Mi padre

Ya él sabe que lo perdoné hace muchos años, cuando una noche alucinante lo vi a los pies de mi cama parado, mirándome. Había muerto hacía años. Tan cerca estaba de mis sábanas que mis pies le habrían podido tocar. No sé si lo habría hecho a la altura de sus rodillas o de su pene. El pene de mi papá. Lo vi un día erecto, debajo del pantalón. Estaba ese día de 1963 sentado mirando el juego de pelota en la televisión. No lo excitó el juego, no, era que sus dedos tocaron con suavidad mi sexo, cubierto con el panty. Yo había sentido su mano subir por debajo de mi falda, y me hallaba estupefacta. Pero de pronto me levanté asustada y fue entonces que vi su órgano masculino parado, como un bulto debajo de la ropa. Me fui apurada a mi cuarto y cerré la puerta, él no me siguió, se quedó en silencio en la sala. Pudo haberme violado, supongo, pero no lo hizo. Yo tenía 14 años.

Aquella noche indeleble, única, sobrenatural, en que lo vi sabiendo que estaba muerto no pensé nada. Lo miraba sin miedo, pero algo parecido a un asombro paralizante sí tuve. ¿Se me había aparecido mi padre? Estaba acostada, no sé si dormida o despierta. Pero ahí había estado él mirándome y hablándome.

«Dory, perdóname», me dijo. Su voz inconfundible tenía un tono cercano, como de súplica. Sentí su pena, un dolor infinito lo absorbía, y me llené de compasión hacia aquel muerto que supe que sentía por dentro un pesar inmenso. Yo estaba viendo a un hombre vivo. Pero su velorio había sido en 1969, en Miami. Estábamos en 1975. Lo vi en la caja, un ser extraño para mí. Tenía la frente manchada con el tinte que se estaba poniendo en el pelo frente al espejo en su casa cuando de pronto su mujer oyó un ruido y corrió al baño. Ya estaba muerto. Fue un paro cardíaco, tenía 55 años.

Enseguida le respondí espontánea, natural, como quien dice la verdad. «Pipo, yo ya te perdoné».

«¿Me perdonaste?» Su pregunta tenía un matiz digamos como de esperanza, también de sorpresa y me parece que de leve alegría.

«Sí».

No lo vi más. Siempre, desde que se me apareció y me pidió lo que era imposible, he estado convencida de que no estaba dormida, que su aparición fue real. Lo vi, lo escuché. Lejos yo de estar pensando en él en aquellos momentos. Me acababa de acostar y me quedé tiempo pensando en lo que había sucedido, sin una gota de sueño y segura de que no me había dormido ni un minuto todavía. No, no fue un sueño, estaba despierta y mi padre, en carne y hueso, había estado parado allí suplicándome lo que supe entonces que era muy importante para él. Pensé que mi padre necesitaba mucho mi perdón para descansar en paz, ¿para «irse»? Aquel hombre sufría como un condenado. Pero Dios no se apareció por allí ni supe si había sido juzgado por su Creador. Lo que sí sabía es que era como un alma en pena con gran necesidad de perdón, de misericordia por la espantosa culpa que cargaba en su alma.

¿Le mentí? No. El «sí» me brotó espontáneo del corazón. Pero en realidad yo no había pensado en perdón alguno. Y aquel incidente, aunque lo recordaba con frecuencia y me transformó para siempre no me causó odio hacia él. Había sucedido, punto. Mi rechazo hacia él existía desde hacía mucho tiempo. Ahora yo tenía 24 años, más o menos, y mi vida estaba por entero dedicada a los estudios universitarios. Todavía no había llegado mi nostalgia, mi obsesión con el pasado. Vivía intensamente el presente, mi madre estaba viva, era feliz en su matrimonio y ejerciendo su profesión de maestra en Puerto Rico, país que amamos como nuestra segunda patria. La vida era buena con nosotras.

