La larga noche: Mujeres en el presidio político cubano

Kaputt / Broken (Rotas)
Ilustración de Gabriele Stötzer y Birgit Willschütz, ex presas políticas alemanas, que sufrieron el horror del sistema carcelario comunista en la ex Alemania del Este. Ambas fueron encerradas en el Castillo Hoheneck, la prisión de mujeres más severa del país; las presas eran sometidas a torturas, celdas superpobladas y trabajo forzado. Muchos de los métodos de represión y espionaje que se practican en Cuba fueron copiados de la antigua Alemania del Este.
Volker Schlecht. Drushba Pankow

El periodismo tiene un inmenso valor para la historia, la cultura, la trayectoria fundacional de los pueblos. El artículo que hoy publico aquí seguido por seis testimonios de mujeres cubanas es imprescindible, junto a otros que le siguieron, sobre el presidio político de mujeres en Cuba, uno de los más numerosos de mundo. Los cubanos sabemos muy bien que tendemos a ser desmemoriados. En la isla ya son 60 años de censura, se oculta la verdad, se enaltece la mentira y la desinformación. En el exilio hay muchas experiencias que deben ser registradas en los libros de historia por su trascendencia para el bien de las generaciones futuras.

Por lo general hemos presenciado cientos de publicaciones de obras que tienen que ver con el pasado, el obstinado pasado, antes de 1959, cintos más en las que se trata de entender el aplastante proceso del totalitarismo. Y abundan, gracias a Dios, los poetas, narradores, dramaturgos, artistas. Esa parte vital de Cuba vive, está ahí, vivirá. Pero no así los acontecimientos políticos, sociales, económicos, la lucha por la democracia que miles de cubanos han llevado y siguen llevando a cabo por el ideal de recobrar una patria liberada, democrática, justa, donde reine la paz y el bien común.

Valgan estas palabras para justificar esta narrativa de la realidad atroz publicada en El Nuevo Herald el 10 de marzo de 1991.

El presidio político de mujeres en Cuba ha sido comúnmente ignorado en el exilio. “Creo que es un ensañamiento. Allá en Cuba y aquí”, dice un hombre muy ligado a los asuntos cubanos que trabajó durante 20 años en el Comité Internacional de Rescate en Nueva York, Madrid y Puerto Rico, pero que prefiere mantenerse en el anonimato. “Allá porque se ensañan más. Es un odio bestial en contra de la mujer, aquí porque no se le presta la atención que merece el caso, que es una de las cosas más graves”.

“Conocí las condiciones de las presas políticas y eran realmente difíciles”, afirma Hiram Abi Cobas, secretario general del Partido Pro Derechos Humanos de Cuba, quien estuvo 16 meses en prisión y llegó a Miami en febrero. “Incluso eran más difíciles que las nuestras, porque estaban directamente con las presas comunes”.

Las cárceles de mujeres conocidas oficialmente en Cuba son: el Reclusorio Nacional de Mujeres en Guanajay, el Castillo de San Severino en Matanzas (donde hay también hombres), el Vivac de Guanabacoa y el de Santiago de Cuba, la Granja América Libre, el Centro de Reeducación para Mujeres de Occidente, renombrado Nuevo Amanecer –que las presas llaman Manto Negro porque se rumora que fue construida sobre un cementerio–. Pero en Cuba hay un número indeterminado de granjas y lugares de trabajo forzado a dónde llevan presas cuyo delito tiene un carácter netamente político, que se intenta ocultar mezclándolas con las comunes.

Es imposible saber con certeza el número de mujeres que ha pasado por las cárceles cubanas por causas políticas. Tradicionalmente, las cubanas han participado activamente en la lucha clandestina contra las dictaduras de la isla, como la de Gerardo Machado y Fulgencio Batista, y han sido encarceladas por ese motivo. Pero nunca las prisiones de Cuba han estado pobladas por tantas mujeres como bajo el gobierno de Castro: “Jamás ha habido un presidio femenino de la magnitud de este”, dice Juan Clark, autor de Cuba, mito y realidad. “La brutalidad, el carácter masivo, la longitud del tiempo encarceladas es lo que lo ha caracterizado. No tiene paralelo en la historia de Cuba, yo diría que ni en toda America”.

