora y profesora de literatura hispanoamericana en la Universidad del Sur de la Florida, se hallaba de visita en casa y frente a mi biblioteca iba escogiendo libros que le dije se llevara, los que quisiera. Recuerdo que ella escogió uno de María Zambrano y luego me contó que fue a partir de aquella lectura que se inició en sus estudios sobre la filósofa española. Los estaba regalando todos. Vendí muy barato o regalé todo lo que poseía: la casa y el carro, muebles, cuadros, mi ropa, la de cama y baño, vajillas, utensilios y artefactos, tarecos que componen un hogar, pero quería salir pronto de ellos. No me interesaba el dinero sino irme de Miami para cumplir lo que consideraba un llamado de Dios: ser misionera en Cuba ingresando en la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. Ante semejante proyecto de vida —era entonces 1998, ese año cumplí 50—, ¿qué significaban posesiones o posiciones? Ya había renunciado a mi trabajo en el periódico, que me dio fama entre algunos cubanos de ser “honesta” y “valiente”, siempre dicho en persona y sobre lo bajito, y entre otros (poseedores de micrófonos radiales, verdaderos terroristas verbales muy populares) de “dialoguera” y “comunista”. Hoy lo recuerdo divertida. Pero es que jamás evadí la confrontación o la condena pública por defender mis principios, que guiaban mis posiciones políticas, mi ética periodística comprometida con la investigación seria, informar la verdad y exponerla, plasmada todas las semanas en mis artículos, y cuando el tema era Cuba: levantamiento del bloqueo, diálogo, reconciliación, no a la venganza, sí a la justicia, edificando la cultura del reencuentro entre los de acá y los de allá, transición hacia la democracia por medios pacíficos.

Y fue así que aquella mujer agotada mental y físicamente, decepcionada, angustiada por una relación amorosa destinada al fracaso, de irse todos los años de vacaciones turísticas por Europa, y en Miami adoración al hedonismo: restaurantes, entretenimiento, actividades culturales, tertulias intelectuales, los placeres de la vida, un buen día se descubrió jubilosamente presa en una misteriosa fuerza que la empujaba hacia adentro de sí. El vacío existencial, la falta de sentido de mi vida era casi asfixiante. ¿Para qué vivía? ¿Cuál era mi razón de ser? ¿Por qué ese anhelo, ese deseo no colmado ni aun en los momentos de mayor intimidad amorosa satisfecha?

Todo convergió, no sabría decir cuándo, pero llegó la salvación, una especie de redención que me liberaba, me fortalecía, me dignificaba. Cayeron en mis manos la autobiografía de Thomas Merton, La montaña de los siete círculos, su sublime Nuevas semillas de contemplación y muchos otros libros que parecían destinados a mí, porque daban una respuesta a mi crisis, y caían en mis manos de forma curiosamente sincronizada. El castillo interior, de Teresa de Jesús, Las variedades de la experiencia religiosa, del fiósofo William James, algunas obras de la escritora benedictina Joan Chittister, una antología extraordinaria de experiencias personales de conversión religiosa, titulada Conversión y editada por Walter E. Conn, Espiritual Pilgrims: Carl Jung and Teresa of Avila, de John Welch, O. Carm., gran parte de la obra de Thomas Keating, y más que todo, los evangelios. Primero los fui escuchando como parte de la misa y aprendía de las buenas homilías de buenos sacerdotes sobre ellos y la sabiduría que habían tenido desde siglos los padres De la Iglesia De la Iglesia y os teólogos y hermeneutas que prepararon la liturgia dominica y diaria de revelar en la primera lectura, usualmente del Antiguo Testamento, seguido por un salmo y la culminación de las lecturas bíblicas de la misa (el pan de la Palabra, como conocemos esa primera parte de la celebración, seguido de la transubstanciación del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo en la segunda y final parte del sacramento de la eucaristía. Como tomada de una mano invisible fui guiada a adentrarme en la lectura asidua y después, algo más formada, en el estudio de la Biblia. Y fue así que acabe descubriendo la verdad, por medio del Nuevo Testamento –los evangelios –Marcos, Mateo, Lucas y Juan–, las maravillosas cartas de Pablo, los Hechos de los Apóstoles, las cartas de los los discípulos de Jesús, y el Apocalipsis–.

