Olga Connor: recuerdos, sueños

Me perdí esta presentación jocosa y triste, histórica y novísima, como es la misma mujer que habla, Olga Connor, presentando el libro Exiled Cuba, de Raúl E. Chao. Ocurrió la noche del 25 de octubre de 2012. Qué pena no haber ido al Instituto de Estudios Cubanos en la Universidad de Miami a escucharla. Yo vivía entonces en Hollywood, aquí en la Florida y apenas venía a Miami. Además no supe que ella estaría esa noche en el IEC dando esa charla, que me pareció maravillosa: es la esencia intelectual, emocional, divertida y profundamente seria de Olga expresándose a sí misma. Ella forma parte del libro de Chao, hubiera estado incompleto sin ella.

Porque me parecen importantes en nuestra experiencia como cubanoamericanos que se exiliaron al principio de la década de los 60, gente que oscilamos entre dos culturas, a veces manifestándose en la misma identidad, decidí publicar aquí sólo 4 de sus ponencias. Esto se lo agradezco a Wenceslao Cruz, que logra grabar muy bien eventos que tenga que ver con Cuba y su cultura para divulgarlos en su canal de Youtube. Les recomiendo ver y escuchar estas magníficas presentaciones de Olga Connor sobre la cultura cubana que he puesto aquí.

Desde que me mudé a Hollywood, donde viví 14 años, apenas salía de mi entorno más cercano. Me había alejado lo más que pude de la política, en especial de todo lo que tuviera que ver con Cuba, y me interesaba muy poco venir a Miami. Mi vida de tertulias, reuniones, conferencias, etc., se habían acabado. Eso sí, seguía leyendo siempre sus magníficos escritos en El Nuevo Herald, en donde yo también continuaba siendo columnista.

Después empecé a venir a ciertas reuniones sola, a las amigas con las que convivía no les interesaba. Iba a las presentaciones de libros,  principalmente a las de Books and Books y a la Feria del libro de Miami. Siempre vi a Olga. Y aunque hayan pasado años desde la última vez que nos vimos, muchos más desde que conversamos por última vez, algo intrigante, misterioso me ocurre. Sueño con ella. Son sueños recurrentes, algunas veces muy hermosos, otras algo inquietantes. Fue y es una mujer muy importante en mi vida. Pero nuestra relación de años, honda y marcante, se quebró, dejamos de vernos, nuestros rumbos de vida se transformaron. Yo la sigo queriendo y la querré siempre.

Olga fue más que una amada e íntima amiga, fue una gran maestra. Es una de las personas más inteligentes y cultas que he conocido. Siempre estaré agradecida de que me haya empleado para trabajar junto a ella en El Nuevo Herald. Fue Olga Connor quien me enseñó a escribir reportajes –el primero que hice no lo olvido, «Historia de dos hermanos» en 1989, fue una verdadera clase de periodismo para mí. Cómo lo aprecié. Mis largas y complejas entrevistas a los hermanos Adolfo Rivero Caro, comunista, y el otro, Emilio Adolfo Rivero Caro, que sufrió 19 años de prisión precisamente por luchar en contra del comunismo cubano, fue excepcional. El marxista Adolfo, que en paz descanse, murió de cáncer, no fue a visitar a su hermano ni una sola vez a la cárcel en 19 años. Recuerdo que Emilio, un gran intelectual y defensor de los derechos humanos, me contó que cuando vio a su hermano en la prisión, cuando fue a visitarlo, le preguntó: «¿Vienes a oler la sangre familiar ahora que papá murió?» El padre de ambos había muerto hacía muy poco. Años después Adolfo, el comunista, renegó del partido y se convirtió en un disidente con problemas dentro de Cuba. Al llegar a Miami, yo lo conocí, trabajó en El Nuevo Herald, se convirtió, algo común, en un republicano de ultraderecha con una fe en el capitalismo plutocrático que rozaba el fanatismo, lo mismo que cuando era comunista. Este es un fenómeno que se ha dado no pocas veces en la diáspora, digno de estudio antropológico quizá.

Pero volviendo a Olga, me enseñó a editar mejor los textos, a diseñar páginas de periódicos. Mis estudios universitarios y mi experiencia como redactora y documentalista había sido principalmente en la escritura de ensayos literarios y después en la redacción de noticias, libretos y entrevistas para la televisión. El periódico es otra cosa, es algo fascinante. Pero ella es más que periodista, es escritora, tengo dos preciosos libros de ella. Sin embargo lo más impresionante, para mí en todo este espectro es su inteligencia, no la sé describir. Y si la aprecias con su humanidad que toca fondos oscuros y cumbres borrascosas, te desborda.

Bien, pues esto que menciono es sólo una de las cosas que me dio generosamente Olga. Pero hay otras que dejaron una huella tan viva, no se borra con el tiempo. Como su risa inolvidable, su alegría, y su ira, que la viví con miedo, fueron instantes tan dramáticos, yo me convertía como en una espectadora de una obra de teatro. Pero no era teatro, era real, aunque siempre quiso ser actriz. Sus momentos de depresión, de llanto existencial, que también viví. Es uno de los recuerdos que quisiera olvidar: su sufrimiento. Cómo me penetró y ahogó el sufrimiento de Olga. Yo también sufrí mucho. Olga es un precioso y profundo canto a la vida total, integral o integrada, como un todo que alguien, ella, vive intensamente sin que se escape casi nada. Es una mujer buena, en el mejor sentido de la palabra, como diría Antonio Machado.

Pero que yo sepa Olga no sufre ya, hace mucho tiempo tocó y toca muy de cerca la dicha, lo más que se puede acariciar en esta corta existencia. El amor llegó, ama o amó a un hombre «apasionadamente», me dijo –no sé si siguen juntos, porque hace tiempo ya de esto–, es un erudito gallego, uno de sus grandes descubrimientos fue que El Lazarillo de Tormes no era un libro anónimo. Los padres de Olga son de Galicia, emigraron a Cuba y allá nació ella, habanera raigal. Esa dicha la colma sus dos hijos y sus nietos, que conocí de niños. Entre ellos está Laurita, la niña de sus ojos, bellísima, muy parecida a ella.

Dentro de pocos días Olga cumplirá años, el 19 de agosto. Y yo, que celebro su nacimiento con amor, le doy gracias a Dios porque entre sus misteriosos designios estuvo que nos encontráramos en esta vida.

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