En El imperio de la ley en Cuba, que fue preparado por la Comisión Internacional de Juristas de Ginebra, Suiza, hace 29 años, aparecen los testimonios de varias ex presas políticas cubanas que son una denuncia de las atrocidades que se cometían contra ellas en el presidio político de Cuba a principios de la década del 60.

El libro es además uno de los primeros en denunciar las violaciones de derechos humanos en Cuba y el sistema judicial castrista.

Casi 30 años después de preparado ese informe, las condiciones son las mismas. De acuerdo con el último reporte de Amnistía Internacional sobre Cuba, titulado Cuba, the Human Rights Situation, fechado diciembre de 1990, “el número total de personas encarceladas por causas políticas es mucho mayor que la cifra dada por el Fiscal General de Cuba” a finales de 1990. Se consideran delitos comunes –y no políticos– cargos tales como “asociación, manifestación y reunión ilícitas”, “intento de salida ilegal del país”, “desacato a la autoridad” y “clandestinidad de impresos”, por lo que se puede suponer que hay un número elevado de mujeres en esa cifra indocumentable.

La vida en el presidio de Cuba es horrenda, según testimonios de las ex presas. Aunque los traslados de una prisión a otra son comunes, la situación de las presas no mejora nunca, porque en todas las cárceles son iguales.

La alimentación es muy pobre, y es normal encontrar gusanos y gorgojos en la comida, que consiste básicamente de macarrones hervidos, potaje de chícharos, carne rusa enlatada, huevos –considerados lujos en prisión– y pan, nunca fresco. De desayuno se sirve leche o café sumamente aguados. Una práctica común es darles la misma comida por meses, o alimentos que iban a ser exportados, pero que se pudrieron.

En todas las cárceles hay carencia extrema de agua. Esta llega por lo general dos veces al día, siempre helada, incluso en invierno.

Entre muchas otras cosas necesarias, a las presas políticas apenas se les provee de toallas sanitarias femeninas (llamadas Intimas en Cuba), algodón o cualquier otro material que pudiera servir de sustituto. Está prohibido que la familia les lleve.

Las condiciones higiénicas en el presidio son de las peores imaginables. Manto Negro, un penal cerrado donde no se ve el sol, está rodeado de pantanos. En el patio, localizado en el centro del edificio, debido a los desperdicios de comida y basura que allí se arrojan, hay mal olor y muchos moscas y mosquitos.

En el medio de cada celda hay un pequeño hueco que se usa como inodoro. A este hueco se le conoce como “el polaco”, y las presas cuidan mucho de mantenerlo siempre tapado, ya que en él se encuentran las ratas, ranas, cucarachas, y otros insectos que suben por ahí. Como hay rajaduras en las paredes, en muchas celdas de abajo suelen filtrarse los líquidos de desperdicios y el agua putrefacta de las celdas de arriba.

Las visitas son una o dos veces al mes, por una o dos horas. Sin embargo, la guardia la suspende muy a menudo, bien por la política que se sigue en el momento, o por un castigo especial a algunas presas.

El recuento diario es a las 5 de la mañana, pero se altera el orden constantemente, y se lleva a cabo varias veces de madrugada, con la intención de torturar a las presas. Las requisas son muy comunes.

A continuación, seis mujeres cuentan parte de las experiencias que sufrieron. Aunque todas vivieron bajo condiciones muy similares –tortura psíquica constante, traslados arbitrarios, golpizas– cada relato difiere en su dimensión personal. Cada testimonio es un microcosmo, una parte esencial, reveladora, de ese todo atroz que es el presidio político de mujeres en Cuba.

Hilda Felipe: Fuimos el chivo expiatorio

Me detuvieron dos veces. La primera vez estuve 90 días en Villa Marista, presa en una celda oscura sentada en el suelo, porque no había ni una silla. Allí fui sometida a interrogatorios. Yo no dije quiénes iban a mi casa ni nada. Además, descubrí que ellos no sabían tanto. La gente habla por un problema psicológico, ellos no saben tanto como te hacen creer.

