La Habana y la fe poética

Dijo Coleridge que la fe poética es una voluntaria suspensión de la incredulidad. Eso permite, por ejemplo, abandonarse a un texto digamos voluntariamente visionario como La Divina Comedia de Dante, y leerlo con fe poética. Borges, que leyó la obra maestra del gran poeta florentino muchas veces y todas las interpretaciones y comentarios sobre la obra qur hallaba, aseveró que “No creo que Dante fue un visionario. Una visión es breve. Es imposible una visión tan larga como la Comedia. La visión fue voluntaria. Debemos abandonarnos a ella y leerla con fe poética”. (Peregrinaje de Borges por los laberintos de Dante, pag. 18. Arassay Carralero, Ed. Letras Cubanas, 2016).

A mí me parece extraordinario eso de que un ateo, agnóstico, escéptico o increyente, como quiera llamarse a sí mismo un lector que no cree en Dios, por amor a la literatura y el arte, decida abandonarse al placer inmenso que puede dar una obra religiosa o espiritual, dejándose llevar por la belleza del texto para poder apreciar un poema, un ensayo, una novela cuyo tema central es la fe, que es siempre un misterio, como la poesía. Y eso precisamente le pido yo al lector de esta reflexión que intenta narrar brevemente, cómo los renglones torcidos de Dios, que escribe recto, me trajeron al lugar que más he soñado desde que me fui de él hace más de cinco décadas: La Habana, Cuba. Ha terminado mi diáspora?

Llegó la hora que en la historia de mi vida quería el Creador. Vuelve a zarandearme el Señor de las Sorpresas para quien el tiempo ni el espacio existen, para Dios un día es como mil años y mil años es como un día.

La magnífica ciudad se presenta ante mis ojos inadvertidos como el hallazgo de un caudal en el que confluyen belleza e historia, persistente y agotada supervivencia y la vida normal del ajetreado ir y venir de trabajadores, niños, estudiantes, gente, la mayoría a pie que va de un lado para el otro, parada a la espera de autobuses llenos, pero con suficientes taxis de variados tipos y muchos más carros de los que antes había visto por las calles en mis anteriores viajes de pasada por esta ciudad en la que nunca me había quedado, siempre iba del aeropuesto a mi provincia. Nunca había sido mi destino. Hasta ahora. La Habana está llena de vida e invita con su agitación cotidiana a ser parte de ella.  

No puedo describir, nombrar lo que está siendo y haciendo en mí esta ciudad que me seduce. Voy caminando por sus avenidas y sus calles, y pienso que la brisa de la tarde o de la noche que me acaricia cuando doy mis paseos por el centro de la Avenida de los Presidentes, Calle G del Vedado, donde resido, es la misma o similar brisa que refrescaba a otros cubanos de pasadas e incluso remotas generaciones, que como estos de hoy están sentados conversando, riendo, , discutiendo acaloradamente, gesticulando como hacen los cubanos. Cuántas cosas ha visto y vivido esta Habana que está por cumplir sus 500 años de fundada. La Habana enamora, la frase es una realidad que compruebo cada día, a veces cada hora. Y ahora llego con 71 años, con la determinación e inmensa ilusión de conocerla, vivirla, sufrirla, amarla toda.

Tarde te conocí, Habana de mis lecturas literarias e históricas. No me fui de aquí con la amargura que muchos partieron y conservan. Yo era una niña. Y si no me hubieran enviado a Estados Unidos nunca? Cómo habría sido mi vida en mi país? No sé, pero sí sé que jamás montaría en un avión a una niña sola, sin su madre a un país extraño sin saber si la volvería a ver. Era 1962, mi pasaporte de entonces que aún guardo, está sellado: salida definitiva, sin regreso. Dios mío, y lo hicieron, con su mejor intención! “Para salvarnos”, qué error tan caro, qué error!

Por qué ahora, cuando no tengo las fuerzas que necesito para recorrer y cantar La Habana? Para amar y ser amada ahora, aquí, entregándome sin temor, con total arrojo a la pasión y la imprudencia que me darían 30, 20 años menos? Sé que puedo amar y la amo, a esta ciudad sin que tenga que ir acompañado o compartido por otro que contenga al importuno Eros. Pero es que en mi inconsciente a través de los años fuera de mi país, de esta tierra donde he sido feliz, en mi infancia y pubertad me adentré en los juegos y retozos propios de esa etapa, yo fui construyendo ─y lo vine a descubrir hace poco─ la imprecisa idea o la visión de que era en Cuba, solo en Cuba, donde de verdad el placer del amor humano, carnal, el que se da y se recibe con el alma y el ardiente sexo, es donde se podría alcanzar la unión con lo divino, ese amor total al que solo se podría llegar, digamos, en un éxtasis supremo, bestial o místico. Por supuesto que estaba equivocada, fue parte de la nostalgia, de la utopía. Ya pasó.

Llegué vieja a La Habana y con un largo y doloroso pasado. Sí, también tengo memoria de los instantes en que la alegría lo llenaba todo, y la consciencia de que eso no vuelve. La melancolía, las heridas, el luto interior que no muere de tus seres queridos idos para siempre. Vivir desterrada anhelando siempre el regreso, eso son pocos los que lo sienten hasta casi morir en el deseo. Relaciones amorosas dichosas y fracasadas, una vida profesional dedicada al periodismo puro y duro que me trajo triunfos y premios vacuos, críticas y condenas a veces peligrosas ─en Miami ser mujer homosexual, católica, demócrata liberal y periodista comprometida con la verdad puede ser letal emocional y físicamente─, el estrés acumulado deja huellas y se las cobra, todo eso lo traigo en mi ligero equipaje, que se resume en una sola frase: No he sido feliz.

Ante esta incertidumbre a la que no le falta la terca esperanza, aunque esté frágil ─camino despacio e insegura─, cargada de dolores, sin porvenir, me viene a la memoria uno de los pasajes bíblicos más significativos y hermosos: el llamado de Dios a Abram:

       “Yahvé dijo a Abram: “Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré… Partió Abram, tal como se lo había dicho Yahvé, y Lot se fue también con él. Abram tenía 75 años de edad cuando salió de Jarán”. (Génesis, 12, 1-5).

Abraham, que fue el nuevo nombre que Dios le dio al padre de la fe de las tres religiones monoteístas ─judía, cristiana y musulmana─ fundó el pueblo de los creyentes en Dios. Su mujer Sara se creía estéril y era una anciana cuando Dios le anunció a Abraham la Tierra Prometida y que Sara tendría un hijo. Y así fue, la vieja Sara dio a luz a Isaac.

Yo no fundaré nada, no daré a luz, pero eso sí, he llegado a mi Canaán.

Estoy consciente, no obstante, de lo asombrosos que son los designios de Dios y sé que es posible que me suceda como a Moisés, que divisó la Tierra Prometida, pero no pudo morar en ella.

Aunque ahora esté en La Habana, en una mañana gloriosa del 1 de octubre de 2019. Y por esto, nada más que por esto, doy gracias infinitas a Dios.