Él era un hijo de puta. Miserable, no quería a nadie, era el ser más egoísta que he conocido. Y vil. Cuando por tercera y última vez se divorciaron mi madre y él, yo tenía dos años, era 1950. Me contó mi madre que fue a casa a recoger lo que pudiera ser la mitad de todo los muebles, dejándonos a nosotras con la otra mitad: unas mesita, sillas, un sillón, lámparas, etc. ¿No esa un ser despreciable? Se iba para La Habana con unos camiones que había comprado, ya había creado un pequeño negocio y decidió mudarse para la capital. Atrás nos dejaba, una mujer que lo amaba y dos hijas pequeñas. Nos abandonó, quería hacer dinero, irse y tener cuanta mujer se le antojara. Lo logró. Mi padre es lo que llaman aquí un hombre de éxito, pero en parte, al principio, a costa de mi madre. Ella trabajaba y le daba todo el salario a él, que se lo exigía. De ahí pagaba los gastos y a ella pobremente le alcanzaba para su transporte a la escuela donde era maestra y muy pocas cosas más.

Era analfabeto, un soldado bajo el gobierno de Fulgencio Batista. Montaba a caballo con su uniforme. Mima me dijo que fue ella la que le había enseñado a leer y a escribir. Un guajiro tiposo que conquistó a mi madre. Supongo que se conocieron cuando ella estaba en el campo dando clases. Se casaron, Zory mi hermana nació en 1942. A los pocos años se divorciaron, porque le era infiel a mi madre, después me enteré que no podía serle fiel a ninguna mujer.

«Yo he tenido más mujeres que pelos tengo en la cabeza» me dijo un día estando yo viviendo con él y mi madrastra en Nueva York. Fue cuando abusó de mí sexualmente. Yo tenía 14 años. Ellos se habían ido de Cuba en 1959, en su yate, y pudo sacar todo su dinero. Fidel Castro no había ordenado todavía el súbito cambio de moneda. El joven abogado comunista, también mujeriego y mentiroso, quería eliminar las diferencias de clases en el país. Y así hizo a todos los cubanos pobres en cuestión de días. Nacía el proletariado cubano.

Al poco tiempo de aquel primer divorcio, se casaron de nuevo. Pero a los pocos años se divorciaron. Le volvió a pegar los tarros a mi madre, que lo amaba hasta el delirio. Un día, me contó ella, lo siguió hasta la casa de la otra mujer y él se escapó por la ventana del cuarto. No puedo imaginarme cómo sería aquel matrimonio, pero sí sé que se seguían acostando. Él, la adoración de Mima, ella, la mujer que le gustaba, no la podía dejar aunque le fuera infiel. Al pasar los años me di cuenta de que había sido la mujer más importante en su vida, la que más había amado. Teniendo en cuenta, claro, su capacidad de amar.

Pero volvamos a la pasión de juventud. En 1948, ya estando embarazada de mí, se tuvieron que casar otra vez. En Pinar del Río, pueblo pequeño y chismoso al extremo occidental de esa desgraciada isla, era impensable que una mujer fuera a dar a luz soltera o divorciada. Tenían que casarse. Imagino que fue en uno de esos encuentros sexuales que seguían teniendo aun divorciados que ella quedó en estado de mí. No estaba en sus planes o no les importaba la posibilidad, supongo, de que uno de los espermatozoides penetrara el óvulo y un embrión empezara a crecer en el vientre materno. En aquella cama sólo había deseo, éxtasis, orgasmo, eyaculación. Eso está bien. Pero hubo un accidente terrible: fui engendrada.

«Yo traté de abortarte. Con todo. Pero tú no salías», me confesó una tarde ella, creo que poco tiempo antes de morir. Por qué me lo dijo no lo sé. En aquel momento no tuvo efecto en mí, ahora miro atrás y me parece –es una impresión– que yo estaba protegida por un muro o un velo que hacía imposible que lo que dijo me hiciera daño. Además, era Mima, el amor de mi vida, mi madre. Nada, nada podía minimizar aquel amor. Ella era todo para mí. Mi hogar, mi madre, mi amiga, mi paz, el ser que más admiraba en este mundo. No solo yo, familiares y amigas mías que la conocían coincidían: Era un ser excepcional.

Muchas veces me he preguntado qué conllevaría aquel «con todo» que ella dijo que había hecho para abortarme. (En Cuba se permitía el aborto en caso de violación, pero la interrupción voluntaria estaba prohibida y penalizada. Fue a partir de 1961, dos años después de la revolución que se retiró la prohibición). No creo equivocarme si usó agujas de tejer para perforarse el útero, alambres de percheros, brebajes, además, dicen que las mujeres se tiraban de una silla o una mesa para provocar el aborto. A lo mejor ella le pidió a alguien –¿a mi padre?– que le golpeara el vientre para soltar el feto. «Pero yo no salía».

