Olvidarte

Herida de amor inicié el viaje. El tiempo, las experiencias que me esperan para descolocarme, la acogida de otros, desconocedores de todo, y por tanto con quienes no se pronunciará un lamento o un anhelo inútil. La necesidad de sobrevivir a la desolación, la desesperanza, el desamor vencerán los recuerdos, la melancolía y el fracaso. El sufrimiento que su desprecio y su inexplicable odio hacia mí me causaron no lo puedo describir. Sus palabras fueron golpes dados con saña, la intención de hacerme daño, lo vi, lo pude comprobar no una, muchas veces. Mi inconsciente se negaba a aceptar las palabras que salían de sus labios, que yo amaba. Por primera vez sentí asco de mí misma, la mujer que yo había sido hasta entonces dejó de ser. Me sorprendía e incluso asustaba mi falta de dignidad, mis preguntas e incomprensión ante aquella mirada fría, despiadada en la que vi placer porque me hería. Esa no persona que llegué a ser se derrumbó.

Sé por qué caí. Porque fueron muchos años de soledad y soberbia: Yo? Enamorarme de nuevo? A esta edad? ­No existe una sola posibilidad, mi determinación hace muchos años que estaba hecha, la idea de tener una relación amorosa era tan ajena a mí que no contaba para nada, ni siquiera se me ocurría. Además por Dios, mi libido murió, o creí que había muerto a medida que pasaron los años y mi vida se fue centrando en un mundo espiritual, contemplativo, ese que va develando tu verdadero yo desprovisto de las necesidades falsas y la búsqueda de la felicidad ficticia y material que nos ofrece este mundo desalmado. Your true self, tu tú misma que descubres en magnificencia asombrosa con la práctica de la oración, la meditación, las lecturas de espiritualidad, el serio estudio de las Sagradas Escrituras, los sacramentos, las obras de caridad, la denuncia de la injusticia, la búsqueda del bien común que nos debe implicar a todos, la Presencia amorosa de Cristo en mi corazón. Habrá proyecto de vida mejor, mayor? No, ese es o debería ser.

Por lo dicho repito que no estaba ni remotamente preparada para lo que llegó a mi vida como un huracán que también supo ser brisa suave: tal ternura y pasión hecha carne, hecha piel desbordaron toda mi capacidad racional y mi determinación de no permitir que nada alterara la paz alcanzada. Pero la vida, la plena, la abundante, la que es ardor y delirio, éxtasis y gozo con ansias de morir entre sus brazos, besándonos tardes, noches enteras se transformó en el motivo culmen de mi existencia. La espontaneidad y confianza absolutas en el otro ser al que te das, la dádiva en gratuidad total, me movían a querer eternizar el instante aquel que sacudió cada fibra en mí.

Esa entrega al amor inesperado hicieron de esta mujer que entonces tenía 70 años, yo, un ente tan ridículo e indigno que merecería una buena tanda de plañideras vestidas de negro y después otra de jóvenes en atuendos de colores y rostros y cabellos y piel y ojos y cuerpos juveniles preciosos riéndose por detrás o frente a mí. Algunos más sensibles, tal vez me tendrían lástima, otros mirarían a otra parte por vergüenza ajena. Así me imaginé el cuadro.

Después de probar la dulzura inefable de este renacer a lo que había sepultado sin casi notarlo, que arribaba de súbito lo recibí como un don inmerecido, porque yo también hice daño, yo también hice sufrir a personas buenas que me amaron y las abandoné. Y a fin de cuentas fue feliz y apacible el largo tiempo que me tocó vivir sin amar ni ser amada, excepto por y a Dios. Sí, la llegada del indómito y temible Eros fue un misterioso don. También una enseñanza de humildad por mi soberbia de creerme por encima de las necesidades y deseos demasiado humanos, sigo siendo de este mundo de barro y cenizas. Mordí el polvo merecido. Aprendí la lección, el volcán de la carne permanece vivo hasta el último suspiro. Es una paz armada.

Me cuestiono si he amado así antes, porque el amor que hiere y mata de esta manera ruinosa no se conoce hasta que llega la vejez. Si te pasa, entonces cíñete la cintura, valiente, como dice la Escritura, ármate de toda la fuerza de voluntad, dignidad y vergüenza de que seas capaz. La humillación y la derrota son implacables cuando tienes 70 años y te enamoras como una adolescente de alguien que te abandona al poco tiempo como basura, como no merecedora de su grandeza e inteligencia.

Una anciana enamorada, a qué compararla? Si a quien amas -tampoco joven, ella tenía entonces 67 años-, se burla de tu edad, te lanza dardos venenosos o bromas sin maldad, pero bromas, acerca de los años que tienes, e incluso te advierte sobre una posible demencia senil o un alzheimer inminente?

A qué comparar una vieja enamorada? A una flor muerta, casi seca y doblada, fea, que sin saber cómo ni por qué se vuelve capullo y se abre en bellísima flor; acaso a un frasco de esencia contenida que al abrirlo llena la habitación entera de su aroma embriagador. También se puede comparar a las fases de la luna, que una noche aparece en hermoso y finísimo arco que se va llenando hasta henchirse, plenilunio que se refleja en el mar donde unos pies descalzos se encaminan agua adentro y se detiene y extiende los brazos para abrazar la noche. Es una mujer ilusionada la que se encuentra en el mar como hechizada. Atrás, en la arena, junto a un amigo de la señora del agua, está otra mujer que la observa. Soy yo. La imagen aquella no se borrará. Las dos son inmensamente felices esa noche de octubre de 2018.

