Olvidarte

Herida de amor inicié el viaje. El tiempo, las experiencias que me esperan para descolocarme, la acogida de otros, desconocedores de todo, y por tanto con quienes no se pronunciará un lamento o un anhelo inútil. La necesidad de sobrevivir a la desolación, la desesperanza, el desamor vencerán los recuerdos, la melancolía y el fracaso. El sufrimiento que su desprecio y su inexplicable odio hacia mí me causaron no lo puedo describir. Sus palabras fueron golpes dados con saña, la intención de hacerme daño, lo vi, lo pude comprobar no una, muchas veces. Mi inconsciente se negaba a aceptar las palabras que salían de sus labios, que yo amaba. Por primera vez sentí asco de mí misma, la mujer que yo había sido hasta entonces dejó de ser. Me sorprendía e incluso asustaba mi falta de dignidad, mis preguntas e incomprensión ante aquella mirada fría, despiadada en la que vi placer porque me hería. Esa no persona que llegué a ser se derrumbó.

Sé por qué caí. Porque fueron muchos años de soledad y soberbia: Yo? Enamorarme de nuevo? A esta edad? ­No existe una sola posibilidad, mi determinación hace muchos años que estaba hecha, la idea de tener una relación amorosa era tan ajena a mí que no contaba para nada, ni siquiera se me ocurría. Además por Dios, mi libido murió, o creí que había muerto a medida que pasaron los años y mi vida se fue centrando en un mundo espiritual, contemplativo, ese que va develando tu verdadero yo desprovisto de las necesidades falsas y la búsqueda de la felicidad ficticia y material que nos ofrece este mundo desalmado. Your true self, tu tú misma que descubres en magnificencia asombrosa con la práctica de la oración, la meditación, las lecturas de espiritualidad, el serio estudio de las Sagradas Escrituras, los sacramentos, las obras de caridad, la denuncia de la injusticia, la búsqueda del bien común que nos debe implicar a todos, la Presencia amorosa de Cristo en mi corazón. Habrá proyecto de vida mejor, mayor? No, ese es o debería ser.

Por lo dicho repito que no estaba ni remotamente preparada para lo que llegó a mi vida como un huracán que también supo ser brisa suave: tal ternura y pasión hecha carne, hecha piel desbordaron toda mi capacidad racional y mi determinación de no permitir que nada alterara la paz alcanzada. Pero la vida, la plena, la abundante, la que es ardor y delirio, éxtasis y gozo con ansias de morir entre sus brazos, besándonos tardes, noches enteras se transformó en el motivo culmen de mi existencia. La espontaneidad y confianza absolutas en el otro ser al que te das, la dádiva en gratuidad total, me movían a querer eternizar el instante aquel que sacudió cada fibra en mí.

Esa entrega al amor inesperado hicieron de esta mujer que entonces tenía 70 años, yo, un ente tan ridículo e indigno que merecería una buena tanda de plañideras vestidas de negro y después otra de jóvenes en atuendos de colores y rostros y cabellos y piel y ojos y cuerpos juveniles preciosos riéndose por detrás o frente a mí. Algunos más sensibles, tal vez me tendrían lástima, otros mirarían a otra parte por vergüenza ajena. Así me imaginé el cuadro.

Después de probar la dulzura inefable de este renacer a lo que había sepultado sin casi notarlo, que arribaba de súbito lo recibí como un don inmerecido, porque yo también hice daño, yo también hice sufrir a personas buenas que me amaron y las abandoné. Y a fin de cuentas fue feliz y apacible el largo tiempo que me tocó vivir sin amar ni ser amada, excepto por y a Dios. Sí, la llegada del indómito y temible Eros fue un misterioso don. También una enseñanza de humildad por mi soberbia de creerme por encima de las necesidades y deseos demasiado humanos, sigo siendo de este mundo de barro y cenizas. Mordí el polvo merecido. Aprendí la lección, el volcán de la carne permanece vivo hasta el último suspiro. Es una paz armada.

Me cuestiono si he amado así antes, porque el amor que hiere y mata de esta manera ruinosa no se conoce hasta que llega la vejez. Si te pasa, entonces cíñete la cintura, valiente, como dice la Escritura, ármate de toda la fuerza de voluntad, dignidad y vergüenza de que seas capaz. La humillación y la derrota son implacables cuando tienes 70 años y te enamoras como una adolescente de alguien que te abandona al poco tiempo como basura, como no merecedora de su grandeza e inteligencia.

Una anciana enamorada, a qué compararla? Si a quien amas -tampoco joven, ella tenía entonces 67 años-, se burla de tu edad, te lanza dardos venenosos o bromas sin maldad, pero bromas, acerca de los años que tienes, e incluso te advierte sobre una posible demencia senil o un alzheimer inminente?