Ser nada y ser todo

La modorra de este pueblo comienza como a las dos y cuarto de la tarde, lo he notado. Te va rindiendo con lentitud los miembros del cuerpo, empezando por el cerebro, hasta que caes sumida en un sopor invencible. Suele durar unas dos horas, quizá algo más o menos. Todo ese tiempo hay un silencio absoluto, lo que espesa esa especie de nube flotante y vaga en la que te hallas. No piensas pero tampoco duermes, por lo menos yo no. Creo que se alcanza un estado poco inferior al de “la nada” divina que el poeta místico español San Juan de la Cruz tanto buscó y halló.

No hay esfuerzo, no hay mantra, no hay propósito. No hay nada. No se oye ladrar ni un perro callejero, de los varios que pasean por las calles del barrio, que ya los conozco. Flacos, de mirada triste, como derribados caminando despacio por los mismos lugares el día entero. Me dan tanta lástima, los acogería a todos.

Me he dado cuenta de que ni los pregoneros pasan durante ese lapso somnífero cotidiano anunciando lo que llevan, que por la mañana no paran de pasar con su voces entonando en gritos cortos lo que venden. Es por el sol de esas horas que asa la piel y el calor, que solo se tolera en las casas con ventiladores a máxima velocidad y sin girar, fijos en ti, porque podrías desfallecer en los segundos que gira sus aspas hacia otro lado.

Ay, ternura tranquila, mi existencia está abandonada a un sosiego desconocido. Que perduren estos días de letargo en los que no ansío ni recuerdo nada, nada. Solo ser, solo estar en este instante infinito, en este lugar que quiero y ha abolido el espacio que me separaba, que siempre me separó. Ya no. Pertenezco a esta isla y a este tiempo que continuará su andadura antes perpleja, ahora no, es mi eterno presente en una tierra y un cielo que me abrazan y susurran: me perteneces. No te irás más. Y yo mansa, le respondo: No, no me iré más.

Por qué me quedo en Cuba II

Imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre junto al altar de la Catedral de Pinar del Río, el 8 de septiembre de 2019. Foto: Dora Amador

Dentro de unos días me mudo para La Habana, donde me quedaré a vivir para siempre. Me parece mentira estarlo diciendo así, con tanta naturalidad. Es que tengo la seguridad, que no sé de dónde nace, porque es la irresolución lo que ha primado en mis viajes a Cuba en los últimos años. Pero este viaje no es como los anteriores, meses antes de venir una voz interior persistente me repetía que ahora era para quedarme, que la hora había llegado. Hubo como un movimiento indicativo de instinto de supervivencia. Y todo apunta a que la voz fue profética, no porque haya iniciado sin vacilación el proceso de  repatriación, sino por mi deseo de quedarme, más transparente y fuerte que nunca.

Yo no sería quien soy si no hubiera residido en Estados Unidos por más de 50 años, incluyendo por supuesto 2019 hasta agosto en que aterricé otra vez en un vuelo de American Airlines procedente de Miami en La Habana. ‘

No sé precisamente cuál es la razón primaria del paso que estoy dando, que necesito dar. Pero tiene que ver más con mi necesidad de Cuba que con mi rechazo a Estados Unidos, que es grande, fue aumentando a medida que descubría el rostro real de lo que hoy es una plutocracia despiadada que no creo que tenga vuelta atrás aunque pierda en las elecciones el presiente actual. De él no escribo nada más. Enough said.

Cuba sin embargo se eleva ante mi mirada como una isla paradisíaca que se está por conocer. Se presiente su asomo y la diviso lejana y me escucho a mí misma gritar: Tierra a la vista! Y tierra firme, la más firme de todas en el planeta. Tierra a la que perteneces, porque se pertenece a alguna siempre, que no todo es levitación o pantano.

Mi espíritu se llena de gozo solo con imaginar que andaré por ella y la iré oteando de Occidente a Oriente, de Norte a Sur. Sin apuro, con el tiempo que me pida cada lugar para observarlo e incluso estudiarlo. La arquitectura, el arte, las ciudades, las aldeas o pueblitos, la flora, la fauna, las costumbres, caminar por los pasillos y salones y patios de La Universidad de La Habana, visitar la tumba de José Martí, adentrarme en los bosques. Quiero entrar en algunos montes y pasar días y noches a solas con la naturaleza, en alguna cabaña, que sé que alquilan. Pasar horas mirando las estrellas, eso lo hice cuando era niña y mi madre, que por un tiempo fue maestra rural, me llevó con ella a un pueblito al que tenía que llegar a caballo desde lo que se llama el Entronque de Herradura. No olvido una noche muy oscura que estaba fuera de la casa, iluminada con velas, piso de tierra, una penumbra maravillosa en que los cuerpos eran sombras. Miré hacia arriba y me quedé extasiada ante la noche estrellada, y había luna, muy fina y arqueada, apenas iluminaba, pero como siempre me sorprendía su belleza, su encanto amoroso que te hacía volver los ojos a ella, para verla una y otra vez hasta despedirla con una última mirada.

Otra razón poderosa es mi necesidad de ser parte de este pueblo que pasa trabajos, carece de cosas esenciales que a mí me han sobrado, que es pobre en su inmensa mayoría. Es el pueblo cubano. Yo quiero ser parte de este pueblo. Vivir y morir aquí.

Al ser una jubilada, como le dicen aquí -allá es retirada- el asunto de la trágica falta de transporte no me golpea tanto, pero me apena la gente desesperada. La carne, todo tipo de carne, me es indiferente, soy casi vegetariana. Aquí donde he estado residiendo, un remanso de paz donde las horas pasan lentas y paseo con mi perro por el barrio al caer la tarde, los dos husmeando todo. Lo disfrutamos ambos. Yo miro las casas con las puertas y ventanas abiertas, las personas mirando las novelas de televisión o conversando en la sala, a veces no veo a nadie. Anoche hubo luna llena, y cuando la vi recordé de inmediato las que veía allá en mi barrio miamense cuando salía a pasear con mi perro de noche, como aquí. Varias veces la retraté. Pensé, es la misma luna que en esta hora exacta estarán algunos admirando en Miami.

En esta casa, que puedo afirmar que es como todas, de pueblo, sin pobreza pero mucho menos riqueza, normal casa cubana,  en las comidas se sirve pollo, picadillo de carne o de pavo, ensaladas de tomate, lechucha, pepinos, etc., bistec de puerco  salchichas, pescado, colas de langosta -tan preciadas allá, aquí se consiguen con facilidad en el puerto de La Coloma, muy cerca de la ciudad de Pinar del Río, observe el mapa-. Lo que falta bastante es la carne de res, pero también se consigue con divisa, es decir la moneda llamada CUC. En Cuba hay doble moneda, una para el pueblo cubano, que se llama CUP o peso, y esa otra, que es para turistas y otros extranjeros.
Para intentar asfixiar al pueblo cubano es por lo que se ha lanzado la última medida de limitar el envío de remesas de los cubanos residentes en Estados Unidos a sus familiares en la isla, para que los cubanos no coman ni un pedacito de carne. Eso se lo debemos a los congresistas cubanoamericanos de allá, que sí comen suculentos steaks en sus restaurantes de Washington, DC. Y dicen querer apoyar a los cubanos de a pie. Hipócritas.