No dejo fuera, cómo hacerlo por Dios, las lecturas que hoy forman parte de mi vida como el aire: el Antiguo Testamento: los profetas, lo salmos, los libros de la Sabiduría, los Proverbios, el Eclesiastés, el Pentateuco (los primero cinco libros de la Biblia, que viene a ser la Toráh de los judíos). Toda una vida quisiera tener solo para estudiarlos, y si algo lamento de mis estudios universitarios, es no haberlos dedicado, además de a la literatura comparada, a las Sagradas Escrituras, en ellas, por cierto está la base de tanta literatura: no habría un Dostoyevski ni un Kafka sin el Libro de Job, un San Juan De la Cruz sin el Cantar de los Cantares. Es muy larga, muy profunda la influencia, el fundamento cristiano que creó la civilización occidental. Pero eso es para otro articulo.

Mi ida a misa dominical se fue convirtiendo en una necesidad mayor y así, llegó el momento en que iba todos los días, bien antes de ir para el trabajo o a la hora del almuerzo. El Nuevo Herald quedaba muy cerca de la Iglesia Jesu, de los jesuitas en el centro de Miami, y me daba tiempo de asistir y regresar después a la oficina. La participación en la Eucaristía diaria y otros sacramentos, además de la sed insaciable que se apoderó de mí, de lecturas y retiros espirituales, mis largos ratos de oración silenciosa frente al Santísimo, y sobre todo, mi lectura de las Sagradas Escrituras completaron el cambio radical de mi vida.

Creo que estaba atravesando lo que llaman midlife crisis. Y deseé mucho, por ejemplo, conocer el mundo que habitaba Merton, adentrarme en la vida de la gente para mí sabia que había huido del mundo hacia los desiertos o montes en busca de soledad y silencio. Me refiero a solitude, no loneliness, hay una gran diferencia.

Fui a un retiro espiritual de una semana a Getsemaní, el monasterio cisterciense —una de las órdenes más estrictas después de los cartujos y los monjes y monjas budistas en sus monasterios— en Kentucky, donde había vivido y escrito el hombre que empezó a colmar mi sed de Dios. Thomas Merton. Uno de los votos que se hacen en esa orden religiosa, además de pobreza, castidad y obediencia es estabilidad. Quiere decir, que cuando entras al monasterio jamás sales de nuevo, no te mudas a ninguna parte. Después, con los años eso cambió un poco, porque los monjes se fueron abriéndoselos más a la formación de conciencia pacífica y de justicia, a crear comunidades de oraci´øn y meditación y viajaban, pero siempre regresaban a su lugar. No olvido la entrada de Getsemaní. Arriba, tallada sobre la piedra encima de las puertas decía: “Solo Dios”. “Only God”.

Cuando emprendí ese primer y transformador retiro de silencio y soledad con los monjes, ya sabía que aquél vacío solo lo podía llenar Dios, la trascendencia a la que estamos convocados, su Presencia y su amor incondicional en mi interior. Ya para entonces había estado en la Basílica de San Marcos, en Venecia, que me condujo a una fuerte experiencia estética de esplendor religioso, anduve peregrina en Roma, días y días recorriendo lugares sagrados.

Por ejemplo, cómo olvidar la Basílica de Letrán, de cuya historia no sabía nada y resultó ser un signo de confirmación lo que experimenté al entrar en ella, cuando una tarde la visitamos e incomprensiblemente sentí que me acogía como a alguien que regresa a su casa, aquel lugar lo sentí como mi hogar. No entendí, ni lo intenté, sigue y seguirá siendo lo inefable.

En 1995 algo excepcional sucedió en mi vida. llegó a Miami para dictar unos cursos de ética y dirigir los Ejercicios Espirituales (EE), el jesuita peruano Ricardo Antoncich. Yo iba por las noches a la salida del periódico a tomar clases al SEPI (en táquelos años una extensión hispana de la Universidad Barry que ofrecía la Maestría en teología en español) y me supe de este retiro que iba a dar Antoncich. Creo que no tomó ni un segundo en que decidiera asistir. El retiro duraba 30 días. Yo no conocía a Ignacio de Loyola ni os Ejercicios Espirituales pero había oído hablar de ellos y por supuesto del maestro jesuita Antoncich, con quien iba a tomar la clase de ética.