¿Cuántas veces le habrá pedido mi padre que saliera de «ese muchacho», como se decía. ¿Cuántas veces lo intentó ella inútilmente? Un día su médico le mandó a hacer «reposo absoluto»: corría peligro su vida, no sé por qué. Es curioso que entre nosotras nunca se habló de eso, tampoco se mencionó en la familia, por lo menos estando yo presente. Me enteré de que algo extraño había pasado conmigo cuando mi primo Carmelo me dijo –yo tenía más de 30 años entonces– que yo había nacido de milagro, ignoro sobre qué estábamos conversando. Pero vi a su amigo Adolfo darle un codazo disimulado para que se callara, lo cual hizo. Estábamos los tres sentados en el piso, escuchando música y conversando en mi apartamento en Miami.

Mi madre me parió un 17 de mayo de 1948, a las seis de la mañana en la Colonia Española en Pinar del Río, Cuba. Ella tenía 30 años.

Nací. No era una niña esperada ni deseada. Fui rechazada desde la concepción. Lo sentí tajantemente por parte de mi propia madre al poco tiempo de nacer. Aunque nadie de la familia me lo contó, parece que tuvo una fuerte depresión posparto. Aunque tengo entendido que esas depresiones no duran tanto, ella la padeció por años.

Mi madre siempre sufrió de lo que en Cuba llamaban «de los nervios», pero estoy casi segura de que padecía de una enfermedad mental llamada Trastorno de Ansiedad Generalizada (GAD, Generalized Anxiety Disorder), que heredé de ella. El psiquiatra me explicó que se hereda directamente de la madre. También la depresión. Varias veces siendo yo niña, estando en Cuba, la vi llorando. Y era bastante habitual que tarde en la noche -lo guarda bien mi memoria– o quizá de día tuviera alguien que llevarla a la clínica o al hospital porque «Zoraida tiene un ataque de nervios». Se llamaba Zoraida Morales Ramos.

Mi relación con ella fue distante durante los primeros años de niñez. Mime, mi madrina amada, se había mudado con nosotras. Fue como una madre, diría más: fue mi madre durante esos años. La quise tanto, y ella a mí.

Mima en esos años era una maestra ruralclic en el enlace para que pueda leerlo, es un artículo que salió publicado en El Nuevo Herald el 28 de abril de 2012 en mi columna semanal de ese periódico, pero dejé el espacio para algo que había escrito ella con ese título: La maestra rural, maravilloso– se iba para la escuela los lunes y regresaba los viernes, porque el camino era difícil. Podía llegar en la guagua hasta cierto lugar llamado entronque y de ahí se tenía que montar en un caballo para llegar a la escuela. Se quedaba a dormir en casa de un matrimonio en lo intrincado del campo pinareño, en una casa de piso de tierra, iluminada con velas. Ella era la única maestra en aquel poblado. En casa, Mime se hizo cargo de mí, y mi abuela de Zory. Hasta que trasladaron a la maestra a una escuela en la ciudad, y ya no se ausentó más toda la semana.

Mencioné la depresión posparto porque creo que de ahí surgió su rechazo hacia mí. Pero hubo más, naturalmente. Cuando fui adulta entendí que aquella carencia de su presencia en mis años primeros se debía no solo a su ausencia toda la semana laboral, ni por la depresión posparto, sino por la condición tan atroz que envolvió todo lo que tenía que ver con su embrazo de mí. Mi madre sufrió mucho emocionalmente por culpa de mi padre, y físicamente por el peligro que corrió su vida conmigo en sus entrañas. Su salud se debió de afectar y de ahí probablemente su reacción hacia mí, que no fue tratarme mal, sino de un distanciamiento palpable. Yo lo sentía, pero tenía a Mime, que no se separaba de mí. Me compraba helado cuando por las tardes pasaba el carrito del heladero tocando sus campanas. Todo le parecía poco a Mime para complacerme. Salíamos las dos en una guagua a visitar la familia si había algún cumpleaños u otra cosa, o a pasear, sencillamente. Siempre estaba al tanto mío. Los uniformes de la escuela me los planchaba muy lindos, había que ver aquellos pliegues de las faldas, tan perfectos. Me esperaba en casa, a la salida de la escuela, con una limonada helada que ella misma preparaba, o con una timba de guayaba y queso como merienda, que sabía me encantaba. Fui muy feliz en mi infancia, pero de eso hablaré en otra oportunidad.