La comida cubana que como día a día me encanta. Plátanos preparados de varias formas deliciosas, malanga, aguacates riquísimos, los mejores, arroz y frijoles naturalmente, harina con huevos fritos arriba, tamales como jamás los había probado, boniato, yuca, fruta bomba hecha dulce, batido o en trozos naturales, casquitos de guayaba con queso, platanitos manzanos, natilla con una capa de caramelo arriba, pastelitos. Son los alimentos cotidianos de Pinar del Río. Y el café no falta nunca, riquísimo. El desayuno es como en casi todas partes: café con leche y pan, yo no como mantequilla, pero la hay, y jaleas de frutas de España.

Hay varios Minimax, en la Calle José Martí o Calle Real de productos de España e Italia principalmente, donde se encuentra lo que busque alguien que quiera preparar platos más comunes al gusto estadounidense o europeo. Hay de todo. E incluyo no solo carnes de varios tipos y quesos, también embutidos, pastas, chorizos, cereales, leche, vinos, bebida, cervezas, unos frascos plásticos de piña colada o daiquirí, que bien fríos son la vida, productos de limpieza y aseo personal, galleticas, helados, etcétera. Quise retratar los anaqueles llenos pero no me lo permitieron. No creo que pierda el tiempo mencionando esto, porque los cubanos de Miami que no han venido a Cuba pero que no paran de criticarla no saben muchas cosas que cambiaría su opinión si tienen contacto con el pueblo, caminan por sus calles y comprueban que todo no es tan espantoso como lo pintan, sobre todo los derechistas republicanos que no tienen familia aquí y les importa muy poco el devenir de este pueblo noble, alegre, valiente.

Cierto, hay falta de muchas cosas vitales, como petróleo, y ya anunciaron que vienen apagones (desde que llegué hace tres semanas no ha habido uno, y el día antes de irme de Miami me llenaron la cabeza de alarmas ante la situación “en candela” que iba a enfrentar. Bien, yo afirmo que estoy dispuesta a confrontar las situaciones que vengan. Qué tal eso? Me siento más feliz con estas faltas que en la abundancia de Miami. Decidí dejar el país del descarte por el de la carencia. Estoy en paz con esa decisión, aunque me sentiría mucho más feliz si eliminan el bloqueo lo antes posible y podemos tener un nivel y una calidad de vida mejor.

En cuanto a la política no pienso en ella. Me afectan las decisiones de los políticos, las medidas y leyes que se aprueban, claro, como a todo ciudadano. Pero vivo el ahora de cada día en gratitud por todo lo que Dios me ha dado y da. Y no me siento en ánimo de condenar ni criticar al presidente Díaz Canel, que por cierto, me cae bien, ni a los ministros, ni a nadie. He estado viendo la Mesa Redonda, veo los noticieros, como los veía en Miami. Eso sí, programas culturales y películas mucho mejores que las que transmiten los canales hispanos de allá.

Soy ciudadana de dos países enemigos. Aunque no hay duda de que Estados Unidos es más enemigo de Cuba que Cuba de Estados Unidos. Me he colocado del lado de Cuba, que sufre diariamente la crueldad impuesta a ellos por sus hermanos cubanoamericanos congresistas y una piña descarada de micrófono abierto, que da asco. Les divierte y se sienten orgullosos de que se “aprieten las medidas contra Cuba”. Hay que vivirlo para saber lo que es.

Hace un rato entré en Facebook y vi las colas y los molotes de gente formados alrededor de carros pidiendo transporte. En Miami hay muchos que gozan de lo lindo viendo eso. Yo no. El embargo hiere directamente al pueblo, no a los gobernantes. Ellos tienen transporte y comida, no carecen de nada. Pero el pueblo cubano sufre mucho. Sé bien de su insensibilidad para con sus hermanos cubanos de la isla, pero ellos ignoran la gran verdad que muchos sabemos y que dijo la senadora aspirante a presidenta Elizabeth Warren en el debate de los candidatos demócratas hace dos noches en Texas: “La mejor manera de promover un cambio es empoderando al pueblo cubano, no castigándolo”.

Y por último, pero no por eso de mínima importancia en la toma de mi decisión, está mi situación económica. El dinero que recibo del Seguro Social y de mi pensión no me alcanza prácticamente para vivir en Miami. Tenía una casa propia, pero la vendí, regalé casi todo lo que poseía y me fui de Estados Unidos como misionera a América Latina. Una aventura muy valiosa, de gran aprendizaje que me preparó bien para lo que viviría después, sin yo saberlo. He sido aventurera nada me pesa. No ahorré para el tiempo del retiro, gasté lo que ganaba en lo que cuesta vivir, mantenerse y en vacaciones por tres semanas anuales en suficientes ciudades hermosas. Hay una realidad, en Estados Unidos, a no ser que seas rico, o tengas un salario descomunal, que aunque alto lo tuve pero no tanto, o ahorras o vives cómodamente y viajas. Yo elegí vivir. Y vivo.

Soy la hija pródiga, por eso soy tan agradecida. Constatar con cada amanecer, cuando abro los ojos que estoy en Cuba, no es razón inmensa para vivir en constante estado de gratitud a Dios? Lo es. Lo es! Lo sé, aunque vaya contra todo lo que piense, diga, condene la nación cubana en la diáspora.

A los congresistas cubanoamericanos

Por una política de acercamiento, levantamiento del embargo, de la construcción de la cultura del encuentro, de amistad. Estados Unidos tiene relaciones comerciales y de todo tipo con Vietnam y China, es hora de que la tenga con Cuba. Pero los congresistas cubanoamericanos parece que quieren hacerle daño al pueblo cubano. No al gobierno, como dicen, por qué?

Muchos años llevo denunciando como inhumano el embargo que tiene impuesto Estados Unidos contra Cuba hace más de 5 décadas. El resto del mundo lo hace, así como numerosos congresistas de ambos partidos, unos por considerar que, en efecto, es cruel y a quien le hace daño es al pueblo, no al gobierno de Cuba. Otros movidos por motivos económicos, pues saben las ganancias que obtendrían cientos si no miles de empresarios estadounidenses si se les permite hacer negocios con la isla. Qué decir del bien que le haría a los cubanos de pueblo en términos de alimentación y medicamentos, elementos fundamentales para la vida.

Se lograrían de inmediato mejoras enormes en casi todas las ramas de la infraestructura y la estructura social, económica, existencial del país: necesitamos con urgencia equipo avanzado, digitalizado de primera categoría de investigación sanitaria en hospitales, clínicas y centros de tratamientos de enfermedades específicas, equipos y material para las cirugías. Todo el equipo y la técnica necesarios para la agricultura que haga posible que Cuba se pueda abastecerse de alimentos y no tenga que importar lo esencial, además de impulsar el crecimiento de mayor exportación de productos y servicios que al hacerlo no afecte a los cubanos. Mejoramiento o reconstrucción total del sistema de acueductos y alcantarillados; construcción de viviendas, arreglo substancial de calles y carreteras, renovación de edificios y casas. Incluyo textiles, ropa de vestir, zapatos, materiales de baño y cocina, muebles, pinturas para las casas. De eso no hay ni remotamente suficiente en el país, aunque cueste trabajo creerlo.