Una alegría muy fuerte, una motivación que casi era impulsada por alguna fuerza fuera de mí llenó todo mi ser al saber que iba hacer los EE. Me dieron el permiso en el trabajo por una semana más de vacaciones a las tres que me pertenecían anualmente. La experiencia de la espiritualidad ignaciana de este retiro fue el hecho más importante o quizá el clímax de todo un proceso de conversión religiosa que estaba teniendo desde la muerte de mi madre en 1991, mi Confirmación en 1992 y mis posteriores búsquedas del sentido del vida. Esos 30 intensos e inolvidables días en que un mundo nuevo se abrió ante mis ojos sellaron mi conversión al catolicismo.

Viajé a Cuba en mayo de 1998, después que se fue Juan Pablo II. Lo había preparado todo para ir estando el papa alláa en enero de ese año, pero el gobierno cubano no me permitió la entrada. Después e llamaron por teléfono y me dijeron que podía soiicitar de nuevo que entonces sí podrâ ir a Cuba. No entendí nada ni me interesó mucho. Yo vi todo lo que aconteció durante la visita del papa en la televisión de Miami. Muy emocionante, quién iba a imaginar aquello?

Cuando por fin me dieron la entrada en, visité a las Religiosas del Sagrado Corazón en La Habana. Había conversado ya varias veces. con la provincial de Cuba, Carmen Comella, ya fallecida. Hablamos mucho acerca de mi fuerte deseo de unirme a ellas y su misión. Fue el Padre José Conrado Rodríguez, en una de sus visitas a Miami, el que me las recomendó cuando le hablé del incipiente proyecto que iba tomando forma en mí: regresar para siempre a Cuba como misionera.

Estando conversando con Carmen en su comunidad principal, que era un espacio detrás de la Iglesia de Rosario, de pronto mi corazón dio un salto cuando escuché su voz cuando me dijo que sí, que me mudara para Cuba, allá haría el noviciado y me quedaría para siempre con ellas. Era solo cuestión de buscar el permiso de entrada del gobierno. Me iría a Puerto Rico a hacer el postulantado, período de un año en el cual la aspirante inicia la vivencia de sororidd, amplía y fortalece la formación cristiana y la experiencia misionera que la lleve, en forma progresiva, a discernir su opción vocacional en el seguimiento de Jesucristo según la identidad o carisma de la Congregación y hacer gradualmente la transición a la vida consagrada. Luego, en uno o dos años estaría en Cuba. En Puerto Rico, donde había vivido muchos años al salir de Cuba en la década del 60, permanecí casi un año viviendo en diferentes comunidades diseminadas por la isla. La idea era ir formándome en los avatares de esa oblación. No tengo el espacio para contar las numerosas vivencias que me fueron cambiando poco a poco o repentinamente. Experiencias de vida fuertes, que te cambian. Viví entre los más necesitados, gente que sufría, padeciendo la pobreza de ellos en barrios marginales. Mi trabajo era darles clases a los niños que les iba mal en la escuela cuando terminaban en la escuela, muchos eran hijos de drogadictos, de madres solteras hundidas en la más absoluta pobreza. También pasé meses en la casa de las hermanas mayores, a las que tenía que cuidar, alimentar, cambiarle pañales, hacerles compañía, quererlas. La educación espiritual e intelectual fue más bien realizada en las prácticas de misericordia. Entre tanto esperaba por mi ingreso en Cuba… Era la época en que casi todos los religiosos y religiosas y gran parte del clero eran misioneros extranjeros. Y como había una cuota muy limitada, para que entrara uno en Cuba, otro tenía que irse. Por fin, cuando se venció el tiempo como postulante y debía de entrar en el noviciado, desde la congregación en Cuba llegó la orden de que me enviaran a Chile, allá haría el noviciado hasta que pudiera entrar en mi país.