A qué comparar una vieja enamorada? A una flor muerta, casi seca y doblada, fea, que sin saber cómo ni por qué se vuelve capullo y se abre en bellísima flor; acaso a un frasco de esencia contenida que al abrirlo llena la habitación entera de su aroma embriagador. También se puede comparar a las fases de la luna, que una noche aparece en hermoso y finísimo arco que se va llenando hasta henchirse, plenilunio que se refleja en el mar donde unos pies descalzos se encaminan agua adentro y se detiene y extiende los brazos para abrazar la noche. Es una mujer ilusionada la que se encuentra en el mar como hechizada. Atrás, en la arena, junto a un amigo de la señora del agua, está otra mujer que la observa. Soy yo. La imagen aquella no se borrará. Las dos son inmensamente felices esa noche de octubre de 2018.

La playa está casi desierta, el lugar es South Pointe, en Miami Beach. Entonces comenzaba la relación, se iban conociendo muy lentamente, porque las horas se iban en hacer el amor. La relación continuó, y fue creciendo en la mujer qué bañó sus pies en la playa como una necesidad ineludible de enjuiciar a la otra, que no entendía nada. Qué pasaba, si apenas unos minutos antes se habían amado en la cama como lobas salvajes o corderitos que solo saben escuchar y emitir susurros, pedir caricias?

Del juicio disimuladamente condenatorio pero lapidario, pasó a la agendada tarea de herirme, de hacerme el mayor daño posible. Me di cuenta que me odiaba. Y yo la amaba. La amo, no me avergüenza decirlo.

Le pido a Dios que me ayude a olvidar todo lo malo y en su lugar quede únicamente el recuerdo de los hermosos momentos que vivimos juntas.

La última vez que nos vimos fue el día de mi cumpleaños. Hacía casi dos meses que no hablábamos. El 3 de abril estuve en su casa para entregarle algo que le pertenecía. Noté que tenía miedo, no sé por qué, jamás hice o dije nada que pudiera provocar ese sentimiento en ella

Entonces llegó el 17 de mayo de 2019, día en que cumplí 71 años. La invité a celebrarlo conmigo. Me dijo que sí y fuimos a cenar a un restaurante español con un show flamenco. Fue una noche especialmente feliz. Guardo una de las rosas del ramo que me regaló en esa fecha memorable en que me pareció que yo le importaba, hubiera creído que hasta me quería. Al dejarme en casa nos despedimos como dos amigas. Insistió en que me quedara con lo que quedaba de una de las dos botellas del vino exquisito que tomamos. Ella conoce mucho de vinos. Me acerqué para besarla en la mejilla pero giró su rostro y me besó muy suavemente en los labios.

Me bajé del carro y desde la entrada de mi casa, a la que me dijo despectiva que nunca más volvería a entrar después que vio mi pobreza -la situación en la que nos hallamos la mayoría de las personas jubiladas en Estados Unidos-, mi casa era un cuarto y un baño. Ella es una mujer de status, de dinero y gustaba demostrarlo. Conste, desde el principio supe que sería un obstáculo en la relación. Yo no podría pagar los restaurantes que le gustaban, por ejemplo, uno al que me llevó donde la cuenta fue, por solo nosotras dos, de casi $400. Sentí repulsión y la comida apenas la probé, no me gustó. Ella comió, para mi gusto, en exceso. Bien, aquella festejada noche elevé la botella de vino y el ramo de rosas diciéndole adiós. Pasaron unos segundos y se marchó. No la volví a ver.

Hoy la comprendo y la perdono. La fui conociendo entre asombros y sobresaltos mientras me iba rompiendo como ser humano, hasta que descubrí su horrible verdad. Es alguien que ha sufrido mucho, además, es alcohólica y bipolar.

Ambas son enfermedades y soy una gran defensora de eliminar el estigma de las enfermedades mentales. Yo padezco una: ansiedad generalizada, para la que tomo ansiolíticos. Es un mal crónico, como la diabetes, no se cura, pero es tratable. Se hereda por línea materna. Ella padece de bipolaridad 2, que es una manifestación menos grave que la bipolaridad 1. Es un padecimiento que se manifiesta en cambios de estados de ánimo. En la 2 es más prevalente la depresión que el estado de manía, la exaltación de grandeza y poder. Las personas bipolares tienden al alcoholismo para sentirse mejor ante la constante amenaza de la depresión profunda y las características autodestructivas que la definen y la pueden llevar al suicidio.

Supe de su padecimiento poco antes de terminar definitivamente la  relación tormentosa, estuve dispuesta a seguir toda la vida a su lado acompañándonos en nuestras fragilidades.

Pero me di cuenta de que esos no eran los peores obstáculos, había uno peor, el que más daño le hace y probablemente el causante de sus enfermedades: un conflicto familiar que no tiene remedio y del cual se siente culpable. Su vida es un castigo autoinfligido, y lo lamentable es que proyecta el odio contra sí misma en la amante de turno. Es una mujer herida que hiere, no sana ni quiere sanar a nadie. Afirma que cada cual hace lo que le da la gana con sus heridas. Es atea pero prefieren que la llamen “escéptica”. Pero necesita demostrar a cada paso su increencia en nada que no sea científico, razonable. Pero aclaremos que fe y razón no son irreconciliables, todo lo contrario. Cada vez hay más científicos que se acercan a la espiritualidad. Y qué decir de los estudiosos de la cosmología, de los físicos? Los médicos y enfermeras al cuidado de enfermos terminales?