Eso lo saben los congresistas cubanoamericanos republicanos. Pero lejos de abogar por la eliminación de esa abominable medida que va en contra no ya del bienestar de sus hermanos cubanos de la isla, va en contra de los intereses de Estados Unidos, al que están obligados a servir como servidores públicos que son. Estos cubanoamericanos republicanos que ejercen su mala voluntad en el Congreso restringiendo los derechos  ciudadanos estadounidenses para que se les prohíba venir a Cuba -pero ni por asomo se atreven a legislar para impedir que viajen a China y Vietnam, por ejemplo- son responsables de miles de muertes de cubanos por falta de medicamentos y cientos de accidentes o padecimientos vinculados al embargo.

Para apreciar mejor la podredumbre moral y humana de estos congresistas, imaginemos por un instante que polacos, checos, venezolanos, chilenos en una situación como la nuestra, hicieran eso contra su propio pueblo, porque su lógica enferma les dice que así es como la gente va a estallar, salir a la calle y derribar al gobierno. Es monstruoso imaginar eso, sin embargo lo hacen con intenso sentido de victoria los congresistas cubanoamericanos. Y aclaremos: Es una mentira. Ningún gobierno ha caído por el hambre y la miseria del pueblo que gobierna. Tenemos ejemplos de sobra en la historia.

 A estos miserables les importa un muy poco la calidad de vida del pueblo cubano a quienes dicen defender, pero no engañan hoy a casi nadie. No tienen alma, si la tuvieran, hubieran trabajado arduamente para que se eliminara la ley del embargo hace rato. Ah! Y casi todos se consideran cristianos, católicos. Se atreven a comulgar? Pregunto, porque sería un sacrilegio.

“La Caridad nos une” es el lema que repetimos los cristianos cubanos teniendo en mente siempre no solo la caridad, que es amor, sino a nuestra Madre, la Virgen de la Caridad del Cobre, cuya fiesta celebramos ayer.

Qué tristeza y decepción dan ver la podrida madera de la que están hechos los cubanoamericanos influyentes en el Partido Republicano, cuya corrupción no tiene medidas bajo el mandato de Donald Trump.

Ahora el presidente redujo a $1,000 dólares cada tres meses la cantidad de dinero que le puede enviar un cubano en Estados Unidos a un familiar en la isla. Esa medida no salió de él, se la metió en la cabeza Marco Rubio, Aldo Sires, alguno de ellos, o todos juntos después de discutirla en algún lujoso restaurante de Washington, DC, después de un sabroso almuerzo con sus correspondientes botellas de vino. Son seres cuyo valor máximo es el oportunismo, deseos de escalar puestos y venderse a los cabilderos que mejores les pagan en el Congreso. Ellos están satisfechos, logran sus planes mientras llenan sus estómagos y satisfacen su cerebro discutiendo la forma de hacer daño a los desvalidos, a los necesitados porque eso es el cubano de a pie. Estoy aquí, en Cuba. No me cabe la menor duda de que el daño del bloqueo es cierto, una realidad ante cualquiera, pero ellos ni tienen familia aquí ni les interesa el pueblo cubano.

Y los republicanos estadounidenses aprueban las medidas porque supuestamente van a obtener ganancias en las elecciones de la Florida en  la votación de 2020. Son además de ignorantes, cerriles. No han visto los estudios, que muestran cómo ha cambiado el voto de los cubanoamericanos, que apoyan mayoritariamente el fin del embargo y al Partido Demócrata? No han verificado en los resultados de las elecciones de 2016 que Trump no ganó el voto cubanoamericano? Miami es otro, despierten, necios. Las derrotas de los aspirantes republicanos María Elvira Salazar y de Carlos Curbelo debería de abrirles los ojos, si lo que buscan, por supuesto son votos.

La muerte de cientos de personas se debe a la política de apoyar con todas sus fuerzas y recursos a la Asociación Nacional del Rifle, porque se embolsillan millones de dólares de esa organización, ya denominada terrorista. El senador Marco Rubio, un cobarde, no asiste a invitaciones de multitudes de ciudadanos que quieren hablarle y escuchar su posición acerca de su apoyo incondicional a la venta de rifles de asalto, después de todo lo que ha pasado, son las armas que utilizan los asesinos que han causado cientos de masacres en escuelas, estadios, teatros, tiendas, etc. Cómo va a asistir? Rubio jamás pondría en juego los $3.3 millones que le ha aportado hasta ahora la Asociación Nacional del Rifle. Está vendido, nada que hacer.  

Que se sepa, este escritro va dirigido a la piña derechista de los Díaz-Balart, Ross-Lehtinen, Sires, Cruz, Rubio, y todos los que los apoyan la injusta, despreciable ley del embargo contra Cuba. Recuero bien las palabras del papa Juan Pablo II cuando visitó Cuba en 1998. El embargo, dijo, es “éticamente inaceptable”.

Pero que saben de ética los congresistas cubanoamericanos? Nada, ni les interesa.

Tengo grandes esperanzas de que en noviembre de 2020 triunfen los demócratas en ambas cámaras y la presidencia. Entonces cambiará la política para bien del pueblo de Estados Unidos, donde he vivido más de 50 años, y cambiará la política hacia Cuba, tendiendo puentes de amistad, construyendo la cultura del encuentro que nos hará salir de la pobreza y nos permitirá la edificación de una economía de mercado libre y justa, socialista y democrática sin permitir jamás que en este país se imponga el neoliberalismo fascista de un Donald Trump.

Por qué me quedo en Cuba

Se cumple el más fuerte deseo de mi vida, regresar para siempre al país donde nací. Tengo que dar razones? Creo que la mayoría de los cubanos de la diáspora las conocen muy bien porque ese anhelo está arraigado en ellos. La añoranza de la patria pertenece al inconsciente colectivo de los pueblos, al terreno de la antropología que evidencia la necesidad innata de pertenencia a un lugar y una cultura originarias, identitarias que solo muere con la muerte de cada refugiado o emigrado.  

Sé que generalizo y hay un gran número de cubanoamericanos que no lo haría. A ellos también les sobran razones: la creación de una familia ya afincada en Estados Unidos, incluyéndose a sí mismos y su descendencia estadounidense; una estabilidad existencial a la que no renunciarían jamás por una Cuba que consideran inexistente desde que se fueron y la enterraron como mecanismo de supervivencia, reservando solo la nostalgia de un pasado que jamás regresará; la sobrevaloración de Estados Unidos en todos sus ámbitos como nación poderosa e invencible, y saberse sus ciudadanos, desempeñó un papel clave en que se diluyeran en el crisol de nacionalidades, etnias, razas que conforman lo que ha sido acuñado como el melting pot americano. Y siempre están los que partieron al principio de la revolución ya adultos, la mayoría muy ancianos o difuntos que se juraron a sí mismos jamás volver a Cuba hasta que no callera el gobierno comunista, lo consideran una imperdonable traición a sus principios patrios.