¡Qué experiencia y formación académica, espiritual, religiosa, misionera, civil y política tan integral recibí en Chile! Fui a residir en Santiago, en otro barrio de la periferia de la capital. Una de las que más me impactaron fue mi trabajo con niños con graves problemas neurológicos desahuciados y abandonados por sus padres. Allá tuve que ir por diez horas diarias dos semanas. Todas las noches antes de irnos a dormir, íbamos a una preciosa capilla que teníamos en la casa. Sobre cojines o recostadas en ellos en el piso, nos colocábamos en círculo alrededor de un altarcito preparado por alguna de nosotras —a la que le tocara ese día— en el centro, con una o más velas, algunas flores o plantas, una imagen, todo colocado sobre un mantel. Era la hora del recogimiento del día, de compartir con nuestra comunidad la jornada que terminaba. ¿Dónde habíamos encontrado a Dios durante ese día, en qué persona o acontecimiento se hizo presente, en que movimiento espiritual interior nuestro? Cómo había sido ese día? El compartir se convertía en una experiencia maravillosa, a veces inquietante, de oración ante ellas y Dios, la conversación de cada una a veces iba acompañada con lágrimas. Sin duda, la formación religiosa es muy fuerte, transformadora, tan distinta a la vida que llevábamos en el mundo que dejábamos atrás. A los casi tres años de estar en Chile, poco antes de terminar el noviciado, fue a verme una nueva superiora de las Religiosas del Sagrado Corazón de Cuba. Había terminado el tiempo de Carmen Comella, que había sido provincial por nueve años, y ahora era Cristina Colás la que mandaba. Fue inesperadamente dura conmigo. Se me había negado el permiso de entrada a Cuba. Lo menos que pude imaginar en aquellos días llenos de fervor era que un día la provincial cubana me diría que “mi compromiso político previo tendría repercusiones para la Sociedad del Sagrado Corazón y la Iglesia en Cuba”. Entiéndase por compromiso político previo haber escrito en El Nuevo Herald por años sobre la disidencia, los turbios asuntos que sucedían dentro de la misma Iglesia, como fue el cierre de la revista Vitral, dirigida por Dagoberto Valdés, hoy director de la excelente revista Convivencia, y también del Centro de Formación Convivencia, un proyecto extraordinario que sienta la hoja de ruta para el futuro de Cuba después de alcanzada la democracia.

Mi denuncia incesante de las injusticias contra hombres y mujeres que luchaban pacíficamente por la libertad, entre ellos los cientos de presos políticos, una oposición que se iba enriqueciendo con cubanos valientes, decididos, conscientes de que era la vía pacífica y a formación ética política la que nos llevaría a una democracia sin vuelta atrás jamás a la violencia Por lo. menos eso demostraron y siguen demostrando. El más peligroso de todos par el el régimen comunista era Oswaldo Payá, —curioso que me lo la provincial lo mencionara a él como si fuera anatema, un peligro terrible hablar de ese hombre en la institución católica. Pero a nadie debe sorprender que la Iglesia le dio la espalda y traicionó de muchas formas el excepcional ideario de un católico como Payá que pudo quizá como nadie, con su Proyecto Varela llevar a la patria a la anhelada democracia. Uno de los golpes más fuerte que recibí en esa larga y ardiente lucha por la libertad de Cuba fue el asesinato por órdenes de Fidel Castro en 2012 de Oswaldo Payá, pero ese es un tema que necesito escribir, relatar en otro momento.

Ante la actitud de Cristina Colás (estoy convencida de que si hubiera estado en su lugar Carmen Comella yo sí hubiera entrado en Cuba, lo sé), decidí de inmediato dejar la congregación y regresar a Miami. Ante mi súbita decisión, las siete hermanas con las que vivía en Santiago trataron de que no me fuera, recuerdo la reunión comunitaria que tuvimos enseguida, y las frases de ellas: “Nosotros somos también voz de Dios, no te vayas”; me conmovió enormemente. Yo no iba a Cuba con idea de unirme a la disidencia, mucho menos de ponerlas a ellas en conflicto con el gobierno, sólo quería ir a servir en Cuba. Mi deseo eran tan sencillo: ser el Corazón de Dios, que es amor, en el corazón de Cuba. Sí, mi decisión de irme fue devastadora, pero también una gracia de Dios, que me hizo experimentar la desolación más honda. Fue cuando más cerca estuve de experimentar el corazón traspasado por una lanza de Jesucristo crucificado. Acaso solo para que pasara por esa experiencia me condujo Dios a esta loca aventura. Fue una aventura de amor a Cristo y a Cuba. Me bastaron pocos minutos de discernimiento interior para darme cuenta que yo sólo quería servir en Cuba. Estaba claro: Mi vocación no era ser monja. Y regresé a Miami para intentar rehacer mi vida a la intemperie. Partiendo de cero, habiendo quemado las naves era para mí lo de menos. Llegar aquí sin nada material, ni casa ni trabajo, qué me importaba. Lo devastador, lo aplastante del golpe fue ver que mi proyecto no había coincidido con el de Dios. ¿Me había abandonado Dios? Había confundido el Sagrado Corazón de Jesús con la Sociedad del Sagrado Corazón? Las fundí en una misma espiritualidad, sin duda. La formación religiosa del noviciado es muy fuerte y enmienda ardía una llama apasionada por pertenecer, por ser parte de es llama de amor que brota del corazón herido de amor de Jesús, el Cristo. En estado de conmoción, en silencio y leyendo la Biblia casi todo el día, fui a vivir a casa de mi hermana por dos semanas en lo que conseguía un apartamento y un carro para empezar a buscar trabajo.