No soy mejor que ella porque crea en Dios, quizá alcance la gloria y yo no. Quién es quién para juzgar?

Soy una mujer rota, ella también. Pero yo sí quiero su sanación y su felicidad. Que Dios le quite la culpa que siente, no es culpable de su problema familiar. Ama y vive entregada a sus hermosas hijas y nietos, con quien se siente perpetuamente en deuda. Es homosexual, se cree liberada, pero no es más que una víctima transformada en victimaria de la persona de quien se enamore.

Quizá me amó y por eso necesitó desbaratarme. Lo logró.

Ayer domingo fui a misa en la catedral, en la que me bautizaron e hice la primera comunión. Hay un nuevo obispo en la diócesis de Pinar del Río, y precisamente ayer el papa Francisco nombró un nuevo cardenal para Cuba, Juan de la Caridad Hernández, arzobispo de La Habana. Qué regalo haber podido asistir a la Eucaristía en mi catedral y salir con esa nueva certeza del amor de Dios, que nunca me abandonó. Aunque sé que el hunde y levanta del polvo. Levántame, Dios de mi corazón.

La llegada

Mi perro muere de contentura, lo veo mover la cola sin parar yendo de un lado al otro de la casa como si no le alcanzara todo el tiempo del mundo: le ladra a quien llegue para después hacerse un merengue a sus pies  demostrando que no hay que temer, no muerde, ladra, está rodeado de seres humanos que conversan y se ríen y gesticulan con brazos y manos y hay momentos en que hablan varios a la vez. No sabe para dónde mirar, porque quiere mirarlo todo con los ojitos que se le desbordan de alegría y sorpresa. Además está conociendo una casa nueva, grande, en la que sobra espacio para correr, que no es la suya y la mía allá, diminuta. Me encanta verlo así. Teníamos una vida tan solitaria y silenciosa allá, en la ciudad del sol, como le llaman a Miami, pero para mí es la ciudad de hielo, de piedra helada el corazón, de fibra fría el alma de un incontable número de sus dos millones de habitantes, la mayoría cubanoamericanos. 

Ahora estamos en la ciudad de Pinar del Río, Cuba, con mi familia. Como sucede siempre, costumbre amable -del verbo amar-, van llegando primos a verme (tengo siete con sus correspondientes cónyuges e hijos). Algunos se aparecen inesperadamente a la puerta, siempre abierta, entran, conversamos, nos reconocemos y alegramos de vernos de nuevo. Son tantos los años que han pasado. Somos una familia muy grande separada en mi caso por más de cinco décadas, 57 años hace que me fui.  Soy solo uno de los cientos de miles de cubanos en la diáspora que vienen a ver a su familia una o varias veces al año. No es mi caso.

He venido a quedarme, para vivir aquí el tiempo que me quede hasta que llegue la muerte. Ese es mi proyecto de vida, no sé cuál será el de Dios. Suelen no coincidir, porque como dice Pablo: “todo conspira para el bien de los que aman a Dios” (Romanos, 8-28). Yo lo amo. Espero que esta vez coincidamos.

Pero me temo que hablo demasiado del futuro, aunque sea inmediato. Eso no es bueno. Vuelvo al presente, en el que me ha dado una gran sorpresa mi rodilla por una caída. Me duele horrores. Mi habitación está arriba. Los peldaños son muy altos. Paso el día leyendo sentada con la pierna elevada a ver si llego con vida a La Habana.

Cierta felicidad se me adentra sin remedio en este, mi antiguo ámbito que resucita ante mis ojos de asombro: ventanas y puertas abiertas, el café acabado de hacer otra vez (La Llave, Pilón, fabricados por cubanos en Estados Unidos, que les traigo a todos), voces que entran de la calle en todo momento, gritos de niños jugando, motores, altísimos o lo que a veces percibo como gemidos de los pregoneros de viandas y palitroques u otros alimentos el día entero, canciones de la radio vienen de lejos, y me divierte que al atardecer oigo la llamada de las madres a los muchachos en las calles: “Fulanito, ven a bañarte!” Sí, sigue la costumbre, porque cuando vivía aquí la gente se bañaba siempre a las cuatro o a las cinco a más tardar. No sé por qué. Todo es tan distinto y a la vez reconocido, como un lejano eco que se iba muriendo y de pronto vuelve.

El calor de agosto es intolerable, agua fría y ventiladores para palearlo. Todo es nuevo y significante. El ahora se impone con fuerza, no te deja, es muy intensa la experiencia de vivir en Cuba.

