La llegada

Mi perro muere de contentura, lo veo mover la cola sin parar yendo de un lado al otro de la casa como si no le alcanzara todo el tiempo del mundo: le ladra a quien llegue para después hacerse un merengue a sus pies  demostrando que no hay que temer, no muerde, ladra, está rodeado de seres humanos que conversan y se ríen y gesticulan con brazos y manos y hay momentos en que hablan varios a la vez. No sabe para dónde mirar, porque quiere mirarlo todo con los ojitos que se le desbordan de alegría y sorpresa. Además está conociendo una casa nueva, grande, en la que sobra espacio para correr, que no es la suya y la mía allá, diminuta. Me encanta verlo así. Teníamos una vida tan solitaria y silenciosa allá, en la ciudad del sol, como le llaman a Miami, pero para mí es la ciudad de hielo, de piedra helada el corazón, de fibra fría el alma de un incontable número de sus dos millones de habitantes, la mayoría cubanoamericanos. 

Ahora estamos en la ciudad de Pinar del Río, Cuba, con mi familia. Como sucede siempre, costumbre amable -del verbo amar-, van llegando primos a verme (tengo siete con sus correspondientes cónyuges e hijos). Algunos se aparecen inesperadamente a la puerta, siempre abierta, entran, conversamos, nos reconocemos y alegramos de vernos de nuevo. Son tantos los años que han pasado. Somos una familia muy grande separada en mi caso por más de cinco décadas, 57 años hace que me fui.  Soy solo uno de los cientos de miles de cubanos en la diáspora que vienen a ver a su familia una o varias veces al año. No es mi caso.

He venido a quedarme, para vivir aquí el tiempo que me quede hasta que llegue la muerte. Ese es mi proyecto de vida, no sé cuál será el de Dios. Suelen no coincidir, porque como dice Pablo: “todo conspira para el bien de los que aman a Dios” (Romanos, 8-28). Yo lo amo. Espero que esta vez coincidamos.

Pero me temo que hablo demasiado del futuro, aunque sea inmediato. Eso no es bueno. Vuelvo al presente, en el que me ha dado una gran sorpresa mi rodilla por una caída. Me duele horrores. Mi habitación está arriba. Los peldaños son muy altos. Paso el día leyendo sentada con la pierna elevada a ver si llego con vida a La Habana.

Cierta felicidad se me adentra sin remedio en este, mi antiguo ámbito que resucita ante mis ojos de asombro: ventanas y puertas abiertas, el café acabado de hacer otra vez (La Llave, Pilón, fabricados por cubanos en Estados Unidos, que les traigo a todos), voces que entran de la calle en todo momento, gritos de niños jugando, motores, altísimos o lo que a veces percibo como gemidos de los pregoneros de viandas y palitroques u otros alimentos el día entero, canciones de la radio vienen de lejos, y me divierte que al atardecer oigo la llamada de las madres a los muchachos en las calles: “Fulanito, ven a bañarte!” Sí, sigue la costumbre, porque cuando vivía aquí la gente se bañaba siempre a las cuatro o a las cinco a más tardar. No sé por qué. Todo es tan distinto y a la vez reconocido, como un lejano eco que se iba muriendo y de pronto vuelve.

El calor de agosto es intolerable, agua fría y ventiladores para palearlo. Todo es nuevo y significante. El ahora se impone con fuerza, no te deja, es muy intensa la experiencia de vivir en Cuba.

Por fortuna o por designio sí voy dejando atrás el pasado lejano, ese colmado de aventuras y responsabilidades, de trabajo cumplidas, existencia laboral fascinante y agotadora, estresante, ansiosa que sí, me hizo dichosa pero me destrozó emocional y psíquicamente. Qué me importa a mí hoy que me barrieran por el piso: ser periodista honesta, que investiga e informa la verdad en Miami es casi suicida. El terrorismo verbal no cesa, aunque hayan pasado 60 años, lo he vivido en carne viva más de 35 años. Estoy agotada. Dejé de ser columnista en El Nuevo Herald después de 25 años, el verano pasado, porque dije la verdad sobre el presidente Donald Trump, el supremacista nazi que promueve la matanza de negros e hispanos, encierra en jaulas a niños inmigrantes después de separarlos de sus padres a la fuerza en la frontera, que viola y abusa de las mujeres porque es misógino y abusador patológico. Que impulsa a la creciente ola de nazis de todo el país para que marchen libremente con banderas de swásticas y confederadas, amenazando y llevando a cabo masacres de judíos, y todos los que lleguen de “países de mierda” como le llama Trump a Àfrica y Amèrica Latina.

Una de las cosas que más han escandalizado a miles de cubanoamericanos como a mí es ver la cantidad de otros cubanoamericanos trumpistas. Fanáticos que dan asco en su defensa de lo peor, de lo más abyecto y despreciable que ha gobernado ese país, el actual presidente que gracias al esfuerzo inconmensurable de la prensa y la lucha sin tregua de los demócratas le han impedido establecer una dictadura fascista. Y destituirán al delincuente (ya el proceso de destitución comenzó, despuíes vendrán los juicios por sus crímenes, de lo que se ocupará no el Congreso, sino la Corte de Distrito del Estado de Nueva York). El país, que se supone sea el más rico y poderoso del mundo, sobreviven más de 40 millones de ciudadanos, como yo, en estado de pobreza.

En la reciente reunión de la G-7, Trump fue el único mandatario que no estuvo presente en la reunión donde se discutió el alarmante calentamiento global y qué hacer para salvar la Tierra. A él no le importa el planeta, solo le importa el dinero, delinquir y hacer daño, el mayor que pueda. Los cubanoamericanos republicanos lo adoran, le rinden culto como a un demiurgo. Esos republicanos de raíz cubana no tienen compasión: abogan con fuerza porque se mantenga el embargo abusivo e inhumano contra Cuba, que vivo y corroboro aquí, ahora. Y Trump, para complacerlos, pensando que ganará sus votos, lo fortaleció.

Les anuncio a todos que le queda poco, muy poco, porque pronto se levantará el bloqueo a Cuba y veremos su transformación liberadora y creadora de un porvenir audaz y hermoso en esta tierra maravillosa.    

Sí, me digo, este tiempo también pasará. No puedo negar mi amor a Estados Unidos, donde vivo desde los 13 años. Es irremediable sentir la doble identidad. No obstante, prefiero, opto por esta, la que soy, la que fui y seré, la verdadera.

Sé que esta otra realidad, no menos apremiante y trágica en la que me adentro junto a mi pueblo, es mi patria adolorida, en necesidad de reconstrucción de todo tipo. Pero dura como es la vida cotidiana, la prefiero, aquí me muero.

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