Entonces me mandaron para la casa, pero en mayo me volvieron a detener. Fue en 1968. Fidel dijo que yo tenía la cabeza caliente. En total estuve como dos años presa y tres en prisión domiciliaria.

En Isla de Pinos estuve 13 meses. Allí la prisión fue muy dura. Nos tenían en un lugar tan remoto, tan aislado, como a 70 kilómetros de Nueva Gerona. Primero nos llevaron para un gran almacén abandonado, donde las ratas caminaban por los alambres. Allí violaron a una mujer.

Conmigo estaba una panameña que había ido para Cuba ilusionada con la revolución y le pasó lo que a todo el mundo. Éramos solo nosotras dos en aquel lugar tan desolado a donde nos mandaron. Nos levantábamos y no teníamos nada que comer. No nos enviaban comida, y estaba prohibido que nos fuéramos de allí, que fuéramos al pueblo. A veces caminábamos hasta 10 kilómetros hasta el lugar más habitado.

Los campesinos a veces nos daban comida. Recuerdo que nos bañábamos con un cubo en un río. Blanca Soto, la panameña, era experta en robar yuca, y comíamos yuca, un huevo o papa hervida. Andábamos siempre vagando con un saquito, recogiendo cosas, agarrábamos a veces un pollo, lo matábamos y lo hervíamos, sin sazón ni nada. Allí nadie nos vendía nada, porque todos tenían mucho miedo.

Se me cayeron las 10 uñas de los pies, no sé por qué, parece que me faltó algo allí, siempre estuve enferma.

Yo había dejado a mis tres hijos al cuidado de mi mamá. Tenían nueve, 14 y 17 años. Es horroroso, pensar que mis hijos tenían a su madre y a su padre en la cárcel. Quien le esta hablando no es una contrarrevolucionaria, es una persona que lucho día a día para que Fidel Castro tomara el poder, que eso es lo más indignante, y lo más infame de todo.

Mi esposo, Arnaldo Escalona, era jefe de las páginas poliíicas del periódico Hoy, uno de los fundadores del órgano del Partido Comunista de Cuba, éramos personas muy conocidas dentro de las esferas políticas de Cuba.

Yo me formé en las luchas sindicales, a los 18 años era secretaria general de una sección que tenía 470 trabajadores en una fábrica de textil, la Esttsen. De ahí pasé al Partido Socialista Popular. Mi madre era comunista, y para mí era muy fácil convertirme a las ideas del Partido Comunista. Junto a Martha Frayde, Victoria Rodríguez, Vicentina Antuña, Natalia Bolívar y otras fundamos el Movimiento de Mujeres Oposicionistas Unidas, salimos a la calle a pelear, era la primera vez que se juntaban mujeres cubanas de todas las tendencias en contra de la dictadura de Fulgencio Batista.

Yo tenía una vida muy intensa, muy llena de luchas. Fui miembro del PSP hasta el triunfo de la revolución en el 59. Ahí conocí a mi esposo.

Vimos el triunfo de la revolución por la que habíamos luchado tanto y nos empezamos a percatar de las injusticias, de la falta de legalidad. Hablábamos con Lázaro Peña, con Blas Roca, con Carlos Rafael Rodríguez, les decíamos ‘la gente esta preocupada, qué es lo que esta pasando’. Y ellos, los del gobierno, optaron por convertir aquello en una supuesta conspiración. Nos convertimos en una especie de chivo expiatorio. Nos acusaron de diversionismo ideológico, de trabajar para la CIA, todos esos clichés que usan.

En un discurso muy secreto el 1ro. de octubre de 1967, Fidel dijo que había buenos comunistas y malos comunistas. Nosotros éramos los comunistas malos, y éramos, dijo, una pequeña facción. Por eso la llamó la microfacción. Y ahí metió a todo el mundo que quiso. De octubre a diciembre detuvieron a muchas personas.