Por fortuna o por designio sí voy dejando atrás el pasado lejano, ese colmado de aventuras y responsabilidades, de trabajo cumplidas, existencia laboral fascinante y agotadora, estresante, ansiosa que sí, me hizo dichosa pero me destrozó emocional y psíquicamente. Qué me importa a mí hoy que me barrieran por el piso: ser periodista honesta, que investiga e informa la verdad en Miami es casi suicida. El terrorismo verbal no cesa, aunque hayan pasado 60 años, lo he vivido en carne viva más de 35 años. Estoy agotada. Dejé de ser columnista en El Nuevo Herald después de 25 años, el verano pasado, porque dije la verdad sobre el presidente Donald Trump, el supremacista nazi que promueve la matanza de negros e hispanos, encierra en jaulas a niños inmigrantes después de separarlos de sus padres a la fuerza en la frontera, que viola y abusa de las mujeres porque es misógino y abusador patológico. Que impulsa a la creciente ola de nazis de todo el país para que marchen libremente con banderas de swásticas y confederadas, amenazando y llevando a cabo masacres de judíos, y todos los que lleguen de “países de mierda” como le llama Trump a Àfrica y Amèrica Latina.

Una de las cosas que más han escandalizado a miles de cubanoamericanos como a mí es ver la cantidad de otros cubanoamericanos trumpistas. Fanáticos que dan asco en su defensa de lo peor, de lo más abyecto y despreciable que ha gobernado ese país, el actual presidente que gracias al esfuerzo inconmensurable de la prensa y la lucha sin tregua de los demócratas le han impedido establecer una dictadura fascista. Y destituirán al delincuente (ya el proceso de destitución comenzó, despuíes vendrán los juicios por sus crímenes, de lo que se ocupará no el Congreso, sino la Corte de Distrito del Estado de Nueva York). El país, que se supone sea el más rico y poderoso del mundo, sobreviven más de 40 millones de ciudadanos, como yo, en estado de pobreza.

En la reciente reunión de la G-7, Trump fue el único mandatario que no estuvo presente en la reunión donde se discutió el alarmante calentamiento global y qué hacer para salvar la Tierra. A él no le importa el planeta, solo le importa el dinero, delinquir y hacer daño, el mayor que pueda. Los cubanoamericanos republicanos lo adoran, le rinden culto como a un demiurgo. Esos republicanos de raíz cubana no tienen compasión: abogan con fuerza porque se mantenga el embargo abusivo e inhumano contra Cuba, que vivo y corroboro aquí, ahora. Y Trump, para complacerlos, pensando que ganará sus votos, lo fortaleció.

Les anuncio a todos que le queda poco, muy poco, porque pronto se levantará el bloqueo a Cuba y veremos su transformación liberadora y creadora de un porvenir audaz y hermoso en esta tierra maravillosa.    

Sí, me digo, este tiempo también pasará. No puedo negar mi amor a Estados Unidos, donde vivo desde los 13 años. Es irremediable sentir la doble identidad. No obstante, prefiero, opto por esta, la que soy, la que fui y seré, la verdadera.

Sé que esta otra realidad, no menos apremiante y trágica en la que me adentro junto a mi pueblo, es mi patria adolorida, en necesidad de reconstrucción de todo tipo. Pero dura como es la vida cotidiana, la prefiero, aquí me muero.

El regreso

Lo que deleita y posee tu interior lenta, suavemente es la exuberancia del paisaje que te envuelve en un dulce y apacible abrazo de acogida: bienvenida, llegaste, soy la que amas y te ama. La que abandonaste hace muchos años, demasiados, no quiero recordar aquel instante perpetuo que a las dos, a ti y a mí nos laceró para siempre. La sabia Madre Tierra -yo soy una parte, ella es un todo- me lo susurró desde sus entrañas, que volverías, pero qué largo ha sido el desprendimiento, aunque siempre fue un consuelo saber que regresarías a mí. No eres feliz?

Sí, inmensamente, es una forma penetrante y ocurrente de felicidad, quizá la más completa, la que colma mi ser como nunca ni nada antes. Por qué?

En qué radica la dicha fundante y magnánima del retorno definitivo a un país, el tuyo, del que te sentiste arrancada hace 57 años, en qué?

La belleza tranquila de aquellos grandiosos árboles, y por todas partes como cantando su pertenencia raigal a esta tierra, las palmas reales movían sus hojas gozosas por la brisa toquetona, las montañas lejanas de la cordillera de un verde más claro, brumoso complacían mi imaginación y mi memoria. Más cerca de la carretera por donde iba el carro demasiado rápido cuando mi deseo era que se detuviera el instante para retener el paraíso perdido y recobrado ante mis ojos, con mi alma y sentidos al acecho, los arbustos cubiertos de flores de distintos colores y tamaños en pleno esplendor del verano. Me encandila tanta maravilla y certeza.

La naturaleza no miente, esta que se mostraba ante mí desnuda, abierta, gozosa frente a mis sentidos que la recorrían y acariciaban con todo el amor, el deseo, el placer, de quien al fin descubre su ser en ella en una total entrega de pertenencias, unión terrenal que saciaba un hondo anhelo espiritual. El regreso.

Te amo isla mía, ya ves, volví para nunca más partir.