En mi caso, que salí en 1962 siendo niña, el deseo de volver ha sido una constante. La salida partió mi vida en dos, es como si hubiera sido mutilada y solo recuperaría mi integridad en Cuba. Regresé por primera vez en 1979 cuando los viajes de la comunidad. El reencuentro con mi familia y mi país tuvieron que un efecto muy fuerte, me quedé sin voz al segundo día de mi llegada, no porque hablara mucho, sino por la conmoción intern. Cuando yo me fui te dejaban saber bien que sería para siempre, jamás volverías a pisar suelo cubano. Te sellaban el pasaporte con la frase “Salida definitiva”. Cuba quedaba atrás para siempre. Fueron años durísimos, en que los cubanos llegaban a Miami en oleadas de miles semanalmente a buscar trabajo, ubicarse, sobrevivir en una tierra yuna cultura ajena, partir de cero, sin un centado ni nadie que te diera una mano amiga. La incertidumbre aplastante.

Conviene recordarle a las nuevas generaciones que hoy llegan a Miami lo que era ese lugar. Nada. Terreno con reses, algunos hoteles y tiendas en la playa adónde venían a jubilarse los judíos del norte del país por el clima estupendo. Y justo es reconocerlo: la metrópoli gigante, la capital de América Latina, como le llaman, una de las ciudades más importantes de Estados Unidos y sin duda de las más ricas es Miami ahora, y se le debe a los millones de cubanos que hicieron de ella su segunda patria. Miami querida, sí, pero más amo La Habana, y por eso regreso, basta de esperar. El momento es ahora.

Aquí, a mi ciudad natal, Pinar del Río volví en 1998 a raíz de la visita de San Juan Pablo II con la intención de mudarme para acá, pero que no pudo ser. Y a partir del 2015 he venido todos los años.

Ha sido un viaje más bien interior. Comienzo el proceso de repatriación, los años que me quedan con fuerza y alegría y ánimo se los entregaré a Cuba, a vivir inmersa en mi cultura, a ayudar en lo que pueda en la reconstrucción del país que amo, golpeado brutalmente por el bloqueo de Estados Unidos y cierto, la ineficacia de un gobierno excesivamente centralizado que no le dio libertad a la creatividad y la iniciativa de los ciudadanos para que emprendieran nuevos caminos en una economía próspera pero justa, socialista democrática, permitir jamás que se imponga aquí el neoliberalismo, la plutocracia criminal que se vive en Éstados Unidos bajo el régimen fascista de Donald Trump y los republicanos.

He llegado. Y con la ayuda de Dios es para siempre el regreso, para amar y vivir junto a mi pueblo.

Olvidarte

Herida de amor inicié el viaje. El tiempo, las experiencias que me esperan para descolocarme, la acogida de otros, desconocedores de todo, y por tanto con quienes no se pronunciará un lamento o un anhelo inútil. La necesidad de sobrevivir a la desolación, la desesperanza, el desamor vencerán los recuerdos, la melancolía y el fracaso. El sufrimiento que su desprecio y su inexplicable odio hacia mí me causaron no lo puedo describir. Sus palabras fueron golpes dados con saña, la intención de hacerme daño, lo vi, lo pude comprobar no una, muchas veces. Mi inconsciente se negaba a aceptar las palabras que salían de sus labios, que yo amaba. Por primera vez sentí asco de mí misma, la mujer que yo había sido hasta entonces dejó de ser. Me sorprendía e incluso asustaba mi falta de dignidad, mis preguntas e incomprensión ante aquella mirada fría, despiadada en la que vi placer porque me hería. Esa no persona que llegué a ser se derrumbó.

Sé por qué caí. Porque fueron muchos años de soledad y soberbia: Yo? Enamorarme de nuevo? A esta edad? ­No existe una sola posibilidad, mi determinación hace muchos años que estaba hecha, la idea de tener una relación amorosa era tan ajena a mí que no contaba para nada, ni siquiera se me ocurría. Además por Dios, mi libido murió, o creí que había muerto a medida que pasaron los años y mi vida se fue centrando en un mundo espiritual, contemplativo, ese que va develando tu verdadero yo desprovisto de las necesidades falsas y la búsqueda de la felicidad ficticia y material que nos ofrece este mundo desalmado. Your true self, tu tú misma que descubres en magnificencia asombrosa con la práctica de la oración, la meditación, las lecturas de espiritualidad, el serio estudio de las Sagradas Escrituras, los sacramentos, las obras de caridad, la denuncia de la injusticia, la búsqueda del bien común que nos debe implicar a todos, la Presencia amorosa de Cristo en mi corazón. Habrá proyecto de vida mejor, mayor? No, ese es o debería ser.

Por lo dicho repito que no estaba ni remotamente preparada para lo que llegó a mi vida como un huracán que también supo ser brisa suave: tal ternura y pasión hecha carne, hecha piel desbordaron toda mi capacidad racional y mi determinación de no permitir que nada alterara la paz alcanzada. Pero la vida, la plena, la abundante, la que es ardor y delirio, éxtasis y gozo con ansias de morir entre sus brazos, besándonos tardes, noches enteras se transformó en el motivo culmen de mi existencia. La espontaneidad y confianza absolutas en el otro ser al que te das, la dádiva en gratuidad total, me movían a querer eternizar el instante aquel que sacudió cada fibra en mí.

Esa entrega al amor inesperado hicieron de esta mujer que entonces tenía 70 años, yo, un ente tan ridículo e indigno que merecería una buena tanda de plañideras vestidas de negro y después otra de jóvenes en atuendos de colores y rostros y cabellos y piel y ojos y cuerpos juveniles preciosos riéndose por detrás o frente a mí. Algunos más sensibles, tal vez me tendrían lástima, otros mirarían a otra parte por vergüenza ajena. Así me imaginé el cuadro.

Después de probar la dulzura inefable de este renacer a lo que había sepultado sin casi notarlo, que arribaba de súbito lo recibí como un don inmerecido, porque yo también hice daño, yo también hice sufrir a personas buenas que me amaron y las abandoné. Y a fin de cuentas fue feliz y apacible el largo tiempo que me tocó vivir sin amar ni ser amada, excepto por y a Dios. Sí, la llegada del indómito y temible Eros fue un misterioso don. También una enseñanza de humildad por mi soberbia de creerme por encima de las necesidades y deseos demasiado humanos, sigo siendo de este mundo de barro y cenizas. Mordí el polvo merecido. Aprendí la lección, el volcán de la carne permanece vivo hasta el último suspiro. Es una paz armada.

Me cuestiono si he amado así antes, porque el amor que hiere y mata de esta manera ruinosa no se conoce hasta que llega la vejez. Si te pasa, entonces cíñete la cintura, valiente, como dice la Escritura, ármate de toda la fuerza de voluntad, dignidad y vergüenza de que seas capaz. La humillación y la derrota son implacables cuando tienes 70 años y te enamoras como una adolescente de alguien que te abandona al poco tiempo como basura, como no merecedora de su grandeza e inteligencia.

Una anciana enamorada, a qué compararla? Si a quien amas -tampoco joven, ella tenía entonces 67 años-, se burla de tu edad, te lanza dardos venenosos o bromas sin maldad, pero bromas, acerca de los años que tienes, e incluso te advierte sobre una posible demencia senil o un alzheimer inminente?