La playa está casi desierta, el lugar es South Pointe, en Miami Beach. Entonces comenzaba la relación, se iban conociendo muy lentamente, porque las horas se iban en hacer el amor. La relación continuó, y fue creciendo en la mujer qué bañó sus pies en la playa como una necesidad ineludible de enjuiciar a la otra, que no entendía nada. Qué pasaba, si apenas unos minutos antes se habían amado en la cama como lobas salvajes o corderitos que solo saben escuchar y emitir susurros, pedir caricias?

Del juicio disimuladamente condenatorio pero lapidario, pasó a la agendada tarea de herirme, de hacerme el mayor daño posible. Me di cuenta que me odiaba. Y yo la amaba. La amo, no me avergüenza decirlo.

Le pido a Dios que me ayude a olvidar todo lo malo y en su lugar quede únicamente el recuerdo de los hermosos momentos que vivimos juntas.

La última vez que nos vimos fue el día de mi cumpleaños. Hacía casi dos meses que no hablábamos. El 3 de abril estuve en su casa para entregarle algo que le pertenecía. Noté que tenía miedo, no sé por qué, jamás hice o dije nada que pudiera provocar ese sentimiento en ella

Entonces llegó el 17 de mayo de 2019, día en que cumplí 71 años. La invité a celebrarlo conmigo. Me dijo que sí y fuimos a cenar a un restaurante español con un show flamenco. Fue una noche especialmente feliz. Guardo una de las rosas del ramo que me regaló en esa fecha memorable en que me pareció que yo le importaba, hubiera creído que hasta me quería. Al dejarme en casa nos despedimos como dos amigas. Insistió en que me quedara con lo que quedaba de una de las dos botellas del vino exquisito que tomamos. Ella conoce mucho de vinos. Me acerqué para besarla en la mejilla pero giró su rostro y me besó muy suavemente en los labios.

Me bajé del carro y desde la entrada de mi casa, a la que me dijo despectiva que nunca más volvería a entrar después que vio mi pobreza -la situación en la que nos hallamos la mayoría de las personas jubiladas en Estados Unidos-, mi casa era un cuarto y un baño. Ella es una mujer de status, de dinero y gustaba demostrarlo. Conste, desde el principio supe que sería un obstáculo en la relación. Yo no podría pagar los restaurantes que le gustaban, por ejemplo, uno al que me llevó donde la cuenta fue, por solo nosotras dos, de casi $400. Sentí repulsión y la comida apenas la probé, no me gustó. Ella comió, para mi gusto, en exceso. Bien, aquella festejada noche elevé la botella de vino y el ramo de rosas diciéndole adiós. Pasaron unos segundos y se marchó. No la volví a ver.

Hoy la comprendo y la perdono. La fui conociendo entre asombros y sobresaltos mientras me iba rompiendo como ser humano, hasta que descubrí su horrible verdad. Es alguien que ha sufrido mucho, además, es alcohólica y bipolar.

Ambas son enfermedades y soy una gran defensora de eliminar el estigma de las enfermedades mentales. Yo padezco una: ansiedad generalizada, para la que tomo ansiolíticos. Es un mal crónico, como la diabetes, no se cura, pero es tratable. Se hereda por línea materna. Ella padece de bipolaridad 2, que es una manifestación menos grave que la bipolaridad 1. Es un padecimiento que se manifiesta en cambios de estados de ánimo. En la 2 es más prevalente la depresión que el estado de manía, la exaltación de grandeza y poder. Las personas bipolares tienden al alcoholismo para sentirse mejor ante la constante amenaza de la depresión profunda y las características autodestructivas que la definen y la pueden llevar al suicidio.

Supe de su padecimiento poco antes de terminar definitivamente la  relación tormentosa, estuve dispuesta a seguir toda la vida a su lado acompañándonos en nuestras fragilidades.

Pero me di cuenta de que esos no eran los peores obstáculos, había uno peor, el que más daño le hace y probablemente el causante de sus enfermedades: un conflicto familiar que no tiene remedio y del cual se siente culpable. Su vida es un castigo autoinfligido, y lo lamentable es que proyecta el odio contra sí misma en la amante de turno. Es una mujer herida que hiere, no sana ni quiere sanar a nadie. Afirma que cada cual hace lo que le da la gana con sus heridas. Es atea pero prefieren que la llamen “escéptica”. Pero necesita demostrar a cada paso su increencia en nada que no sea científico, razonable. Pero aclaremos que fe y razón no son irreconciliables, todo lo contrario. Cada vez hay más científicos que se acercan a la espiritualidad. Y qué decir de los estudiosos de la cosmología, de los físicos? Los médicos y enfermeras al cuidado de enfermos terminales?

No soy mejor que ella porque crea en Dios, quizá alcance la gloria y yo no. Quién es quién para juzgar?

Soy una mujer rota, ella también. Pero yo sí quiero su sanación y su felicidad. Que Dios le quite la culpa que siente, no es culpable de su problema familiar. Ama y vive entregada a sus hermosas hijas y nietos, con quien se siente perpetuamente en deuda. Es homosexual, se cree liberada, pero no es más que una víctima transformada en victimaria de la persona de quien se enamore.

Quizá me amó y por eso necesitó desbaratarme. Lo logró.

Ayer domingo fui a misa en la catedral, en la que me bautizaron e hice la primera comunión. Hay un nuevo obispo en la diócesis de Pinar del Río, y precisamente ayer el papa Francisco nombró un nuevo cardenal para Cuba, Juan de la Caridad Hernández, arzobispo de La Habana. Qué regalo haber podido asistir a la Eucaristía en mi catedral y salir con esa nueva certeza del amor de Dios, que nunca me abandonó. Aunque sé que el hunde y levanta del polvo. Levántame, Dios de mi corazón.

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