A los dos años de mi nacimiento mis padres se divorciaron, esta vez definitivamente. Mi hermana me contó que cuando íbamos a La Habana, para mi madre reclamarle a mi padre el dinero de ayuda a nuestra manutención, que nunca lo enviaba, la condición que daba era que ella se acostara con él. No sé cuán cierto sería eso, porque el odio de mi hermana hacia mi padre era superior a todo lo imaginable. Pero sí recuerdo un día en que Pipo nos llevó a Zory y a mí a un restaurante habanero muy elegante, yo no sabía qué pedir, hasta que él me sugirió un gran filete de jamón dulce exquisito con una rodaja de piña en el medio. Jamás había comido yo eso. Por la noche nos quedamos en un hotel. En un cuarto durmieron mis padres y en el otro mi hermana y yo. Nunca nos llevó a su casa, no sabía a dónde vivía, ni nada de su vida.

De guajiro nacido en Consolación del Sur, Pinar del Río, el hombre se había convertido en un habanero adinerado. Poseía dos agencias de ventas de autos y sobre todo, era socio de Amadeo Barletta, fundador y dueño de Ambar Motors, en Infanta y 23, en el Vedado habanero. Barletta era un fascista seguidor de Mussolini, que tuvo negocios en Puerto Rico, República Dominicana y Cuba. Ambar Motors era una empresa multimillonaria –de camiones, líneas de autobuses, carros– que impulsó a partir de 1949, una zona comercial muy famosa en Cuba: La Rampa. Allí íbamos nosotras a ver a mi padre siempre. Mi madre con las dos niñas, llevando de la mano a cada una, así lo recuerdo.

La compañía Ambar Motors fue la distribuidora exclusiva en Cuba de las marcas de automóviles fabricados por la General Motors (Cadillac, Oldsmobile, Chevrolet). Fue la mayor vendedora de Cadillac fuera de Estados Unidos.

El edificio de Ambar Motors, en Infanta y 23. Nosotras salíamos de Pinar del Río en la madrugada rumbo a La Habana para visitar a mi padre. Nos iba a recoger lo que llamaban un «botero» o auto de alquiler, que llegaba a la capital cubana temprano por la mañana. Tan pronto entrábamos en la capital, después de viajar por tres o cuatro horas por un paisaje bellísimo –la Carretera Central–, yo respiraba con placer aquel olor peculiar de la imponente ciudad. Cuando abríamos la puerta del primer piso del edificio, donde se hallaba la agencia sentíamos el frío inusual del aire acondicionado. Todo era lujoso allí. Y allí se hallaba el hombre que yo veía como ajeno a mi ser, nada que ver. Pero sí, sin duda un hombre muy atractivo y elegante. Mi padre.

Si me detengo a contar todo esto, es porque fue un nombre y una institución muy mencionada en mi niñez, orgullo de algunos que Pipo, un campesino, llegara tan lejos.

Cómo olvidar cuando llegaba a mi casa, en mi entrañable calle Alameda, en Pinar del Río, y estacionaba su Cadillac al frente. Con su elegante traje y su corbata, su pipa en la mano que a cada momento volvía a ponerse en la boca, y entonces salía ese olor que lo llenaba todo, delicioso, extrañamente masculino, tan él. No olvido ese olor. Y todo sucedía mientras lo veía con su caminar inconfundible, como un hombre seguro de sí mismo, decidido, el macho en su territorio, el rey.