Coloquio de los fetos

Imagen real de un feto tomada por un sonograma efectuado en el vientre de una madre que está haciéndose un aborto. Es una de las muchas pruebas que se han obtenido de que los nonatos sienten dolor, emiten gritos mientras tratan de huir de los instrumentos que el médico utiliza para halarlo y despedazarlo, o lo succionan con una aspiradora especial.

–¿Que ruido es ése? ¿Quién anda ahí?
–Es tu madre que te quiere destrozar. No la llames, no te quiere, te va a expulsar de su vientre. Pero tranquilo, pequeño. Todo pasará pronto. Por favor, no te espantes. Estás haciendo tu entrada al mundo de los fetos abortados. Es un mundo muy poblado, y debo adelantarte, privilegiado
––¡Ay! ¡Qué dolor! Me están haciendo pedazos con una cucharita. ¡Ah! ¡Para qué me concibieron! ¿Para esto?
–No huyas más de la espátula ni sufras inútilmente cuestionándote cosas sobre los humanos. Ellos son más infelices que tú, créeme. Ellos nacen y mueren. Y en ese corto trayecto que atraviesan entre una y otra, lo que predomina siempre son los errores que cometen, sus lamentos interminables y una que otra chispa de lo que llaman dicha. Tú en cambio, no conocerás esas zozobras. De la concepción y la gestación pasas a la eternidad. En nosotros queda abolida la diferencia entre muerte y vida, porque nunca nacimos, y por tanto, nunca morimos. No fuimos alumbrados, pero la luz será siempre nuestro natural ámbito.
–Ha cesado el dolor. Pero siento que sigo siendo. Soy, existo. Sé perfectamente cuándo fui concebido. En ese instante, el eco distante de una gran explosión se repitió en mi, a partir de ese momento empecé a ser. Ahora solo queda mi corazón allá, que se niega a dejar de latir en aquel vientre.
–Para ayudarte en tu trance te explicaré todo. Aunque debo confesarte que me preocupa que todavía lata tu corazón. Ya deberías haber hecho tu tránsito, porque todos tus trozos están en la cubeta. Desde aquí veo al médico retirar los instrumentos del lado de la que iba a ser tu madre, que se ve desfallecida todavía con las piernas abiertas, y bastante sangre. Sin duda, algo extraño ha sucedido. Supongo que más adelante bote tu corazón. Lo que no me explico es cómo sigue palpitando. . . Te han abortado utilizando un método muy antiguo y común, que es el raspado. Dilatan el útero e introducen por la vagina instrumentos afilados para ir raspándolo. Si todavía eres embrión, sales como un coágulo grande. Si eres feto, como fue tu caso, entonces te van arrancando a pedazos. También está la succión que se realiza por medio de un tubo plástico con una aspiradora en la punta, y te van aspirando, como basura. De nada le sirve al feto moverse, huir, tratando de esconderse del vacuum cleaner por todo el vientre. Siempre te traga. Hay otros métodos, claro, como las pastillas que provocan el aborto rápido, o inyectar el pecho del bebe para parar su corazón y después tratar de inducir el parto. Si esto falla, dilatan más, lo agarran con unas tenazas y empiezan a darle vueltas. La cabeza quedará atrapada en la parte baja del útero. Le introducen entonces un tubito por la cabeza para sacarle el líquido y reducírsela, así sale fácil. Por supuesto, hay millones de mujeres que tratan de abortar sin recurrir al médico porque no tienen dinero, porque es ilegal o por ignorancia. Toman todo tipo de brebajes, se duchan con cuanto líquido te puedas imaginar, desde amoniaco hasta detergentes de lavar la ropa. Si no, recurren a algo que creen más seguro: introducirse instrumentos cortantes para sacarse el embrión o feto: se meten agujas de tejer, alambres de percheros, objetos de vidrio, muchas veces hasta se perforan ellas mismas el útero. Otras veces se tiran de mesas, de sillas, dan brincos. Es preferible dejarlos morir en la cubeta, como tantas veces sucede cuando el muchacho sale vivo.
–Abominable, todo lo que me dices es abominable. ¿Están conscientes los bien nacidos que lo sentimos todo?
–Muchos lo saben, pero no les importa. Otros tienen dudas, pero tratan de limpiar su conciencia insistiendo en que no somos personas, por tanto no es un crimen lo que cometen. En su reducido mundo, dominado por una de las facultades que más importante consideran y rige su mundo científico sin tener a Dios en cuenta, la razón, alcanzan a ver muy poco. Además, confrontan el grave problema del olvido.
–Ya sé. Cuando se nace, todo se olvida. ¿Es por eso que andan tan perdidos?
–No podría decirte, tendría que haber nacido. Después de milenios siguen igual. Aunque cierta parte de su ciencia los ha perdido aun más que cuando danzaban alrededor del fuego. Insisten en buscar y conocer solo su mundo exterior. Cuando son paridos, se oscurece su memoria ancestral y milenaria, fuente de todos los símbolos primordiales, herencia de la humanidad impresa en su inconsciente colectivo.
–En su olvido, ¿olvidan también que el alma no nace cuando nacen ellos, sino mucho antes? ¿Qué el misterio se aloja en el embrión desde que este empieza a flotar en el líquido amniótico?
–Parece que no pueden vivir sabiendo. No toleran el peso del misterio.
–Entonces, ¿son inocentes, no tienen culpa de habernos abortado?
–No, no son inocentes, eso es otra cosa que se pierde en la vida, la inocencia. Es quizá lo más terrible de todo. Pero no debemos juzgarlos. Nunca debemos juzgar a nadie. Cada ser humano es un universo, y aunque cada paso que da “queda en la memoria del tiempo”, son víctimas de sus circunstancias. Y la misericordia de Dios es infinita. Muchas mujeres no saben lo que hacen cuando deciden, confusas y sufridas, abortar.
–Pero, ¿por qué no evitan el embarazo?
–A veces porque no saben, otras por doctrinas y mandatos absurdos de la religión. Pero tus preguntas me indican que todavía no has entrado en este mundo. ¿Cómo anda tu corazón?
–Ya va dejando de latir. Está al expulsarlo, pensará que era un coágulo rezagado.