A qué comparar una vieja enamorada? A una flor muerta, casi seca y doblada, fea, que sin saber cómo ni por qué se vuelve capullo y se abre en bellísima flor; acaso a un frasco de esencia contenida que al abrirlo llena la habitación entera de su aroma embriagador. También se puede comparar a las fases de la luna, que una noche aparece en hermoso y finísimo arco que se va llenando hasta henchirse, plenilunio que se refleja en el mar donde unos pies descalzos se encaminan agua adentro y se detiene y extiende los brazos para abrazar la noche. Es una mujer ilusionada la que se encuentra en el mar como hechizada. Atrás, en la arena, junto a un amigo de la señora del agua, está otra mujer que la observa. Soy yo. La imagen aquella no se borrará. Las dos son inmensamente felices esa noche de octubre de 2018.

La playa está casi desierta, el lugar es South Pointe, en Miami Beach. Entonces comenzaba la relación, se iban conociendo muy lentamente, porque las horas se iban en hacer el amor. La relación continuó, y fue creciendo en la mujer qué bañó sus pies en la playa como una necesidad ineludible de enjuiciar a la otra, que no entendía nada. Qué pasaba, si apenas unos minutos antes se habían amado en la cama como lobas salvajes o corderitos que solo saben escuchar y emitir susurros, pedir caricias?

Del juicio disimuladamente condenatorio pero lapidario, pasó a la agendada tarea de herirme, de hacerme el mayor daño posible. Me di cuenta que me odiaba. Y yo la amaba. La amo, no me avergüenza decirlo.

Le pido a Dios que me ayude a olvidar todo lo malo y en su lugar quede únicamente el recuerdo de los hermosos momentos que vivimos juntas.

La última vez que nos vimos fue el día de mi cumpleaños. Hacía casi dos meses que no hablábamos. El 3 de abril estuve en su casa para entregarle algo que le pertenecía. Noté que tenía miedo, no sé por qué, jamás hice o dije nada que pudiera provocar ese sentimiento en ella

Entonces llegó el 17 de mayo de 2019, día en que cumplí 71 años. La invité a celebrarlo conmigo. Me dijo que sí y fuimos a cenar a un restaurante español con un show flamenco. Fue una noche especialmente feliz. Guardo una de las rosas del ramo que me regaló en esa fecha memorable en que me pareció que yo le importaba, hubiera creído que hasta me quería. Al dejarme en casa nos despedimos como dos amigas. Insistió en que me quedara con lo que quedaba de una de las dos botellas del vino exquisito que tomamos. Ella conoce mucho de vinos. Me acerqué para besarla en la mejilla pero giró su rostro y me besó muy suavemente en los labios.

Me bajé del carro y desde la entrada de mi casa, a la que me dijo despectiva que nunca más volvería a entrar después que vio mi pobreza -la situación en la que nos hallamos la mayoría de las personas jubiladas en Estados Unidos-, mi casa era un cuarto y un baño. Ella es una mujer de status, de dinero y gustaba demostrarlo. Conste, desde el principio supe que sería un obstáculo en la relación. Yo no podría pagar los restaurantes que le gustaban, por ejemplo, uno al que me llevó donde la cuenta fue, por solo nosotras dos, de casi $400. Sentí repulsión y la comida apenas la probé, no me gustó. Ella comió, para mi gusto, en exceso. Bien, aquella festejada noche elevé la botella de vino y el ramo de rosas diciéndole adiós. Pasaron unos segundos y se marchó. No la volví a ver.

Hoy la comprendo y la perdono. La fui conociendo entre asombros y sobresaltos mientras me iba rompiendo como ser humano, hasta que descubrí su horrible verdad. Es alguien que ha sufrido mucho, además, es alcohólica y bipolar.

Ambas son enfermedades y soy una gran defensora de eliminar el estigma de las enfermedades mentales. Yo padezco una: ansiedad generalizada, para la que tomo ansiolíticos. Es un mal crónico, como la diabetes, no se cura, pero es tratable. Se hereda por línea materna. Ella padece de bipolaridad 2, que es una manifestación menos grave que la bipolaridad 1. Es un padecimiento que se manifiesta en cambios de estados de ánimo. En la 2 es más prevalente la depresión que el estado de manía, la exaltación de grandeza y poder. Las personas bipolares tienden al alcoholismo para sentirse mejor ante la constante amenaza de la depresión profunda y las características autodestructivas que la definen y la pueden llevar al suicidio.

Supe de su padecimiento poco antes de terminar definitivamente la  relación tormentosa, estuve dispuesta a seguir toda la vida a su lado acompañándonos en nuestras fragilidades.

Pero me di cuenta de que esos no eran los peores obstáculos, había uno peor, el que más daño le hace y probablemente el causante de sus enfermedades: un conflicto familiar que no tiene remedio y del cual se siente culpable. Su vida es un castigo autoinfligido, y lo lamentable es que proyecta el odio contra sí misma en la amante de turno. Es una mujer herida que hiere, no sana ni quiere sanar a nadie. Afirma que cada cual hace lo que le da la gana con sus heridas. Es atea pero prefieren que la llamen “escéptica”. Pero necesita demostrar a cada paso su increencia en nada que no sea científico, razonable. Pero aclaremos que fe y razón no son irreconciliables, todo lo contrario. Cada vez hay más científicos que se acercan a la espiritualidad. Y qué decir de los estudiosos de la cosmología, de los físicos? Los médicos y enfermeras al cuidado de enfermos terminales?

No soy mejor que ella porque crea en Dios, quizá alcance la gloria y yo no. Quién es quién para juzgar?

Soy una mujer rota, ella también. Pero yo sí quiero su sanación y su felicidad. Que Dios le quite la culpa que siente, no es culpable de su problema familiar. Ama y vive entregada a sus hermosas hijas y nietos, con quien se siente perpetuamente en deuda. Es homosexual, se cree liberada, pero no es más que una víctima transformada en victimaria de la persona de quien se enamore.

Quizá me amó y por eso necesitó desbaratarme. Lo logró.

Ayer domingo fui a misa en la catedral, en la que me bautizaron e hice la primera comunión. Hay un nuevo obispo en la diócesis de Pinar del Río, y precisamente ayer el papa Francisco nombró un nuevo cardenal para Cuba, Juan de la Caridad Hernández, arzobispo de La Habana. Qué regalo haber podido asistir a la Eucaristía en mi catedral y salir con esa nueva certeza del amor de Dios, que nunca me abandonó. Aunque sé que el hunde y levanta del polvo. Levántame, Dios de mi corazón.

La llegada

Mi perro muere de contentura, lo veo mover la cola sin parar yendo de un lado al otro de la casa como si no le alcanzara todo el tiempo del mundo: le ladra a quien llegue para después hacerse un merengue a sus pies  demostrando que no hay que temer, no muerde, ladra, está rodeado de seres humanos que conversan y se ríen y gesticulan con brazos y manos y hay momentos en que hablan varios a la vez. No sabe para dónde mirar, porque quiere mirarlo todo con los ojitos que se le desbordan de alegría y sorpresa. Además está conociendo una casa nueva, grande, en la que sobra espacio para correr, que no es la suya y la mía allá, diminuta. Me encanta verlo así. Teníamos una vida tan solitaria y silenciosa allá, en la ciudad del sol, como le llaman a Miami, pero para mí es la ciudad de hielo, de piedra helada el corazón, de fibra fría el alma de un incontable número de sus dos millones de habitantes, la mayoría cubanoamericanos. 