Antes de verlo entrar por la puerta se había escuchado en la casa la voz de abuela o de Mime: «¡Ahí está Amador!» o «Llegó tu padre, corre». Después de saludar a todas –era una casa habitada solo por mujeres– iba al primer cuarto y se acostaba un rato para descansar del largo viaje. No sé si estaba de verdad cansado o es que le gustaba toda esa tensión y atención. A lo mejor nos quería un poco, a saber. Enseguida mi madre me decía algo que acompañado con un gesto me lanzaba a quitarle los zapatos. Me impresionaba su imponente figura acostada en aquel cuarto, aquella cama donde dormían Mima y abuela, en otra cercana dormíamos Zory y yo. Era un hombre muy alto, corpulento sin estar gordo, de figura perfecta, atlética. Su llegada siempre era un acontecimiento, aunque nos iba a visitar poco, cada tres o cuatro meses. Ya acostado, le zafaba los cordones y le quitaba los zapatos que perpetuamente me parecieron muy grandes, enormes.

Un día llegó con regalos para nosotras dos. A mí me trajo una bicicleta preciosa, que enseguida la monté llena de alegría y dando timbre mientras la manejaba por la acera del barrio. Fue un día feliz. Pipo nos había traído regalos. En otra ocasión nos fue a buscar para que paseáramos con él en su yate, llamado el Monterrey. Nos recogió a mi hermana y a mí para pasarnos el día con él. Estando montada en el carro, miré para la casa y vi a Mima en la puerta mirándonos. Se me hizo un nudo en la garganta que me ahogaba, miré hacia la ventanilla, hacia el otro lado, para que nadie me pudiera ver, lloré con tal angustia y tristeza que poco me falto para bajarme del carro y correr hacia ella, decirle que no iba, me quedaba con ella, que se fueran.

En el paseo del yate me vuelvo a ver parada en la popa mirando el mar y las olas, callada y sintiéndome, en lugar de contenta –era mi primer viaje en un barco, al timón iba mi padre– triste, fue un viaje muy triste.

A los dos años de haberse ido de Cuba en 1959 al triunfo de la revolución, salimos nosotras el 2 de abril de 1962. Mi hermana tenía 19 años, yo 13. No creo que haya sido idea de él sacarnos de Cuba, fue de mi madre que seguramente se lo pidió. A muchos niños los estaban enviando solos a Estados Unidos en aquellos días tormentosos de tanto desasosiego nacional.

No voy a contar la despedida de mi madre y nosotras en el Aeropuerto de La Habana. Sólo diré con absoluta certeza que cuando abordé el avión, la niña que era yo, se iba con su vida truncada para siempre. Lo que sería vital para mi integración personal, para mi individuación –según la define Carl G. Jung–, para mi estabilidad e identidad quedaban atrás. Lo que me aguardaba en Estados Unidos como una desterrada, sin mi patria ni mi cultura causó un desarraigo profundo que nunca tendría sanación, mi sentido de orfandad, una rebeldía casi anárquica que se concretaría en hechos muy puntuales y tremendos que viví con intensidad Nueva York.

Regreso al significado y el peso que tuvo sobre mí la riqueza y el machismo de mi padre. Fue mi desprecio y tajante aversión hacia él, unidos a la intimidación que me causaba su poderosa presencia. ¿Cómo no sentir un rechazo raigal, una desconfianza mezclada con temor y reproche silencioso, inconsciente, si nos había abandonado? «Las niñas no tienen zapatos nuevos para ir a la escuela», le oí a Mima decirle en uno de nuestros viajes a La Habana.

La consciencia que tuve y tengo del efecto emocional que causó en mi madre el abandono de mi padre no la supera ninguna otra consciencia, excepto la existencia y el amor de Dios. Sé lo que sufrió, sé quién era, la llegué a conocer mejor que a mí misma. Además, aunque físicamente no nos parecíamos tanto como mi hermana y ella, por dentro éramos exactas. Testigo de eso fueron algunos miembros de la familia, pero sobre todo amistades íntimas que nos lo decían, y nos gustaba ese comentario que sabíamos era verdad. Aquel rechazo que tuvo por mí mi madre durante los primeros años se fue transformando en un amor y una necesidad de mi persona asombrosas. Eran sentimientos mutuos. Una tarde me llamó a casa, ya nos habíamos mudado para Miami, para decirme: «Dory, te quiero tanto que me duele».

Todos los días hablábamos por teléfono, muchas veces más de una vez. Nunca antes había pensado en eso pero hoy sé que se sintió siempre muy culpable por su intento fallido de matarme en su vientre. Padeció mucho por mí, y con los años y las muchas experiencias de vida a su lado me di cuenta de que nada le bastaba para hacerme feliz, complacerme, quererme.