Con los días se me fue revelando la verdad. Es que me había equivocado, los planes de Dios eran distintos a los míos. Muy superiores, por supuesto, lo pude ver después, con el paso del tiempo, cuando me fui recobrando lentamente. A los pocos eses de regresar, empecé a trabajar en la Arquidiócesis de Miami, dirigiendo el periódico La Voz Católica, y continué escribiendo columnas de opinión para el Nuevo Herald. En 2006 decidí dedicarme de lleno a trabajar como escritora, traductora y editora free lance, por mi cuenta y me fue bien hasta que me retiré en 2012.

Yo era otra mujer. En 2001 me fui a vivir en una comunidad franciscana, a la casa de Adele González, que llamábamos Peace House, fueron 14 años maravillosos. De paz, de compartir con las hermanas laicas franciscanas a las que me integré. En la casa vivíamos tres mujeres de fe. Me sentí muy feliz y todo se lo agradezco a Adele, a quien conocí cuando empecé a trabajar en el periódico de la Arquidiócesis, ella codirigía la Pastoral laica, e hicimos una amistad entrañable. En 2015 murió y la casa se vendió, Zoila Martínez, que vivía allí se mudó con una amiga, también franciscana de nuestra comunidad. Yo me fui a vivir sola, donde me encuentro ahora, mayo de 2020.

Aunque sigo siendo una mujer de fe, y católica he cambiado radicalmente mi peregrinar espiritual. Dejé de creer en la institución de la Iglesia, el clericalismo, el machismo, la misoginia arraigada en la jerarquía católica llamó vi desnuda en su más absoluta crueldad. Después estalló el escándalo de la pederastia. Siendo yo la directora del periódico católico de la Arquidiócesis pude vivir muy de cerca la mentira, el disfraz, el corre-corre que se formó cuando empezaron a salir a flote las denuncias de las víctimas. Pero ya todo eso pasó, han pasado muchos años de aquel 2002 en que en Estados Unidos el cardenal de Boston fue descubierto encubriendo a curas pederastas para “proteger” a la Iglesia de escándalos, y así, miles de niños y niñas fueron violados y abusados sexualmente por curas y obispos, dejando a su paso las víctimas y apareciendo que, gracias a Dios, fueron cobrando coraje y revelando sus experiencias poco a poco. Entonces, como una pandemia, se propagó por todos el mundo la misma fetidez: a pedofilia era un fenómeno cotidiano en la Iglesia católica universal.

Le doy gracias a Dios por mi liberación. Han pasado 17 años del regreso a lo que he empezado a considerar, después de 56 años de exilio, mi país, Estados Unidos. Me he reconciliado amorosamente con Miami que es otro al que yo conocí en las décadas del 80 y 90. Sigo yendo a misa y me considero católica, pero mucho más espiritual que religiosa, perdí la fe en la estructura del Vaticano y el clero. Aunque el papa Francisco ha salvado por completo mi fe en la Iglesia y ha hecho renacer mi esperanza en que es posible una transformación radical del cristianismo católico.

