Llegó el ángel del insomnio

Hallo en el insomnio como una llamada. No me rebelo, lo atiendo y obedezco con cierto agradecimiento que brota espontáneo, libre. Me llama para que me levante de la cama. Esta madrugada maravillosa, de noche silenciosa llena de horas sin interrupción, espacio y tiempo míos para leer o escribir, recordar, revivir el obstinado pasado, para rezar, meditar, ser.

Hola insomnio, llegas de nuevo como un ángel que me toma la mano con suavidad y me trae a la sala, a mi butaca. Me recuerda siempre encender antes la velita. Me gusta la pequeña llama que me acompaña en esta jornada nocturna que no sé adónde me lleva, pero me dejo llevar. Seductora experiencia que se da sin tiempo, el tiempo queda abolido. Sólo somos el ángel y yo, esperando a ver qué pasa. Creo que ella o él sabe lo que va a pasar, yo no, yo solamente siento que tengo que entregarme a lo que vaya llegando con una suavidad y ternura que me impiden tener miedo ni tristeza ni nostalgia ni anhelo.

Qué bueno entregarse, dejarse llevar por un deseo ajeno que te conduce a nada más que ser y estar en el vacío inmenso, callado, latente de la noche infinita del cosmos, del cual somos parte integral.

Y ahora cierro los ojos y llegan despacio imágenes del pasado reciente o muy, muy lejano. Zory siendo devorada por las llamas cuando la están cremando y la deshace ese poderoso viento que junto a las llamas sueltan las máquinas del horno. Es parte de la cremación, viento y fuego sobre un ser humano que era vital, ahora ardiendo. Cuando se apagan las llamas se trituran en un aparato los huesos, y a lo que se le llama cenizas no es más que huesos triturados transformados en polvo, aunque siempre quedan pedacitos de huesos sueltos. Es el polvo de mi hermana.

Mi hermana está quemada, no existe su cuerpo, lo que queda de ella, «las cenizas», las colocaron en una cajita, una urna y de ahí se la llevaron para una tumba en la tierra. Yo vi cuando colocaron la urna pequeña que contiene lo que era ella sobre la tierra y la cubrieron de cemento para sellarla. Ahí estará por siglos lo que fue una mujer llena de vida y ambición, de lucha y trabajo, mucho trabajo, adoración al dinero, su dios, su único dios, también de pasión y sexo con su marido por más de 50 años. Lo amó y lo dominó, era un muñeco en sus manos. Así lo quiso y estoy convencida de que era el único hombre en el mundo capaz de vivir con ella. De soportar su egoísmo, su autoridad aplastadora, su ira enquistada que estallaba con facilidad, sus gritos, su odio. Porque ese hombre no pensaba, era un pene y una boca, comía y templaba. Y la obedecía, sin duda la quería.

Zory, Zorita, le decíamos en la familia. Su nombre era Zoraida Octavila Amador Morales. La primera hija de mi madre. Mi primogénita, seis años mayor que yo. El segundo nombre se lo puso Mima por su querida amiga, Octavila, que murió de cáncer en el ceno en La Habana en la década de los 50. Yo recuerdo muy bien cuando la fuimos a ver al hospital, ya muriéndose. Estábamos Zory, Mima y yo alrededor de su cama.

Ahora Zory «descanza en paz». Ruego porque esté con Dios y las personas que, de acuerdo a su pequeña capacidad de amar, más quiso en su vida: Eddy, su esposo, Mima y abuela. No creo en el infierno, yo sé que ella no está en el infierno, está en el paraíso de los buenos, aunque no fue una mujer buena, pero no fue culpable de ser mala, supongo que circunstancias de su infancia –nuestra infancia, nuestro monstruoso padre–, de la vida misma, la hicieron así: narcisista maligna, que es uno de los trastornos de la personalidad narcisista -hay varios tipos de narcisismo- de acuerdo con la Asociación Americana de Psiquiatría.

Al narcisista maligno le es imposible establecer una relación interpersonal, pues carece de empatía, remordimiento y sentimiento alguno por el otro. Su juego es deshumanizar a sus víctimas y hacerlas responsable de su delito mediante la manipulación sistemática de aliados. A quienes seduce con sus elocuentes mentiras y verdades a medias. Requieren excesiva y constante admiración (es un síntoma que denota una baja autoestima y una gran preocupación por hacer bien el trabajo y por cómo son vistos por los demás). En sus relaciones interpersonales son explotadores. Se aprovechan de los demás para conseguir sus propios fines. Es frecuentemente envidioso de los demás o cree que los demás le tienen envidia (pueden llegar a devaluar a personas que hayan recibido una felicitación, un premio, al pensar que ellos son más merecedores de los mismos). Por ello se comportan de manera arrogante.