Le agradezco muchas cosas, muchas, a Mima. Una de ellas fue cuando, viviendo las dos juntas, trabajando las dos –ya ella había logrado una buena posición como maestra en Puerto Rico– para pagar los gastos de la casa, me mandó a sentar una noche frente a ella y habló muy seria conmigo. Quería que dejara el trabajo, nos mudáramos a un apartamento más barato para ella hacerse cargo de todos los gastos mientras yo terminaba la carrera de Literatura Comparada en la Universidad de Puerto Rico. Su sueldo apenas iba a alcanzar para sobrevivir, pero así lo hicimos. Y sobrevivimos, y me gradué. Había ganado en el bachillerato una Beca de Honor, no me costarían nada los estudios. Pude hacer la Maestría.

¿Cómo pagarle a mi madre aquel gesto de amor, que me permitiera estudiar full time, mientras ella trabajaba y se hacía cargo de todo de la casa? Eso no se paga, se agradece únicamente. En otro capítulo escribiré en detalle sobre mi madre y sus sacrificios, su felicidad, porque fue feliz. La vida tiene muchas dimensiones y no todo es un amor fracasado. Está el amor y ejercicio pleno de tu profesión, el cariño de la familia, sus dos hijas, que solía decir que era lo más grande y hermoso que tenía. Mi madre se casó dos veces más: primero en Cuba en marzo de 1962, un mes antes de irnos nosotras. Fracasó, se divorciaron en 1966, ya estando en Puerto Rico. En 1974 se volvió a casar, esta vez, ya eran mayores los dos, con un hombre que la quiso mucho. Y para mí fue lo más cercano a lo que debe ser tener un padre bueno.

Cuando mi mamá llegó de Cuba en 1963 me fui de inmediato a vivir con ella. Mi padre me rogó que me quedara, creo que me había tomado cariño ese año en que vivimos juntos. Yo era inmensamente dichosa por la llegada de mi mamá, sentí una especie de liberación, de vuelta al hogar, de alegría que hacía mucho tiempo no sentía. Me fui y no volví a su casa, tampoco lo llamé. En total, había vivido con ellos un año y dos meses, que me parecieron una eternidad. Mi vida jamás volvió a ser la misma. Mi infancia estaba quebrada, como gran parte de mi inocencia.

Unos meses después mi padre fue a verme en Miami en casa de una tía. Estábamos Mima y yo de visita y llegó él. Me pidió salir a caminar un rato. Me dio una manilla de oro muy linda que tenía grabado mi nombre. Fue muy cariñoso y me dio lástima verlo. Yo no sé qué hice con la manilla, creo que la perdí, nunca me la puse.

A los pocos años le dio el primer infarto –1969– aquí en Miami, nosotras vivíamos en Puerto Rico. Enseguida saqué el pasaje y fui para el hospital. Tenía el oxígeno puesto. Me dijo que tenía un seguro de vida a nombre mío y me dio los papeles. Que había cosas a nombre mío. Los papeles del seguro los perdí en aquellos días y de veras, no me interesaban. Regresé a Puerto Rico devastada, a partir de esos días empecé a tener ataques de pánico cada vez que me montaba en un avión. Cosa que evité en lo que me fue posible. Mi trabajo posteriormente me exigía viajar a Nueva York y a Washington, etc. Siempre fui en tren, Amtrak me salvó, y mis jefes también, que me lo permitieron, aunque tardaran más los viajes.

A los pocos años de su primer ataque al corazón recibí una llamada rara en la madrugada. Era mi hermana para informarme que Pipo había muerto, se lo había dicho Margarita, nuestra madrastra, y le pidió que me llamara. Mi madre se vio afectada, fue conmigo y una amiga al aeropuerto. Casi todo el trayecto estuvo cantando tangos, que había sido la música de ellos en la juventud. Mima cantó especialmente «Uno» de Carlos Gardel. No lloró, pero se veía que estaba emocionalmente mal. Yo no había escuchado con atención la letra de ese precioso, pero tristísimo tango, que desde Cuba ella solía escuchar en un disco o en la radio, eran muy populares. También la escuché a veces cantarlos, y era una magnífica cantante de tangos: Caminito, Volver, El día que me quieras, Madreselva, Yira, Yira, Melodía de arrabal, etc.