Nota: Estoy en contra del aborto, creo firmemente que la vida de un ser humano comienza en el momento de la concepción y termina en su muerte. Sin embargo, apoyo el movimiento Pro Choice porque considero que es la mujer la que debe tomar esa decisión, no el Estado haciéndolo ilegal. Es la conciencia de la madre (y del padre, por supuesto) la que elige matar o no a su hija o hijo.

El Nuevo Herald, 9 de julio de 1992

 

 

Connecting to the Eternal

Contemplation

Richard Rohr’s Daily Meditation

From the Center for Action and Contemplation

Barbara Holmes, one of our CONSPIRE 2018 teachers, writes about the beautiful diversity of contemplative practices as paths toward the source of our being:

Although Africana and European Christians share a common contemplative history, there are specific differences in expectation and practice. . . .

[While] European mystics and contemplatives often lived in community, they tended to focus on the individual experience of encountering the divine presence. African American contemplatives turned the “inward journey” into a communal experience. . . . The word contemplation includes but does not require silence or solitude. Instead, contemplative practices can be identified in public prayers, meditative dance movements, and musical cues that move the entire congregation toward a communal listening and entry into communion with a living God. . . .

When the word contemplation comes to mind I think of Thomas Merton. . . . But I also want to talk about Martin Luther King Jr. and his combination of interiority and activism, Howard and Sue Bailey Thurman and their inward journeys. I want to present Sojourner Truth, Harriet Tubman, Fannie Lou Hamer, Barbara Jordan, and the unknown black congregations that sustained whole communities without fanfare or notice. Like Christianity, contemplative practices come in many forms. . . .

This is how Howard Thurman describes the embodied locus of contemplation:

There is in every person an inward sea, and in that sea is an island and on that island there is an altar and standing guard before that altar is the “angel with the flaming sword.” Nothing can get by that angel to be placed upon that altar unless it has the mark of your inner authority. Nothing passes . . . unless it be a part of the “fluid area of your consent.” This is your crucial link with the Eternal. [1]

. . . As I see it, the human task is threefold. First, the human spirit must connect to the Eternal by turning toward God’s immanence and ineffability with yearning. Second, each person must explore the inner reality of his or her humanity, facing unmet potential and catastrophic failure with unmitigated honesty and grace. Finally, each one of us must face the unlovable neighbor, the enemy outside of our embrace, and the shadow skulking in the recesses of our own hearts. Only then can we declare God’s perplexing and unlikely peace on earth. These tasks require a knowledge of self and others that only comes from the centering down that Thurman advocates. It is not an escape from the din of daily life; rather, it requires full entry into the fray but on different terms. . . . Always, contemplation requires attentiveness to the Spirit of God. . . .

Contemplation is a spiritual practice that has the potential to heal, instruct, and connect us to the source of our being. Thomas Keating describes the shift in reality structures that may occur during contemplative prayer in this way: “our private, self-made worlds come to an end; a new world appears within and around us and the impossible becomes an everyday experience.”[2]

Gateway to Presence:
If you want to go deeper with today’s meditation, take note of what word or phrase stands out to you. Come back to that word or phrase throughout the day, being present to its impact and invitation.

[1] Howard Thurman, Meditations of the Heart (Friends United: 1976), 28.

[2] Thomas Keating, Open Mind, Open Heart: The Contemplative Dimension of the Gospel (Continuum: 1999), 13.

Barbara A. Holmes, Joy Unspeakable: Contemplative Practices of the Black Church, 2nd edition (Fortress Press: 2017), 4-6, 17-18.

Image credit: Dancers in Green and White Dresses, Vinicius Vilela.

Una Iglesia que cambia para acoger a los gays católicos

 

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Católicos LGBT en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, La pastoral New Ways Ministry de su parroquia Sagrado Corazón en Newark, New Jersey es muy activa. 