Pobre hermana mía. Debí de ser más compasiva, más comprensiva, pero me lo impedía a cada paso, me odiaba tanto. Poco a poco voy sobreviviendo intentando alejar los lacerantes flashbacks que como una carga siempre han sido parte de mi vida, pero que desde que murió son más insistentes. Recuerdos súbitos y recurrentes que llegan desde la infancia a su lado, cuando comenzó el abuso pero yo no sabía que aquello era abuso, infantil, o en la adolescencia, la mutilante salida de Cuba, yo con 13, ella con 19 años. La tarde gris en que en una estación de trenes, después de un precioso día de paseos caminando con ella y mi primo Carmelo, acabado de llegar de Cuba, que nos había ido a visitar a Port Chester, Nueva York, donde vivíamos en 1963 con mi padre y mi madrastra, me dijo mirándome fija y fríamente que regresara a casa sin ella, porque se iba a vivir con Carmelo a Manhattan y no regresaba. Que le dijera a mi padre que se iba de la casa y no volvía, que era mayor de edad. Creo que nadie ha odiado tanto a un padre como ella, y eran exactos: egoístas, avaros, seres quebrados.

Carmelo, nuestro primo, que acababa de llegar de Cuba, mi hermana Zory a la derecha y yo.

Y así, helada, totalmente desconcertada volví a la casa y lo comuniqué. Un inmenso sentido de desolación me acompañó desde la estación de trenes y siguió conmigo como una sombra en aquella casa donde vivíamos Georgina y Joseíto, hermanos de mi madrastra, Maíta, la madre, y ahora yo sola con ellos. Mi padre y su esposa estaban en Miami. Georgina de inmediato llamó a mi padre y se lo informó.

Me acerqué a la ventana de la cocina del apartamento donde mis ojos chocaron con el edificio vecino, casi pegado al nuestro, de ladrillos rojos. Había un gran vacío, un precipicio estrecho entre las dos monumentales construcciones de apartamentos. Mi hermana me abandonaba, fue el segundo gran abandono. El primero fue el de mi padre, que se divorció de mi madre por tercera vez cuando yo tenía dos años. Ahora éste. Nunca más supe de mi hermana, cuyo cariño jamás experimenté, hasta que llegó mi madre de Cuba en julio de 1963, que fuimos las dos a buscarla a la estación de autobuses. Mi padre, algo triste y preocupado, me pareció, me había llevado desde Port Chester a la casa de mi hermana en Manhattan. Y las dos fuimos a buscar a nuestra madre, que arribaba a Nueva York desde Miami.

Yo los quiero a ambos: a mi padre y a mi hermana. Y quisiera que estuvieran vivos, cerca de mí y fuéramos una familia feliz. Pero aunque se repitiera lo que sucedió –esta pequeña parte de mi vida que he contado– desearía que volviera aquel tiempo. Verlos de nuevo, quererlos. Hoy los he perdonado con toda mi alma, ¿quién soy yo para juzgarlos? Cada uno de los dos tuvo sus propias experiencias que les hicieron daño. Eran seres dañados, como yo. Los perdono, que me perdonen ellos a mí por haberlos juzgado tan duramente por tantos años, aunque marcaron con hierro ardiente y oxidado lo que fue un día una niña y una adolescente inocente. Es lo que más admiro, amo y respeto de la vida de todo ser humano: la ingenuidad. Es sagrada.

Sólo pido que mi hermana esté con Dios, que ame, porque amada es, infinita e incondicionalmente, como ama Dios. No olvidemos: la misericordia supera la justicia.

Mi abuela en su cumpleaños 60, sentada en el centro y rodeada de algunos de sus nietos. Mi hermana Zory es una de las que está sentada en el suelo, es la segunda de la derecha, a la izquierda de Ana Teresa. A la izquierda de mi hermana está Pucha, le sigue Cuca, frente a Cuca está Mayra, a la izquierda de Mayra, Oildita, le sigue Estelita que me tiene sujeta por las piernas. Yo soy la niña que está de pie con el lazo blanco en la cabeza, pegadita a mi querida Estelita. Arriba, empezando por la izquierda, Rodolfito, Lolina, Wichi, abuela, Carmelo y Rody.
A la izquierda, abajo: Zory, mi hermana, al lado, Mime (Estela Ramos Miranda, hermana de mi abuela) a la derecha de Mime, abuela, arriba Mima, conmigo en brazos, a mi lado está mi padre, Pedro Amador. Detrás de mí, la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que colgaba en la pared frente a la puerta de entrada de la casa.
Noche Buena de 1988. Cenamos un atardecer feliz en el que cenamos juntos solo nosotros.
Arriba: Zory sonríe mirando hacia el cielo Mima detrás con las manos puestas sobre sus hombros. Yo detrás de Mima. Me da la impresión de que mi hermana se sentía muy contenta ese día. Foto de abajo: Mima me mira. A su lado su esposo, Manolo, de pie, Zory, mi hermana.

La última foto de Zory, tomada en su casa, ya enferma de Alzheimer, por la muchacha que la visitaba diariamente para darle las pastillas y ayudarla .

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