Ahora estamos en la ciudad de Pinar del Río, Cuba, con mi familia. Como sucede siempre, costumbre amable -del verbo amar-, van llegando primos a verme (tengo siete con sus correspondientes cónyuges e hijos). Algunos se aparecen inesperadamente a la puerta, siempre abierta, entran, conversamos, nos reconocemos y alegramos de vernos de nuevo. Son tantos los años que han pasado. Somos una familia muy grande separada en mi caso por más de cinco décadas, 57 años hace que me fui.  Soy solo uno de los cientos de miles de cubanos en la diáspora que vienen a ver a su familia una o varias veces al año. No es mi caso.

He venido a quedarme, para vivir aquí el tiempo que me quede hasta que llegue la muerte. Ese es mi proyecto de vida, no sé cuál será el de Dios. Suelen no coincidir, porque como dice Pablo: “todo conspira para el bien de los que aman a Dios” (Romanos, 8-28). Yo lo amo. Espero que esta vez coincidamos.

Pero me temo que hablo demasiado del futuro, aunque sea inmediato. Eso no es bueno. Vuelvo al presente, en el que me ha dado una gran sorpresa mi rodilla por una caída. Me duele horrores. Mi habitación está arriba. Los peldaños son muy altos. Paso el día leyendo sentada con la pierna elevada a ver si llego con vida a La Habana.

Cierta felicidad se me adentra sin remedio en este, mi antiguo ámbito que resucita ante mis ojos de asombro: ventanas y puertas abiertas, el café acabado de hacer otra vez (La Llave, Pilón, fabricados por cubanos en Estados Unidos, que les traigo a todos), voces que entran de la calle en todo momento, gritos de niños jugando, motores, altísimos o lo que a veces percibo como gemidos de los pregoneros de viandas y palitroques u otros alimentos el día entero, canciones de la radio vienen de lejos, y me divierte que al atardecer oigo la llamada de las madres a los muchachos en las calles: “Fulanito, ven a bañarte!” Sí, sigue la costumbre, porque cuando vivía aquí la gente se bañaba siempre a las cuatro o a las cinco a más tardar. No sé por qué. Todo es tan distinto y a la vez reconocido, como un lejano eco que se iba muriendo y de pronto vuelve.

El calor de agosto es intolerable, agua fría y ventiladores para palearlo. Todo es nuevo y significante. El ahora se impone con fuerza, no te deja, es muy intensa la experiencia de vivir en Cuba.

Por fortuna o por designio sí voy dejando atrás el pasado lejano, ese colmado de aventuras y responsabilidades, de trabajo cumplidas, existencia laboral fascinante y agotadora, estresante, ansiosa que sí, me hizo dichosa pero me destrozó emocional y psíquicamente. Qué me importa a mí hoy que me barrieran por el piso: ser periodista honesta, que investiga e informa la verdad en Miami es casi suicida. El terrorismo verbal no cesa, aunque hayan pasado 60 años, lo he vivido en carne viva más de 35 años. Estoy agotada. Dejé de ser columnista en El Nuevo Herald después de 25 años, el verano pasado, porque dije la verdad sobre el presidente Donald Trump, el supremacista nazi que promueve la matanza de negros e hispanos, encierra en jaulas a niños inmigrantes después de separarlos de sus padres a la fuerza en la frontera, que viola y abusa de las mujeres porque es misógino y abusador patológico. Que impulsa a la creciente ola de nazis de todo el país para que marchen libremente con banderas de swásticas y confederadas, amenazando y llevando a cabo masacres de judíos, y todos los que lleguen de “países de mierda” como le llama Trump a Àfrica y Amèrica Latina.

Una de las cosas que más han escandalizado a miles de cubanoamericanos como a mí es ver la cantidad de otros cubanoamericanos trumpistas. Fanáticos que dan asco en su defensa de lo peor, de lo más abyecto y despreciable que ha gobernado ese país, el actual presidente que gracias al esfuerzo inconmensurable de la prensa y la lucha sin tregua de los demócratas le han impedido establecer una dictadura fascista. Y destituirán al delincuente (ya el proceso de destitución comenzó, despuíes vendrán los juicios por sus crímenes, de lo que se ocupará no el Congreso, sino la Corte de Distrito del Estado de Nueva York). El país, que se supone sea el más rico y poderoso del mundo, sobreviven más de 40 millones de ciudadanos, como yo, en estado de pobreza.

En la reciente reunión de la G-7, Trump fue el único mandatario que no estuvo presente en la reunión donde se discutió el alarmante calentamiento global y qué hacer para salvar la Tierra. A él no le importa el planeta, solo le importa el dinero, delinquir y hacer daño, el mayor que pueda. Los cubanoamericanos republicanos lo adoran, le rinden culto como a un demiurgo. Esos republicanos de raíz cubana no tienen compasión: abogan con fuerza porque se mantenga el embargo abusivo e inhumano contra Cuba, que vivo y corroboro aquí, ahora. Y Trump, para complacerlos, pensando que ganará sus votos, lo fortaleció.

Les anuncio a todos que le queda poco, muy poco, porque pronto se levantará el bloqueo a Cuba y veremos su transformación liberadora y creadora de un porvenir audaz y hermoso en esta tierra maravillosa.    

Sí, me digo, este tiempo también pasará. No puedo negar mi amor a Estados Unidos, donde vivo desde los 13 años. Es irremediable sentir la doble identidad. No obstante, prefiero, opto por esta, la que soy, la que fui y seré, la verdadera.

Sé que esta otra realidad, no menos apremiante y trágica en la que me adentro junto a mi pueblo, es mi patria adolorida, en necesidad de reconstrucción de todo tipo. Pero dura como es la vida cotidiana, la prefiero, aquí me muero.

El regreso

Lo que deleita y posee tu interior lenta, suavemente es la exuberancia del paisaje que te envuelve en un dulce y apacible abrazo de acogida: bienvenida, llegaste, soy la que amas y te ama. La que abandonaste hace muchos años, demasiados, no quiero recordar aquel instante perpetuo que a las dos, a ti y a mí nos laceró para siempre. La sabia Madre Tierra -yo soy una parte, ella es un todo- me lo susurró desde sus entrañas, que volverías, pero qué largo ha sido el desprendimiento, aunque siempre fue un consuelo saber que regresarías a mí. No eres feliz?

Sí, inmensamente, es una forma penetrante y ocurrente de felicidad, quizá la más completa, la que colma mi ser como nunca ni nada antes. Por qué?

En qué radica la dicha fundante y magnánima del retorno definitivo a un país, el tuyo, del que te sentiste arrancada hace 57 años, en qué?

La belleza tranquila de aquellos grandiosos árboles, y por todas partes como cantando su pertenencia raigal a esta tierra, las palmas reales movían sus hojas gozosas por la brisa toquetona, las montañas lejanas de la cordillera de un verde más claro, brumoso complacían mi imaginación y mi memoria. Más cerca de la carretera por donde iba el carro demasiado rápido cuando mi deseo era que se detuviera el instante para retener el paraíso perdido y recobrado ante mis ojos, con mi alma y sentidos al acecho, los arbustos cubiertos de flores de distintos colores y tamaños en pleno esplendor del verano. Me encandila tanta maravilla y certeza.