Mi padre, yo cargada por mi madre, mihermanita Zory, mi tía abuela, yo la llamaba
De izquierda a derecha: Mi padre, yo cargada por mi madre. Al frente: mi hermanita Zory, mi madrina y tía abuela, Mime, y a su lado abuela. 1950.




Tango Uno
Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias.
Sabe que la lucha es cruel y es mucha,
pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina.
Uno va arrastrándose entre espinas,
y en su afán de dar su amor
sufre y se destroza, hasta entender
que uno se ha quedao sin corazón.
Precio de castigo que uno entrega
por un beso que no llega
o un amor que lo engañó;
vacío ya de amar y de llorar
tanta traición…
Si yo tuviera el corazón,
el corazón que perdí, si yo pudiera, como ayer,
querer sin presentir…
Es posible que a tus ojos

que hoy me gritan su cariño,
los cerrara con mis besos
sin pensar que eran como esos
otros ojos, los perversos,
los que hundieron mi vivir…
Si yo tuviera el corazón,
el mismo que perdí;
si olvidara a la que ayer
lo destrozó y pudiera amarte…
Me abrazaría a tu ilusión
para llorar tu amor…
Pero Dios te trajo a mi destino
sin pensar que ya es muy tarde
y no sabré cómo quererte.
Déjame que llore como aquél
que sufre en vida la tortura
de llorar su propia muerte.
Pura como sos, habrías salvado
mi esperanza con tu amor.
Uno está tan solo en su dolor…
Uno está tan ciego en su penar…
Pero un frío cruel, que es peor que el odio,
punto muerto de las almas,
tumba horrenda de mi amor,
maldijo para siempre y se robó
toda ilusión.

¿Sabría mi padre que ella escuchaba ese tango y pensaba en él?

En la fiesta de mis 15 me sacó a bailar la primera pieza de la fiesta, fue Petite Fleur, la canción de ellos, parece que con ella fue que se enamoraron o la bailaron mucho, no sé los detalles.

Me sentí muy confundida aquel día. Era la primera vez que bailaba. La casa toda arreglada, mi madrastra, como siempre porque era una mujer buena, me había afeitado las piernas y sacado las cejas, ella misma me hizo el vestido que me puse, muy lindo. La mesa llena de aperitivos y bebida y refrescos, habían suficientes invitados como para desear mandarme a correr y esconderme. (Mi timidez era proverbial desde niña, me lo habían contado siempre y en mis 15 fue apoteósica).

Y sin embargo hoy agradezco tanto aquella fiesta, aquellas demostraciones de cariño. Yo era tan inocente, tan tonta, que ese día por la mañana llamé a mi hermana, que se había ido de la casa escondida con mi primo para Manhattan –nosotros vivíamos en Post Chester, a horas del centro de Nueva York– para decirle que era mi cumpleaños, «mis 15». No pude hablar con ella porque no estaba, hablé con una amiga y le dejé el recado. Zory ni se acordaba, ni le interesaba por supuesto. Nunca me había soportado. Me llevaba seis años y todo me indicó que no le cayó bien tampoco que naciera. Fue muy burlona e injusta conmigo desde niña. Es más, puedo asegurar que no guardo un solo recuerdo cariñoso de ella hacia mí, nada. Su rechazo y odio hacia mi persona empeoró con los años al punto que me prohibió ir a visitarla, amenazándome con llamar a la policía si me aparecía por su casa. Tenía Alzheimer hacía dos o tres años. Su enfermedad y muerte me afectaron mucho. Yo siempre quise que me quisiera, nunca lo hizo. Por teléfono, que era nuestra forma más común de comunicarnos, me dijo una noche: «Dory, ¿pero tú no sabes que yo te odio?» Le contesté que siempre lo había sospechado, pero ahora que lo decía tan claro pues no me quedaba duda. Traté de ser cool. Pero nuestra relación desde Cuba fue una muy desgraciada.

