El abuso sexual de mi padre



2014


Quien haya sido víctima de abuso sexual está mutilado de por vida, la herida a su psiquis es tan profunda para el desarrollo sano de la persona que una nunca sabe qué camino tomará el individuo para intentar ser feliz. Me siento movida a escribir sobre el abuso sexual por el impacto que me ha causado la Carta Abierta de Dylan Farrow, la hija de Mia Farrow e hijastra de Woody Allen, publicada en la columna de Nicholas Kristof del New York Times el domingo. Dylan cuenta cómo fue abusada sexualmente por Allen, aunque Allen siempre lo ha negado. Lo hace motivada por el Premio Golden Globe que le otorgaron a Allen por la excelencia de su obra; ella lo vio por televisión llorando, recordando.
Les contaré ahora cómo fui abusada yo y por qué me identifico con Dylan Farow, y cientos de miles de mujeres que han sufrido en silencio demasiado tiempo este asalto a su dignidad, a su integridad, a su equilibrio emocional.
Supongo que fue por la necesidad que tenía de recibir muestras de cariño. Me sentía muy sola y lloraba por las noches, porque extrañaba a mi familia que había quedado en Cuba. Yo tenía 13 años, hacía uno que había llegado a Estados Unidos reclamada por mi padre, estábamos en 1963. Vivíamos en Port Chester, Nueva York, yo vivía con él y mi madrasta. Ella había salido esa noche, él estaba mirando la televisión, recuerdo que era un juego de pelota, y le oí gritar animado, supongo que estaría ganando su equipo. Mi padre estaba poco en casa, viajaba mucho por asuntos de negocios y nuestra relación distaba mucho de ser cercana y cariñosa (no vivía con él desde que yo tenía dos años, cuando mis padres se divorciaron). Pero desde abril del 62 en que llegué a Miami hasta la fecha de esa noche, vivíamos juntos, así que se había ido creando una relación más normal, creo, de padre e hija. No era malo conmigo, sin embargo me inspiraba más bien miedo que otra cosa. Pero no esa noche, me acerque a su butaca y mesenté en el brazo de esa butaca, lo abracé y le di un beso contenta y me quedé sentada a su lado. Sólo Dios sabe lo necesitada de amor que estaba. De algo que me trajera por lo menos el recuerdo de lo que había dejado atrás: mi madrina querida, mi madre, mi abuela, mis primos, mis amigos, mi casa, mi infancia, mi escuela. Sentada en la butaca y mirando a la pantalla, tratando de compartir con él su alegría por el juego, de pronto sentí su mano subir lentamente por mi muslo, más bien eran los dedos. Cuando vine a ver esos dedos estaban acariciando mi sexo a través del panty (bloomer). No sabiendo qué hacer me quedé paralizada un momento, hasta que me levanté muy asustada y miré hacia él. Pude ver enseguida que tenía una erección y una expresión en el rostro para mí desconocida. Ése no era mi padre, o lo era, pero no lo había visto así, con ese deseo o lujuria en los ojos. Di la vuelta y fui a encerrarme en mi cuarto. Nada más pasó. Hoy le agradezco que no me haya seguido, que no haya hecho nada más esa noche. No me violó. Pudo haberlo hecho. Pero se quedó en la sala. Al rato llegó mi madrasta. Al otro día todo parecía normal. El patriarca de 6 pies 2 pulgadas manejaba la situación muy bien; yo y mi madrasta conversábamos de boberías. Ella cariñosa y buena, era una mujer muy educada que se portó muy bien conmigo.
Me viene a la memoria otro día que estaba secándome después de una ducha y de pronto se abrió la puerta del baño. Era él, que aparentó no saber que yo estaba ahí, pero se quedó unos segundos mirándome desnuda en la bañadera, yo tapándome con rapidez con la toalla. A veces me he preguntado por qué no tenía cortina aquel baño, o la tenía y mi memoria me falla, y yo la había ya descorrido porque me iba a secar. Hubo varias ocasiones en que me dejaba muy asustada su actitud, algunas típicas de un enfermo sexual, pero debo dejar claro que no me hizo más nada físico. Pero las heridas emocionales y psíquicas están ahí. Cuando llegó mi madre a los pocos meses de Cuba me mudé con ella. Para mí fue la libertad, la felicidad, la alegría más grande del mundo, mi mundo. Era julio de 1963. Otra vida empezaba, la abracé con todas mis fuerzas, pero yo sabía que estaba marcada para siempre.