Lo anuncié y se cumplió, nada nuevo bajo el sol. Me refiero a mi columna publicada el viernes pasado: Los homosexuales y el cristianismo. La iracundia, el rechazo y la discriminación que despertaría lo que escribí en muchos católicos, sobre todo en parte de la jerarquía que margina y desprecia a los homosexuales. Pero no olvidemos jamás que ella es solo parte de la Iglesia, representan más bien a la Institución. La Iglesia la formamos todos por el sacramento del bautismo.

Recibí emails a favor y en contra, y para mi satisfacción fueron más los que apoyaron y agradecieron mi defensa de la comunidad LGBT católica que los que me criticaron. Pero hubo una carta de un sacerdote jesuita que me hirió. Está dirigida a despojar a una persona homosexual de su dignidad como persona. ¿Tan ciego y fanático es que no se dio cuenta que estaba insultando al Espíritu Santo que habita en cada uno de los que amamos a Dios, nos sabemos amados por él y vivimos en coherencia con nuestra fe?

Este pobre hombre es un desgraciado –lo digo literalmente, falta de la gracia de Dios–, utilizó el argumento menos cristiano que conozco para condenar a los homosexuales.

“¡Cuánto lamento que hayas dejado de ser cristiana!”, me dice al inicio de su carta. Me preparé para lo que iba a leer. Pero superó mi imaginación: “Las relaciones entre machos o hembras son pecados contra naturam, apunta el jesuita. “Decir que la sodomía no es pecado equivale a decir que si un hombre copula con una perra, cabra o burra no comete pecado. El segundo pecado contra la naturaleza se llama bestialidad.

“Todo lo que enseña la Iglesia de no discriminar a los homosexuales, ellos y ellas, se refiere a la inclinación, no a los actos.

¿Es cierto que los homosexuales deben abrazar la continencia perfecta? Sí, es cierto. El placer sexual no pertenece a las necesidades absolutas como respirar, comer y dormir”.

Este cura no tiene en cuenta el amor. Habla solo de copular. “El placer sexual no pertenece a las necesidades absolutas como respirar, comer, dormir” ¿Y el amor, no es una necesidad absoluta? ¿No sabe que el amor entre personas del mismo sexo existe con la misma fuerza y pasión y ternura, la necesidad de unión permanente, de comprometerse a vivir en plenitud ese amor como existe entre parejas de heterosexuales? Los gays establecen una relación de pareja en la que el amor, la fidelidad, la comunicación, el darse a la otra persona y querer hacerla feliz, como lo hace una pareja heterosexual que se ama, casada o no, es lo que distingue una relación fundamentalmente cristiana –que es a la que se refiere el papa Francisco en su histórico mensaje que está transformando la Iglesia: “Si una persona busca a Dios, es de buena fe y es gay, ¿quién soy yo para juzgar?”–, de otra que solo quiere tener “placer sexual” llevando una vida promiscua donde no existe el amor.

Invito con caridad a que este jesuita revise su pensamiento y de paso cumpla con uno de sus votos que está desobedeciendo. Además de los votos de pobreza, castidad y obediencia comunes a todas las religiosas y religiosos, los miembros de la Compañía de Jesús, los jesuitas, tienen un cuarto voto: absoluta fidelidad y obediencia al Papa.

En Estados Unidos se está viviendo una profunda crisis espiritual, teológica, pastoral y existencial frustrante o esperanzadora para la comunidad LGBT católica en diócesis y parroquias por ser aceptada en una Iglesia –y de nuevo me refiero a la Institución, no a la Iglesia formada por los hijos de Dios, mucho más humana, verdadera y seguidora de Jesús que la institucional–, de la cual todos somos parte. Esa crisis se vive muy intensamente entre los obispos, enfrentados en una batalla nacional por la defensa o condena de los gays católicos.

La plena acogida de ellos va en crecimiento asombroso y no tiene vuelta atrás. Hay muchos ejemplos pero carezco de espacio para informarlo. Cito uno: El cardenal de Newark recién nombrado por el papa Francisco, Josph E. Tobin, celebró una misa en junio para los miembros de la pastoral gay A imagen de Dios (In God’s Image) de la parroquia Sagrado Corazón, en esa ciudad en Nueva Jersey. El cardenal “encantado” de oficiar misa para ellos y darles la comunión, los fue recibiendo en la puerta y dándoles la mano a medida que entraban. Eran muchos, porque además habían asistido otros grupos gays católicos de Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut. La eucaristía concelebrada por cinco otros sacerdotes, hizo noticia en todo el país al tratarse de un cardenal que anuncia la buena noticia de que en su diócesis los gays católicos cuentan con una iglesia que los ama y los recibe con respeto, amor y solidaridad.

Links donde encontrarán ayuda:

In God’s Image

New Ways Ministry – con una lista de las parroquias que en cada estado celebran misa para los gays católicos

Pastoral de la diversidad sexual, CVX de Santiago, Chile, 

Les recomiendo la lectura del libro James Martin, SJ Building a Bridge. How the Catholic Church and the LGBT Community Can Enter into a Relationship of Respect, Compassion, and Sensitivity.