Yo salí de la cárcel en el 70 y mi esposo en el 72. Nos fuimos incorporando a la lucha por los derechos humanos. Hubo un viejo hábito en La Habana de acudir a Arnaldo para quejarse de que no se respetaban los derechos civiles, sindicales, políticos, humanos. Mucha gente nos iba a ver, y los aconsejábamos. Era entonces la lucha por la legalidad socialista. Allí se reunían Ricardo Bofill (presidente del Comite Cubano pro Derechos Humanos), Elizardo Sánchez (secretario general de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional). Era el año 74, 75, nos agrupábamos por instinto y hacíamos cosas, todavía no tenía nombre la organización, después se llamaría Comité Cubano pro Derechos Humanos”.

Hilda Felipe logró salir de Cuba junto a su esposo y sus hijos por el Mariel en 1980. Aquí fundó el Comité Pro Derechos Humanos de Cuba.

Ofelia Duque: Él sabía que lo iban a fusilar, y lo presentía 

El sabia que lo iban a fusilar. Yo lo presentía. Por dos minutos me dejaron verlo. Apenas si atinamos a nada. Me dijo “no creas nada de lo que te digan”. El había bajado mucho de peso, recuerdo mucho la piel de los dedos de sus manos, como que le colgaba, estaba tan flácida. Fue espantoso. Fue el momento más amargo de mi vida, el más triste y el más desesperado. En dos minutos hablamos de nuestro hijo, él me dijo hasta pronto, y eso fue todo. A los dos meses lo fusilaron.

Enseguida nos volvieron a llevar para la granja a trabajar. Si no trabajábamos nos ponían con las comunes, esa era siempre la amenaza.

Yo estuve presa 15 años y medio. Cuando me cogieron mi esposo estaba aquí. El había logrado asilarse en la Embajada de Colombia y a los tres meses pudo pasar a Estados Unidos. Después regresó. Desembarcó en Cuba el 3 de mayo de 1969 con el grupo del comandante Yarey. Era un grupo de 10 hombres que desembarcó por Baracoa, en Oriente. En el desembarco murieron tres y al resto los cogieron, entre ellos estaba mi marido.

A los tres meses de estar preso en Oriente lo llevaron para Villa Marista, en La Habana. Yo y Georgina Cid, su hermana, estábamos en el América Libre. A las dos nos llevaron para el G2 para verlo.

Recuerdo mucho un traslado de presas que hubo en jaulas. Cuando llegaron las tiraron como si fueran fardos, y las golpearon, aquello fue algo tenebroso, ver cómo los hombres golpeaban a las mujeres. A mí me golpearon varias veces.

Pero si usted supiera, estoy orgullosa de haber dejado parte de mi juventud allí por la libertad de Cuba. La experiencia nos ha servido de mucho. Perdone si no sigo hablando, recordar esto me ha puesto mal.

Ofelia Duque fue encarcelada el 9 de marzo de 1961, y llego a Miami en 1978. Tiene un hijo de 31 años con su primer esposo fusilado. Actualmente trabaja con el gobierno federal.

Luisa Pérez: Aprendí que la indignación supera el miedo

“Yo fui juzgada 14 meses después de ser detenida. En ese tiempo me trasladaron de prisión con violencia tres veces.

Recuerdo un Día de las Madres, que nos sacaron normalmente, como si fuéramos a ver a la familia, y cuando llegamos al salón de visita entró un grupo de milicianos y nos sacaron arrastradas, a patadas, a golpes y nos metieron en unos vehículos de traslado. Todo esto delante de nuestras madres y familiares que estaban allí en la calle, viendo aquello y dando gritos.

Supe 15 meses después de estar condenada que tenía una condena de 12 años. Cumplí 11. El juicio fue en La Cabaña, me mandaron para Guanajay. Me acusaron de atentar contra los poderes del Estado. Yo había participado activamente en la lucha contra Batista y me encontraba en México exiliada. Cuando triunfó la revolución regresé a Cuba. Fui a la Sierra Maestra a dar clases, pensé que en el área rural podría apreciar mejor los logros revolucionarios, pero allí me di cuenta de que todo estaba muy controlado, había mucha represión. Renuncié y regresé a La Habana, me incorporé al Movimiento 30 de Noviembre, en la lucha clandestina. Fui detenida.