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#MeToo: Yo también fui violada

Dora Amador


El miembro de la Cámara de Representantes y candidato al Senado por Missouri, Todd Akin, está en contra del aborto incluso en caso de violación. El congresista quiso justificar su posición diciendo estas palabras que han reproducido cientos de periódicos: “Es muy infrecuente que una violación acabe en embarazo, porque si se trata de una violación legítima, el cuerpo de la mujer tiene maneras de cerrarse”. Akin, como millones de hombres, piensan y afirman que si una mujer es violada, muchas veces se debe a que “se la buscó”, o mintió, por tanto no es genuina ni cierta ni verdadera, en suma no es legítima.
Pero el razonamiento ancestral y patéticamente ignorante de Akin va más allá. Él está convencido de que si una mujer está siendo violada “legítimamente”, no quedará embarazada porque –en inglés, para no perdernos nada de este bocadillo republicano– “ the female body has ways to try to shut the whole thing down”, como lo harían las compuertas de un dique, supongo, o algunas maquinarias cuando perciben peligro. Por “ the whole thing” debemos entender el útero, los ovarios y, de paso, eliminar no se sabe cómo los millones de espermatozoides que buscan un óvulo para engendrar. Podría ser, para colmo, que Akin piense que la mujer evita automáticamente el embarazo porque al ser una “violación legítima”, y ella no debe sentir placer ni tener el orgasmo a la misma vez que el hombre (muchos creían antes que esto debería ser así para lograr el embarazo) entonces cierra sus compuertas internas y adiós esperma, no hay engendración posible.
Esto me ha hecho recordar vívidamente algo que gracias a Dios he logrado dejar ir de todo mi ser hace tiempo. Cuando fui violada a los 15 años.
Como en la mayoría de los casos –no son curas ni hombres desconocidos–, fui violada por una persona cercana a la familia que nos visitaba a menudo. Antes de proseguir debo decir, para advertencia de los que cuidan amorosamente de los niños y las niñas, que todos los estudios que se han hecho sobre este tema demuestran que la inmensa mayoría de las violaciones y abusos infantiles son perpetrados por los padres, algún familiar o personas amigas de la familia de la víctima. Prosigo narrando mi experimentación con el mal a muy temprana edad: era el Nueva York de 1963, donde llegaban cubanos exiliados a diario buscando trabajo y hogar. Nosotras –mi madre, mi hermana y yo– vivíamos en un barrio típicamente cubano de la época, West Side, en Manhattan.

Ese hombre me invitó a pasear una tarde en que me encontraba sola en el apartamento. Yo había llegado de la escuela, pero no mi mamá ni mi hermana, que estaban en el trabajo. Era un atardecer lindo en Manhattan, y caminábamos sin prisa. Me invitó a entrar en uno de los pubs que nos encontrábamos por las calles y avenidas de lo que empezaba a ser mi ciudad amada. Recuerdo que fue como una fascinante aventura entrar en aquel lugar a media luz, y sentarme como una adulta en aquel ambiente nuevo y atrayente. Al rato de estar en el bar yo estaba perdidamente borracha. Era la primera vez que tomaba. Lo próximo que supe era que estaba en un cuarto de un hotel, desnuda, acostada en una cama con el cuerpo de aquel hombre encima de mí, moviéndose desesperado, y yo en silencio aterrada sintiendo el dolor de la penetración. Después vi que la sábana tenía manchas de sangre, mi sangre. No dije nada, no hablé durante todo aquello. Estaba en shock, mi cuerpo temblaba, ya no estaba borracha, pero tampoco pensaba, solo sentía en todo mi ser interior como un golpe, una grieta, un susto de nuevo tipo.
Omito detalles del encuentro con mi madre esa noche y los sucesos al otro día. La rebeldía que ocultaba mi dolor y quebradura que se había iniciado desde que salí de Cuba y después viviendo con mi padre y mi madrasta, se fortaleció ahora como un potro salvaje en mi pecho. Cada cual tiene sus mecanismos. (Al salir de Cuba en 1962, fui a vivir con mi padre y mi madrastra por año y medio, hasta que salió mi mamá a mediados de 1963 y me fui a vivir con ella).
Volvamos a la violación “legítima”. No me casé con aquella bestia. ¿Me hubiese hecho un aborto si hubiera quedado embarazada, lo que gracias a Dios no sucedió? Es probable que sí. Entonces yo no tenía la conciencia de que la vida comienza en el momento de la concepción, aunque el semen sea el de un violador. Y si me lo hubiera hecho, ¿cómo me sentiría ahora por haber matado a mi hija o hijo? Un mal sobre otro mal.
Aun así, la mujer debe ser quien toma la decisión de hacerse un aborto o no si fue violada. Y el aborto en estos casos debe ser legal. Es una decisión muy personal, para eso existe el libre albedrío.
Me uno con todo mi ser al Movimiento #MeToo que busca y ha logrado que las mujeres levanten la voz para exigir justicia y acusar abiertamente a los hombres que han abusado sexualmente de ellas, las han acosado, violado y amenazado con perder sus puestos de trabajo si no tienen relaciones sexuales con ellos.

Ellos han sido siempre los jefes, y el salario, la supervivencia de una mujer depende de su trabajo. Cuantas han cedido calladas para no perderlo? Innumerables. No más. Basta. Basta de acoso, de violaciones que han destruido la vida de tantas de nosotras. Un hombre debe saber cuándo es aceptado y cuando no. Pero a ellos no les importa si es no, porque en la cama, además del placer sexual lo embriaga el placer del poder.

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