¿Cubanoamericana?

Dora Amador

Hoy recuerdo vivamente cuando en la escuela superior en Nueva York, en la década del 60, se iniciaba el día escolar jurando la bandera de Estados Unidos con la mano derecha puesta en el corazón:

“I pledge allegiance to the flag of the United States of America, and to the republic for which it stands, one nation under God, indivisible, with liberty and justice for all”. (“Prometo lealtad a la bandera de los Estados Unidos de América, y a la república que representa, una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”).

Fue una experiencia hermosa, aprendérsela e ir tomando conciencia de lo que significaba prometer aquella lealtad.

Llegué en 1962, me hice ciudadana en 1987. Me costó trabajo tomar la decisión, pero lo hice a sabiendas del paso que estaba dando, que no abrazaba del todo, tan distinto ahora, que ningún cubano demora un minuto el instante de “naturalizarse”. Y he ahí una de las diferencias de las distintas etapas de este largo exilio. Antes idealizábamos lo que habíamos dejado, hoy los que llegan saben lo que dejan atrás, pero contrario a nosotros, ellos pueden regresar y regresan; para nosotros, fue dejar para siempre la patria, no había regreso, ni llamadas por teléfono, era como si el mar se tragara la isla con nuestro ser al levantar vuelo.

Aquel día, en el Dade County Auditorium de Miami, lleno de emocionados inmigrantes y exiliados cubanos, yo fui una de las que, con la mano puesta en el corazón, repitió con dolor aquellas palabras que, al decir de Ana Ajmátova, caían como pesadas piedras en mi pecho, incluidas en el Juramento de Lealtad a los Estados Unidos de América:

“Por este medio declaro bajo juramento, que renuncio absoluta y enteramente, y abjuro de toda lealtad y fidelidad a cualquier principado extranjero, potentado, estado o soberanía, a los cuales yo he estado sujeta o he sido ciudadana; que apoyaré y defenderé la Constitución y las leyes de los Estados Unidos de América contra todos los enemigos extranjeros y nacionales, que voy a tener verdadera fe y lealtad a este país, que voy a portar armas en nombre de los Estados Unidos cuando sea requerido por la ley… y que asumo esta obligación libremente, sin ninguna reserva mental o propósito de evasión; que Dios me ayude”. Mentí, yo tenía reservas mentales. ¿Portaría algún día armas en guerra contra los cubanos?

Seguía incomprensiblemente atada a Cuba, su historia, su actualidad. Mi trabajo que valoraba intensamente, siempre estuvo comprometido con el devenir de mi pueblo, idealizado en la distancia y el tiempo. Décadas de la American Experience: 60, 70, 80, 90, 2000, 2010. Y así se fue el tiempo, la vida. Una de mis oraciones diarias es que Dios me dé ánimo, alegría genuina por lo que está pasando hoy en mí ¿patria amada?

Hoy, la bandera de la estrella solitaria casi no significa nada, el Himno Nacional cubano es un rezago, no me gusta cantarlo ni me dice nada; hay que crear otro himno. Menos los paisajes hermosísimos de la naturaleza cubana casi todo es como un recuerdo y una nostalgia lejana. Sin embargo, la bandera de las barras y las 50 estrellas la quiero, me gusta, siento que me representa más que la otra, vinculada a tantos desfiles y alabanzas de los comunistas.

Este 14 de agosto de 2015 se iza la bandera americana en la Embajada de Estados Unidos en Cuba. Comienza una nueva etapa en la que esperemos termine la enemistad de más de medio siglo. Como la mayoría del pueblo cubano, me ha surgido una gran esperanza de cambio que conducirá a lo bueno. Y agradezco que el Secretario de Estado, John Kerry, se reúna con una magnífica representación de los opositores cubanos, entre ellos Dagoberto Valdés, cuyo ensayo acabo de leer en 14ymedio.com, titulado “Los nuevos escenarios”; es o debe ser lectura urgente de todos los cubanos. Repito aquí lo que escribí en los comentarios debajo de su maravilloso escrito en el diario cubano:

“Extraordinario ensayo, análisis que nos indica la ruta a seguir, la bandera que debemos izar nosotros, los cubanos. Gracias, Dagoberto, por incluir a la diáspora, es más, a actuar y no solo apoyar, que sería, sí, solidaridad, pero para mí lejana, ya cansada, infructuosa. Por eso te celebro como siempre, pero hoy más. Mi gratitud por tus palabras que sé que brotan de un corazón profundamente cristiano, de un espíritu impulsado, iluminado por el Espíritu Santo. Hombre de fe y esperanza, me contagias, me animas, me evangelizas, me tomas de la mano dulcemente y me llevas a mis verdaderas raíces de identidad, y renazco ante este nuevo escenario, soy cubana y decidido está, lo he dicho: regreso allá. Un abrazo de hermana.

Este artículo fue publicado en El Nuevo Herald el 13 de agosto de 2015.