Hubo un momento en la prisión de Guanajay, durante la década del 60, en que habían cerca de 2,000 mujeres encarceladas por causas políticas. Yo tenía 25 años cuando caí presa. La prisión me marcó. Yo no escogí esa situación, pero me alegro de haberla vivido. Aprendí que la indignación supera el miedo. Cuando tenía mucho miedo pensaba que ya vendría la indignación, que generaría fuerza. Y la justicia de la causa por la que allí estábamos, se lo expresé a la dirigencia de la prisión.

Estábamos enterradas en vida, relegadas al olvido. Pero la situación te va dando fuerza, sobrevivíamos con un sentimiento de dignidad humana, porque se hace una decantación de valores y cuando ya estás sin nada, a veces sin agua que tomar, sale una gran fuerza.

Cuando construyeron el pabellón de celdas tapiadas en Guanajay yo me quejé. Entonces, como castigo, me metieron en una. Estuve dos años incomunicada, sola.

Pero en esas celdas tapiadas buscábamos la forma de comunicarnos unas con otras. Eran muy chiquiticas: se dormía en el suelo. Cada una tenía una especie de mortero de concreto en el suelo y nos subíamos en el borde para poder alcanzar el huequito por donde metían la comida, y por allí hablábamos con las otras que estaban en las demás tapiadas.

El ser humano tiene una fuerza muy grande, mientras más me maltrataban, más fuerza tenía. Aquello era algo monstruoso. Yo me decía: ellos no pueden conmigo, no pueden, no van a poder. Yo soy un ser humano.

Una vez estuve 65 días seguidos sin bañarme, comiendo comida helada, yendo al baño de hombres.

Uno de los castigos era ponernos con las comunes. Una vez nos pusieron a 45 políticas entre 600 comunes. Esas presas comunes tan pronto gritaban paredón contra nosotras como al otro día se volvían contra ellos y decían que estaban con nosotras.

Allí vimos cosas horribles. Una se ahorcó una noche. Constantemente se aplicaban cucharas hirviendo para quitarse los tatuajes. Era una situación dantesca, porque era día y noche.

Una de las torturas era poner los altoparlantes muy alto con La internacional. Eran altoparlantes inmensos, a todo volumen y los tenían horas y horas. Yo empezaba a caminar de un lado para otro en la celda, me imaginaba que estaba en la calle y que iba de tal lugar a tal lugar de La Habana. Era una forma de higiene mental, para conservar la razón.

A veces te daban algo para leer y regresabas a una vida un poco más normal, y ese era parte del plan, para que recordaras lo que habías perdido.

Pero, ¿qué es mi dolor y mi condena comparada con la de Mario Chanes de Armas o la de Ernesto Díaz Rodriguez? Lo mío no es nada al lado de lo que ha pasado allí la gente y lo que esta pasando”.

Luisa Perez cayó presa el 4 de noviembre de 1960 y salió de la cárcel en 1971. Llegó a Miami en 1978. Actualmente es directora de la Biblioteca de Grapeland Heights, del Sistema de Bibliotecas Públicas de Miami-Dade. Pérez ha realizado una intensa labor investigativa sobre el presidio político cubano.

América Quesada: La presa política es libre en prisión

Cuando me detuvieron y me llevaron para la Seguridad del Estado en Matanzas, me metieron en una celda donde estaban escritos los nombres de los fusilados en las paredes.

Estuve allí sin asearme, haciendo mis necesidades en una lata cuatro días, durmiendo en una colchoneta sanguinolenta, llena de insectos en el piso. Alguien me dijo que si se apagaba la luz que no me asustara, que era que allí se había ahorcado un preso. Era para “trabajar” tu mente psíquicamente con eso.

Después me tuvieron dos meses incomunicada, y más tarde me pasaron a la Fortaleza del Castillo de San Severino, que es una de las prisiones más severas de Cuba. Ahí tuve una de las experiencias más horribles.

Fue traída a la celda una joven llena de tierra de pies a cabeza. Tenía un olor terrible.