Me viene a la mente ahora otra anécdota muy significativa. Un memorable día mi padre me dijo que fuera con él a dar un paseo en el carro. Fuimos a un estacionamiento no sé dónde, cerca de la casa. Apagó el carro y mirándome muy serio me dijo: «Fíjate, quiero hablar contigo y que no se te olvide lo que te voy a decir: prefiero verte puta que tortillera». No puedo explicar lo que sentí, era una especie de parálisis cerebral y de todo mi cuerpo. Le dije casi sin poder hablar, haciendo un esfuerzo: «Pipo, ¿por qué me dices eso?» Parece que él se dio cuenta del efecto que había tenido en mí lo que me había dicho, y que se había equivocado. Mi padre todo lo veía a través de un prisma sexual, era muy desconfiado y mal pensado.

El caso es que, según mi padre, él me vio pasar por detrás de Georgina, hermana de mi madrastra, y le pareció que me pegué mucho a ella. Yo, una niña de 14 años, que jamás le había pasado por la mente semejante cosa ni tenía idea de que él fuera tan sucio, tan mal pensado, lo desprecié en ese momento, y creo que crecí un poco también al haberme confrontado con el mal, encarnado en su persona.

Su voz cambió, también su actitud y me pidió que lo perdonara, que yo era muy inocente y ya era hora que despertara. Tampoco supe lo que me quiso decir con eso de que «despertara». Más tarde empaté ese comentario con el hecho de que Georgina nunca se casó y él pudo haber sospechado que era lesbiana. Yo no pensaba en esas cosas y nunca vi nada que me sugiriera que a ella le gustaban las mujeres o que tenía una amante.

He aquí una anécdota, otra, que me acaba de acudir a la memoria selectiva y misteriosa: Habíamos casi acabado de llegar de Cuba mi hermana y yo. Vivíamos en Miami, yo tenía 13 años. Me estoy secando en la bañadera después de la ducha. De pronto se abre la puerta y es él. Me mira y la cierra enseguida diciéndome que pensaba que era no sé quien que estaba en el baño. Impulsivamente me tapé todo lo que pude con la toalla. No sé si me vio desnuda. Ni me interesó, olvidé el incidente tan pronto cerró la puerta. Lejos estaba yo entonces de saber que aquello había sido el preludio de lo que estaba por suceder durante el año y dos meses que conviví con mi padre.

Creo que fue una tarde de 1967 o quizá 1968. Vivíamos mi madre y yo en San Juan, Puerto Rico. Mi hermana en Nueva York con su esposo. Mi padre en Port Chester, N.Y., con su mujer y un hijo que acababa de tener con ella, Peter.

Esa tarde se recibió una llamada de Nueva York, contestó el teléfono mi madre. Yo estaba sentada en la sala, se acercó a mí y me dijo: «Dory, es tu papá, me preguntó si puede venir a vivir con nosotras. Quiere venir para acá y quedarse aquí con nosotras para siempre. ¿Que le digo? ¿Tú quieres?»

«No», le respondí de inmediato. Ella volvió al teléfono y se lo dijo, no sé si hablaron otras cosas, pero fue poco, porque regresó adonde yo estaba y las dos nos quedamos en silencio. No se habló sobre el tema. La próxima vez que lo vi estaba muerto. Nunca me ha pesado ese «no».

Pero sí ha habido una transformación en mí. Han pasado muchos años de todo esto. No tengo duda alguna de que ese cortísimo tiempo en que viví con Pedro Amador y su mujer fueron decisivos en mi vida. Por mucho tiempo quise olvidar esa etapa, me hacía mucho daño y no acababa de entender qué pasaba en mi interior, todo había sido muy extraño. Nunca más los fui a visitar. Hacerlo hubiera significado que volvía atrás, a uno de los peores y más traumáticos periodos de mi vida. Hoy todo es distinto.

Aquella experiencia que sacudió mi ser –no sólo por él, también fue el extrañamiento, la separación de mi madre y Cuba, el esfuerzo de adaptarme a una vida en una tierra y cultura desconocidas y mi sentido aplastante de no pertenecer–, hoy la recuerdo con un profundo sentimiento de compasión, de perdón hacia mi padre. Hoy comprendo que al final, me quiso. No sé cómo sería su vida después que me negué a que regresara con nosotras. ¿Por qué quiso volver con Mima y conmigo? ¿A morir a nuestro lado?

Algo me dice que mi padre sufrió mucho antes de morir. Que descanse en paz. Pobre hombre. Que Dios tenga misericordia de él. Y de nosotras.

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