Un profeta ante el cisma de la Iglesia católica de EEUU

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Como a todos los profetas bíblicos que los líderes religiosos de su época y tierra rechazaron por predicar verdades insoportables para ellos y por eso los mataron, a James Martin, SJ, lo están haciendo trizas en la Iglesia católica de este país. Su reciente libro Building a Bridge. How the Catholic Church and the LGBT Community Can Enter into a Relationship of Respect, Compassion and Sensitivity (Construir un puente. Cómo la Iglesia católica y la comunidad LGBT pueden establecer una relación de respeto, compasión y sensibilidad), está causando un escándalo nacional, pero no porque lo católicos lo rechacen como quisieran muchos obispos, todo lo contrario. El éxito del libro, convertido en un bestseller de The New York Times, y cuyas críticas favorables y condenatorias muestran el debate transformativo sobre los homosexuales católicos, es precisamente porque reclama la debida aceptación y participación plena de ellos y ellas en la vida de la Iglesia.

En sus páginas los gays católicos hallarán todo lo sabio, compasivo, reconciliador y acogedor que esperaban de la Iglesia católica sin intentar renunciar a su fe ni a su orientación sexual.

Lo curioso dentro del gran cisma que vive la Iglesia es que no se trata solo de obispos que se niegan a aceptar a los gays y los que favorecen –como el papa Francisco– su plena pertenencia a ella, sino la abismal diferencia que existe entre los laicos y los obispos. En una investigación que hizo el Pew Research Center en junio de 2017 se demostró que dos tercios de los católicos (68%) apoya la unión de parejas homosexuales. Pero la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, incluida la Arquidiócesis de Miami, que se niega a aceptarlos, e incluso el arzobispo Thomas Wenski ha amenazado con despedir a quienes trabajen en la Arquidiócesis de Miami y apoyen las uniones homosexuales, se hace de oídos sordos ante el reclamo de la inmensa mayoría de sus fieles. ¿No se están negando esos obispos homófobos a escuchar la voz de Dios expresada no sólo por el papa, sino por la mayoría de los católicos?

“Los despidos masivos que se están llevando a cabo en la Iglesia porque el empleado es gay, hace que me pregunte: ¿Despedimos a divorciados vueltos a casar? ¿Despedimos a heterosexuales que viven en pareja juntos, pero no están casados? ¿Despedimos a católicos adúlteros? ¿Despedimos a los que usan contraceptivos? No, ellos siguen en su trabajo y están faltando a las enseñanzas de la Iglesia, cometiendo el mismo pecado grave que supuestamente cometen los gays que no son célibes, que viven en pareja con su ser amado”, dice el padre Martin en su libro.

“El asunto es que las enseñanzas de la Iglesia son las del Evangelio, y son las que no se practican. Somos selectivos al aplicar esas enseñanzas. Nos enfocamos en un grupo: los homosexuales. La gente straight no tiene una luz condenatoria encima, no sufren despidos de sus trabajos ni discriminación tan cruel como la sufren los gays”.

Habría que entrar de lleno en lo que el papa Francisco llama “la cultura del encuentro”. Es decir, encontrarse con “el otro”, escucharlo, conocerlo para comprenderlo, y así ir transformando los estereotipos anticristianos y construyendo una relación fraterna.

Pero los obispos, en muchos casos, no conocen a los homosexuales, no se juntan con ellos, no los escuchan.

Surge la pregunta de la lógica impecable: ¿Por qué una persona gay sigue siendo católica si sabe que su Iglesia la condena, que su comunidad parroquial lo discrimina, no lo recibe ni acepta que participe en cualquiera de los ministerios que ofrece su parroquia?

La respuesta es un misterio, como la fe o la orientación sexual. Tiene su raíz en lo espiritual, quizá en la formación religiosa de su hogar, en una conversión, en el fondo no es algo racional sino del Espíritu, que habita en ellos, y que le da la dignidad que poseen los hijos de Dios.

Hoy, después del declarado apoyo del papa Francisco a la comunidad LGBT y de la descentralización que está llevando a cabo en la Iglesia, los gays católicos saben que hay muchos sacerdotes y parroquias en los que son bien recibidos con su pareja o sin ella para la celebración de la Eucaristía y la participación en la vida de la iglesia. Y la recepción de la comunión es un aspecto tradicional de la ‘participación en la vida de la Iglesia’.

Este es la tercera semana que escribo acerca del tema que hoy divide a la Iglesia en EEUU. Para un entendimiento más abarcador de lo que sucede, recomiendo la lectura de “Los homosexuales y el cristianismo” (1 de septiembre) y “Una Iglesia que cambia para acoger a los gays” (8 de septiembre).

Ánimo, la apertura de una institución casi inamovible se está dando gracias al liderazgo de otro profeta, el mayor de nuestro tiempo: Jorge Mario Bergoglio, obispo de Roma, papa de la Iglesia católica.