La mujer llegó llena de pavor. Cayó rígida arriba de la cama. La Seguridad del Estado la había sumergido en el agua, una mujer que estaba enferma, que padecía de ahogo. La cogían por el pelo y la sumergían una y otra vez, hasta que quedaba exhausta, sin respiración, y así le hicieron tres o cuatro veces. Después abrieron un hueco en la tierra y la enterraron allí por 24 horas, enterrada en aquella parte de la costa sin darle alimento ni nada. Caridad Vega se llamaba. Ya murió.

Después del Castillo de San Severino pasé al Reclusorio Nacional de Mujeres en Guanajay.

Lo que más me asombró al llegar allí, al primer pabellón, fue ver infinidad de mujeres pegadas a las rejas, con esas miradas, diferentes por completo a las que puedas ver en una persona angustiada en un momento transitorio de la vida.

Tenía 28 años cuando caí presa. Me condenaron a 20 años de prisión, cumplí 14. Me detuvieron el 4 de enero de 1964. Hacía cuatro años que estaba trabajando en la clandestinidad, en el Movimiento de Recuperación Revolucionaria.

Cuando se me hizo la requisa en mi casa, me incautaron un documento, que es un vaticinio que había escrito en 1957 (en una visión) sobre lo que iba a suceder en Cuba. Predije todo lo que iba a pasar. Ellos leyeron el papel y se burlaron de mí en el interrogatorio, me preguntaron si no había visto en mis predicciones que me iban a meter en la cárcel. Y les contesté que sí lo que estaban haciendo conmigo acaso no era prueba de la militarización y la represión que vaticiné.

Un día, como al año de estar presa, me sacan de la cárcel sin decirme para dónde me llevaban. Y así, a boca de jarro me encuentro una caja de muerto, un tendido en la sala de mi casa. Y cuando pregunto que quién esta tendido ahí me dicen que es mi madre.

Fue un encuentro terrible, algo tan doloroso en mi vida. Estuve nada más que unas horas allí con la vigilancia de dos custodios que no me dejaban mover. Me prohibieron ir al cementerio.

Posteriormente me llevaron también sin decirme nada al velorio de mi padre, pero papá estaba en una funeraria, no en la casa. Y entonces, faltándome dos meses para salir de la cárcel también se muere mi hermano, a quien yo quería mucho. Mis tres hermanas están en Cuba, yo estoy aquí en Miami sola.

El que no ha pasado por la prisión no puede saber la dimensión que tiene la resistencia humana para enfrentarse a la carencia, a no disfrutar las cosas que proporciona la vida, como una familia, un cumpleaños, una boda, el desarrollo de un hogar, algo tan elemental.

El presidio te priva de la dicha. Yo estaba en la plenitud de mi vida. Tenia 30 años cuando caí presa. Pero sucede que tu problema se hace pequeño en comparación con otros, con tantas tribulaciones de las demás compañeras. A la vez que llegas al presidio formas parte de una gran familia. Y si estuviste confundida en algún momento y dudaste de lo que hiciste, al llegar allí sabes que verdaderamente existe una razón. Veías tanta canallada que sabías que estabas allí por una causa generosa y justa.

El preso, la presa política, donde verdaderamente se siente libre es estando en la prisión, porque es donde se puede manifestar. Para mí no hay mayor alegría que poder dejar el testimonio de que mujeres cubanas supieron tener muy en alto su valor y su coraje para defender la libertad de mi país.

América Quesada llegó a Miami en 1980 por el Mariel. Actualmente es gerente general de una tienda por departamentos. Quesada dedica parte de su tiempo libre a entrevistar con su cámara de vídeo a ex presas políticas cubanas como ella.

Georgina Cid: Los disparos iban para adentro

El ser humano tiene la capacidad de sobrevivir y de hacer su mundo no importa en el lugar que esté. Si se piensa fríamente, 17 años en la cárcel, no lo puedes resistir. Yo tenía 24 cuando caí presa. Pero en el juicio no nos preocupaban los años que nos echaron, sino que no nos fusilaran a los hombres que estaban en la causa. Esa era la angustia. Cuando yo caigo presa no se había dado Girón, y no pensaba que el proceso iba a durar tantos años.

