Ser cubanoamericana

Dora Amador

Cientos de inmigrantes y/o exiliados se hacen ciudadanos de Estados Unidos

Siempre me decían que jurar por la bandera no era nada, un acto simbólico que no te cambia, un papel que te dan y nada más. Y cuántas puertas no se abren al decir: soy americana. Así y todo me demoré 24 años en “naturalizarme”.

No querer renunciar a mi ciudadanía cubana, habiéndome ido de Cuba a los 13 años y sin posibilidad alguna de regresaren en plena Guerra Fría, le pareció siempre a la gente tonto, cuando no irracional. Pero yo me aferraba a aquella idea –admito que algo anormal–del cada vez más mítico regreso a mis orígenes; aunque la lógica dictara otra cosa, mi corazón se negaba a serle infiel a aquella isla.

Pero el corazón cambia con el tiempo, o no? Y así fue que una mañana de 1986, rodeada de cientos de personas de muchas nacionalidades, de pie en el Dade County Auditorium, levanté la mano derecha y con la mirada puesta en la bandera de las 50 estrellas, juré amar y defender a Estados Unidos contra cualquier invasor, y renunciar sin reservas a mi nación. Y como los actos simbólicos sí son muy importantes, cuando bajé la mano era y no era la misma.

Por supuesto que no fue a partir de ese momento que empecé a preocuparme por los problemas de este país; ni a sentirme alarmada o ilusionada por la elección de tal o cual presidente; la aprobación o no de una ley o una enmienda constitucional –cómo olvidar a Reagan y el Equal Rights Ammendment–; o el nombramiento de alguien a la Corte Suprema. Ciertamente no se inició en ese instante mi profunda admiración por el proceso de la lucha por los derechos civiles o mi rechazo raigal a la guerra de Vietnam.

Cuando pienso en los años sesenta renace para mí Manhattan: el parque del River Drive a la salida de la escuela, el sonido del subway, las noches frías caminando por Broadway uptown, Amsterdam, Columbus, el Village; los domingos de primavera, guitarra, pintura y fiesta en Washington Square, o el Parque Central. Era también la pasión por los Beatles, Chet Baker, Diana Washington, Billie Holiday. Y de ahí el salto afortunado que me permitió ya al final de la adolescencia regresar al español: Rio Piedras, la Universidad de Puerto Rico, el Viejo San Juan, las inolvidables Navidades puertorriqueñas y el verdor y las montañas de esa isla que tanto llegué a amar. Así que cuando juré por la bandera norteamericana en Miami, a donde me mudé en 1981, ya los blues y la saludable irreverencia que da criarse en la democracia plena estaban en mí.

Como Willie Chirino o Marisela Verena, soy pinareña; como ellos, pertenezco a la generación del baby boom que salió de Cuba con visa waiver por el programa Pedro Pan. Por eso, además, soy también ellos cuando cantan Ya viene llegando, Soy guajiro, El son de las tres décadas o el precioso Popurrí Pedro Pan que acaban de grabar Marisela, Chirino, Lissette y Carlos Oliva, todos ellos Pedro Pan, como también lo es la productora del proyecto, Georgina Fernandez, quien acertadamente nos llama a todos gente híbrida.

En fin, el día de mi nueva ciudadania nada fue nuevo en mí, todo ya estaba. Sin embargo, a partir de entonces sí se hicieron posible dos cosas que han sido importantes: votar y servir de jurado.

Este año por primera vez en mi vida fui convocada para juzgar a un ciudadano acusado de cometer un crimen. Era asesinato, la sentencia podía ser capital. Pasee cinco agónicos días en una corte de Dade junto a otras 13 personas en un jurado integrado por hispanos, estadounidenses blancos y negros, filipinos y haitianos. Y aunque fue una experiencia impresionante –hay que vivirlo para saber lo que hablo– de la que ojalá hubiese podido prescindir, pero la que no evadí, una sensación de alivio, pero más de orgullo sentí cuando la jueza, ya emitido el veredicto y el reo retirado, se acerco a cada uno de nosotros y nos entregó un certificado de agradecimiento por haber cumplido con nuestro deber ciudadano.

Algo similar, pero mucho mas jovial, experimenté cuando salí de la urna después de haber emitido mi voto por el que sería el nuevo presidente: Bill Clinton. Sé que soy pasto de los cínicos, esa plaga que se propaga como un virus por Estados Unidos y algunos círculos de cubanos tarados educados en el totalitarismo, pero a mí qué me importa, me considero afortunada porque sigo teniendo fe en los logros de la responsabilidad civil.

Pertenezco a esa gran masa norteamericana que lanzó un felicísimo !al fin! aquel histórico día de noviembre de 1992 en que después de 12 años fueron derrotados los republicanos. Bill y Hillary, ambos de mi generación, llegaban a la Casa Blanca y para mí, como para tantos de mis coetáneos, se abría una nueva era en la política de Estados Unidos: más mujeres, negros e hispanos al poder, servicio de salud para todos, guerra sin cuartel al lobby de la industria médica– la rapiña de las compañías de seguro, farmacéuticas, hospitales, medicos–, de la nefasta y hoy afortunadamente frenada National Rifle Association; más atención a los niños de este paîs, a la educación, al analfabetismo galopante, al crimen y la violencia rampante, en otras palabras: más justicia, más equidad, más bondad y menos indiferencia por parte de los congresistas y el presidente de esta nación en crisis.

Y a pesar de los inmensos obstáculos –el inefable Bob Dole se destaca entre ellos–, todo iba más o menos bien, porque como tantos otros ciudadanos creía que en esta hora de intento de cambios profundos en la conciencia nacional con la que se habían comprometido Bill Clinton, Hillary Rodham y Al Gore, era de esperar una cruenta guerra en el Congreso por parte de los partidarios del status quo.

Pero llegó el 5 de agosto y la revuelta en el Malecón, el 13 de julio y el hundimiento del remolcador 13 de Marzo, y la genial coartada del Malabarista del Mal, Fidel Castro, que en horas cambió la política migratoria norteamericana y trastocó en dolor y en furia mi admiración hacia Bill Clinton. En noviembre, como muchos cubanos demócratas de Miami, no votaré por Jeb Bush, pero menos por Lawton Chiles.

Los campamentos de detención de Guantanamo y de Panamá y la cárcel de Krome me sacaron de mi equivocación: el corazón no cambia. Uno será siempre lo que fue en la infancia.

Este artículo fue publicado en El Nuevo Herald el 20 de octubre de 1994.