Me reencontré con Madeline Cámara, después de 20 años —la última vez que la vi fue cuando estaba ella en casa y casi llenamos el baúl de su auto con libros que eligió de la biblioteca–. Nos volvíamos a ver, con años y canas y experiencias que mostraban nuestra pertenencia ya a la tercera edad. Tiempo intensamente vivido por ambas, no hay duda. El reencuentro se dio en un restaurante de St. Petersburg, Florida, que daba por concluido un fin de semana precioso en Tampa. Habíamos recorrido la ciudad, principalmente la martiana Ybor City, una noche de celebración de Halloween digna de la peor película de terror. Pero el viaje tuvo como motivo ver una iluminadora exhibición retrospectiva de Dalí en el museo que lleva el nombre de ese único pintor surrealista que nació del movimiento creado por André Breton en Francia en la década del 20 del siglo pasado. Excepcional exposición. Mis nuevos amigos eran Carmen Díaz, Olga Lastra, y Luis Carlos Silva. Hice el viaje rodeada de científicos cubanos de merecido prestigio. Dos de ellos, Carmen y Luis Carlos, ateos. El trayecto de unas cinco horas fue para mí una inesperada fuente identitaria que necesitaba a gritos, pero no lo sabía. Lo supe por la expansión de un horizonte interno y el gozo pleno de estar allí en aquel momento de puro placer. Carmen y Luis Carlos fueron los autores del mejor de los tiempos que pasamos en la larga trayectoria de un paisaje árido, aburrido, insoportable como es el de la península floridana. De los dos teléfonos móviles de ellos, conectados a las bocinas del auto por bluetooth, salía aquella maravillosa música que me hizo vivir horas de felicidad agradecida a dos personas que, sin embargo, en otras ocasiones me hicieron sentir completamente fuera de lugar, alguien patético, ignorante porque expresé mi fe en Dios. Después intuí algo fundamentalista en ese ateismo. Pero eran encantadores, y tengo amigos agnósticos y ateos. Respeto todas las religiones y a quienes no tienen ninguna. Me gusta la cultura del encuentro, el pluralismo y la inclusión. Aquellos días de museo, música y conversaciones no hubieran motivado estas meditaciones si no fuera porque Madeline nos presentó un proyecto de publicación. Y con autoridad de editora, y también con la cercanía del afecto, me pidió que dejara correr la memoria, que contara de mi viaje hacia Dios y hacia Cuba. Recuerdo que ella llegó algo tarde al encuentro, pero qué alegría volver a verla y abrazarla. Imposible no recordar la última vez que nos habíamos visto. La biblioteca, mi desasimiento, su interés y asombro ante mis planes, y ahora esto. A los pocos minutos nos pidió, sacando la Revista Surco Sur de su bolso, que escribiéramos para el próximo número algo sobre este viaje: amigos cubanos “de distintas tendencias”, y experiencias de vida reunidos un fin de semana en Tampa. A todos nos tomó de sorpresa el pedido, ¿qué contaría cada uno? La idea resultó interesante y estuvimos de acuerdo.

Y este es el resultado de aquella invitación de Madeline en octubre de 2018. Escribo este final en mayo de 2020. He editado algo este recuento digamos que de un camino interior recorrido que me transformó. Hoy soy otra y la misma. Me he acercado al budismo, al hinduismo y, algo muy importante, vivo en plena libertad mi orientación sexual gay. Un día muy lejano ya llegué a creer que la relación sexual homosexual era un pecado. Qué equivocada estaba, qué lejos de la verdad que hoy, guiada por los grandes teólogos, Richard Rohr, Ilia Delio y otros de gran actualidad, pero principalmente por las enseñanzas del papa Francisco y mi fe madura, educada, junto a una espiritualidad mucho más honda, seguidora del Cristo universal y de Teilhard de Chardin he alcanzado la cima y el profundo fondo que buscaba. Tengo 71 años, acojo feliz la vejez y la relativa pobreza en que vivo aquí en Miami, ciudad en la que se glorifica el éxito, que se evalúa y mide de acuerdo al dinero, el lujo de la casa (o casas) que posees, y muchos lujos materiales. La mía ha sido una vida aventurera, arriesgada, intensa, idealista y muy herida. Digo como dijo Pablo casi al final de su vida: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.”

Pero no creo que este aún al final de mi vida, me quedan años por vivir, pocos, pero quedan. He aprendido a valorar el ahora, como nos enseña Eckhard Tolle, como un tesoro. En eso estoy, aquí, ahora, llena del amor de Dios, de esperanza y de gratitud.