Los años en la prisión no pasan igual que en la vida cotidiana normal. Todo es tan rutinario, tan exacto, que lo que marca tus días es un recuerdo, que si el almuerzo, que si vino el agua. Pero llega el momento en que pierdes la noción del tiempo, entonces no te parecen tantos los años. Es como si fuera una noche muy larga.

Me acuerdo de cuando Girón. Nos pusieron las ametralladoras apuntando para las celdas desde la azotea. Y nos lo dijeron, lo sabíamos: si atacaban, los disparos iban a ser para adentro, para nosotras. Yo empecé a conspirar a los 18 años. Estuve seis años en la lucha contra Batista. En el 59 fui a trabajar en la Embajada de Cuba en Holanda, pero enseguida me di cuenta del carácter represivo de la revolución. Pedí permiso para regresar al país, era abril de 1960. Yo no trabajaba con ningún grupo en específico, pero me sentía más a gusto con el grupo de Aureliano Sánchez Arango, en la Triple A.

Se nos acusó de conspirar contra los poderes del Estado. Nos ocuparon unas armas en la casa, que habían pertenecido a mi hermano, que murió asilado en la Embajada de Haiti. Al otro me lo fusilaron.

Cuando cogieron a mi hermano me llamaron para un interrogatorio especial. Ellos querían que confesara y que trabajara para ellos. Yo tenía miedo, porque adoro a mi familia. En aquellos momentos yo les dije “estoy dispuesta a darles mi vida por la de él, porque es mi hermano, y porque vale más que yo, además es más necesario que yo, mi vida yo se las doy. Pero lo que ustedes me piden [que se convirtiera en delatora para que no fusilaran a su hermano] yo no lo puedo hacer. Él tampoco me lo perdonaría si lo hago.

Se dieron hasta el lujo de decirme “para ver si le salvamos la vida”, ni siquiera que se la iban a salvar. Un chantaje. Igual hicieron con mi padre. Ya le habían dado tres infartos cuando cayó preso por última vez. Yo estaba cumpliendo un castigo de seis meses sin visita, sin ver a nadie. A los 20 días me dieron el recado de que mi padre estaba preso. Él tenía un tratamiento muy riguroso para el corazón y no le dieron la medicina. Mi prima le llevó la medicina, pero los guardias le dijeron que no, que se la llevara. Ella se la llevó, y al salir de la cárcel, cuando se acabó la visita, el murió.

En esos 17 años conocí a miles de mujeres que cayeron presas por problemas políticos.

Cuando empezó la ley del trabajo forzado de las mujeres, al principio me negué a aceptar esa orden, después fuimos. Estábamos en Guanajay. Fue un momento muy duro para nosotras. El reto era no obedecer. Empezó una guerra psicológica. Y el castigo era meternos con las presas comunes. Nos trajeron pared con pared a nuestro pabellón a las peores presas comunes: asesinas, de todo. Nos dijeron que si no salíamos a trabajar nos iban a poner a convivir con ellas.

Yo me acuerdo que cuando caía presa una jovencita, uno sentía los gritos, porque las demás presas la estaban violando. Era algo terrible. Muchas de las personas que estaban allí eran seres humanos a quienes les teníamos mucha pena, mucha lástima. Eran personas que no estaban bien de sus facultades, habían asesinado, tenían hábitos de vida que no eran los nuestros, era una parte de la vida que la mayor parte de nosotras nunca habíamos visto. Casi todos los días había violencia, entre ellas mismas se herían. Algunas se suicidaban. Todo lo veíamos allí.

Las cosas en la prisión eran cambiantes, de acuerdo con la política. El mismo guardia que te daba un galletazo un día recibía la orden de tratarte mejor y te preguntaba que cómo te sentías, que si necesitabas algo, todo dependía de la política.

Yo, a pesar de todos mis dolores y de todo lo que hemos pasado en el presidio politico cubano, digo que hay que pasar por encima de todo eso para conquistar la democracia, la libertad y el respeto para el pueblo de Cuba, donde quepan todas las opiniones, todas las creencias.

Yo no puedo llevar mi sufrimiento personal a la solución del problema de Cuba. Ese problema nunca se va a solucionar así, con la violencia, con rencor, con odio. Hay que pasar tabla rasa sobre todo. Buscar una solución pacífica.