La naturaleza no miente, esta que se mostraba ante mí desnuda, abierta, gozosa frente a mis sentidos que la recorrían y acariciaban con todo el amor, el deseo, el placer, de quien al fin descubre su ser en ella en una total entrega de pertenencias, unión terrenal que saciaba un hondo anhelo espiritual. El regreso.

Te amo isla mía, ya ves, volví para nunca más partir.

Coloquio de los fetos

Imagen real de un feto tomada por un sonograma efectuado en el vientre de una madre que está haciéndose un aborto. Es una de las muchas pruebas que se han obtenido de que los nonatos sienten dolor, emiten gritos mientras tratan de huir de los instrumentos que el médico utiliza para halarlo y despedazarlo, o lo succionan con una aspiradora especial.

–¿Que ruido es ése? ¿Quién anda ahí?
–Es tu madre que te quiere destrozar. No la llames, no te quiere, te va a expulsar de su vientre. Pero tranquilo, pequeño. Todo pasará pronto. Por favor, no te espantes. Estás haciendo tu entrada al mundo de los fetos abortados. Es un mundo muy poblado, y debo adelantarte, privilegiado
––¡Ay! ¡Qué dolor! Me están haciendo pedazos con una cucharita. ¡Ah! ¡Para qué me concibieron! ¿Para esto?
–No huyas más de la espátula ni sufras inútilmente cuestionándote cosas sobre los humanos. Ellos son más infelices que tú, créeme. Ellos nacen y mueren. Y en ese corto trayecto que atraviesan entre una y otra, lo que predomina siempre son los errores que cometen, sus lamentos interminables y una que otra chispa de lo que llaman dicha. Tú en cambio, no conocerás esas zozobras. De la concepción y la gestación pasas a la eternidad. En nosotros queda abolida la diferencia entre muerte y vida, porque nunca nacimos, y por tanto, nunca morimos. No fuimos alumbrados, pero la luz será siempre nuestro natural ámbito.
–Ha cesado el dolor. Pero siento que sigo siendo. Soy, existo. Sé perfectamente cuándo fui concebido. En ese instante, el eco distante de una gran explosión se repitió en mi, a partir de ese momento empecé a ser. Ahora solo queda mi corazón allá, que se niega a dejar de latir en aquel vientre.
–Para ayudarte en tu trance te explicaré todo. Aunque debo confesarte que me preocupa que todavía lata tu corazón. Ya deberías haber hecho tu tránsito, porque todos tus trozos están en la cubeta. Desde aquí veo al médico retirar los instrumentos del lado de la que iba a ser tu madre, que se ve desfallecida todavía con las piernas abiertas, y bastante sangre. Sin duda, algo extraño ha sucedido. Supongo que más adelante bote tu corazón. Lo que no me explico es cómo sigue palpitando. . . Te han abortado utilizando un método muy antiguo y común, que es el raspado. Dilatan el útero e introducen por la vagina instrumentos afilados para ir raspándolo. Si todavía eres embrión, sales como un coágulo grande. Si eres feto, como fue tu caso, entonces te van arrancando a pedazos. También está la succión que se realiza por medio de un tubo plástico con una aspiradora en la punta, y te van aspirando, como basura. De nada le sirve al feto moverse, huir, tratando de esconderse del vacuum cleaner por todo el vientre. Siempre te traga. Hay otros métodos, claro, como las pastillas que provocan el aborto rápido, o inyectar el pecho del bebe para parar su corazón y después tratar de inducir el parto. Si esto falla, dilatan más, lo agarran con unas tenazas y empiezan a darle vueltas. La cabeza quedará atrapada en la parte baja del útero. Le introducen entonces un tubito por la cabeza para sacarle el líquido y reducírsela, así sale fácil. Por supuesto, hay millones de mujeres que tratan de abortar sin recurrir al médico porque no tienen dinero, porque es ilegal o por ignorancia. Toman todo tipo de brebajes, se duchan con cuanto líquido te puedas imaginar, desde amoniaco hasta detergentes de lavar la ropa. Si no, recurren a algo que creen más seguro: introducirse instrumentos cortantes para sacarse el embrión o feto: se meten agujas de tejer, alambres de percheros, objetos de vidrio, muchas veces hasta se perforan ellas mismas el útero. Otras veces se tiran de mesas, de sillas, dan brincos. Es preferible dejarlos morir en la cubeta, como tantas veces sucede cuando el muchacho sale vivo.
–Abominable, todo lo que me dices es abominable. ¿Están conscientes los bien nacidos que lo sentimos todo?
–Muchos lo saben, pero no les importa. Otros tienen dudas, pero tratan de limpiar su conciencia insistiendo en que no somos personas, por tanto no es un crimen lo que cometen. En su reducido mundo, dominado por una de las facultades que más importante consideran y rige su mundo científico sin tener a Dios en cuenta, la razón, alcanzan a ver muy poco. Además, confrontan el grave problema del olvido.
–Ya sé. Cuando se nace, todo se olvida. ¿Es por eso que andan tan perdidos?
–No podría decirte, tendría que haber nacido. Después de milenios siguen igual. Aunque cierta parte de su ciencia los ha perdido aun más que cuando danzaban alrededor del fuego. Insisten en buscar y conocer solo su mundo exterior. Cuando son paridos, se oscurece su memoria ancestral y milenaria, fuente de todos los símbolos primordiales, herencia de la humanidad impresa en su inconsciente colectivo.
–En su olvido, ¿olvidan también que el alma no nace cuando nacen ellos, sino mucho antes? ¿Qué el misterio se aloja en el embrión desde que este empieza a flotar en el líquido amniótico?
–Parece que no pueden vivir sabiendo. No toleran el peso del misterio.
–Entonces, ¿son inocentes, no tienen culpa de habernos abortado?
–No, no son inocentes, eso es otra cosa que se pierde en la vida, la inocencia. Es quizá lo más terrible de todo. Pero no debemos juzgarlos. Nunca debemos juzgar a nadie. Cada ser humano es un universo, y aunque cada paso que da “queda en la memoria del tiempo”, son víctimas de sus circunstancias. Y la misericordia de Dios es infinita. Muchas mujeres no saben lo que hacen cuando deciden, confusas y sufridas, abortar.
–Pero, ¿por qué no evitan el embarazo?
–A veces porque no saben, otras por doctrinas y mandatos absurdos de la religión. Pero tus preguntas me indican que todavía no has entrado en este mundo. ¿Cómo anda tu corazón?
–Ya va dejando de latir. Está al expulsarlo, pensará que era un coágulo rezagado.

Nota: Estoy en contra del aborto, creo firmemente que la vida de un ser humano comienza en el momento de la concepción y termina en su muerte. Sin embargo, apoyo el movimiento Pro Choice porque considero que es la mujer la que debe tomar esa decisión, no el Estado haciéndolo ilegal. Es la conciencia de la madre (y del padre, por supuesto) la que elige matar o no a su hija o hijo.

El Nuevo Herald, 9 de julio de 1992