Yo no digo que perdone todo, yo digo que entierro mi dolor, paso por arriba de él, porque Cuba vale más que mi dolor.

Georgina Cid salió de prisión en 1978, el mismo año en que salió Orlando Castro, ex preso político que cumplió 18 años en prisión y con quien se casó en La Habana unos meses antes de salir para Miami en 1979. Cid trabaja actualmente en las oficinas administrativas del condado de Dade. Ella y su esposo fundaron Libertad y Vida, un grupo de apoyo a los activistas de derechos humanos en Cuba.

Lidia González: Nadie se puede imaginar lo que es aquello 

A las seis de la mañana tocaron a la puerta como si fueran bestias. Eran cinco, vestidos de civil, entraron gritando, registrándolo todo. Me acuerdo que el niño empezó a llorar. No me dejaron ni cambiarme de ropa. Me trataron muy mal.

Cuando llegué a la estación de policía de Zanja y vi aquello, era una puercada. En los cinco días que pasé allí cogí piojos. Allí todo el mundo tiene piojos, nadie se puede imaginar lo que es aquello.

Me metieron en un cuartico, un calabozo. Empecé a gritar para que no dejaran al niño allí. Entonces a mi nuera le pusieron una multa de 300 pesos y la dejaron ir, y el niño no cogió presidio. Yo me puse muy mal, me tuvieron que llevar a emergencia, al médico, vi que el policía le hizo una seña y me inyectaron. Entonces me alteré más, grité, les dije que yo estaba allí por defender los derechos humanos, que despertaran a la realidad.

A los cinco días nos hicieron el juicio, tardísimo en la noche, sin abogado ni nada. A mí me condenaron a nueve meses, a mi esposo a un año y a mi hijo a siete meses. A mi esposo y a mi hijo los mandaron para el Combinado del Este, a mí para el Manto Negro. Cuando yo vi a Manolito con su padre esposado en la jaula empecé a llorar, a rezar. No me quiero acordar, los tres en la misma jaula para la cárcel.

Nos habían condenado por “clandestinidad de impresos”. En mi casa se hacia el periódico Franqueza, el director era Samuel Martínez Lara (presidente del Partido pro Derechos Humanos de Cuba), Hiram Abi Cobas (secretario general del partido), el editor. Teníamos tres máquinas de escribir y así, escribiéndolo con papel de carbón sacábamos el periódico con todas las violaciones [de derechos humanos] que nos llegaban. Logramos sacar seis. No era clandestino, porque tenía los nombres y la dirección de mi casa, que era donde estaba la redacción. Yo era la encargada de entregarlo en las embajadas y las oficinas de prensa extranjeras.

En el registro me cogieron los periódicos que quedaban y documentos del partido, la petición de plebiscito y la recogida de firmas.

Cuando llegué al Manto Negro me esperaban con un acto de repudio las mismas presas comunes. Allí detecté que Tania Díaz Castro estaba trabajando para el aparato de la Seguridad del Estado. Ya yo tenía mis pequeñas sospechas desde antes. Tania no me recibió en la cárcel como una compañera, sino como si fuera su peor enemiga.

Me di cuenta que nunca decía nada en contra del penal. Decía que aquello era “una beca con candado”. Cuando yo criticaba la comida en el comedor, Tania me preguntaba que cuándo yo me la había comido mejor en Reina y Lealtad, que en su casa no se alimentaba como allí, que aquella comida estaba buena, decía esto sobre todo cuando estaban las guardias delante.

Tania me quiso encausar en prisión, me quiso complicar creándome un caso.

Ella era muy amiga de la directora del penal, el día de su cumpleaños recuerdo que le dieron tremenda fiesta, al amanecer llegó a su celda. A ella nunca la torturaron en prisión. Tenía todo tipo de privilegios, ella andaba suelta por allí. Tuve muchos problemas con ella. Mi criterio personal es que Tania era una infiltrada desde que empezó en el partido.

Un día nos fuimos a las manos, ella trató de complicarme allí adentro, le hablaba mal de mí a la directora del penal, siempre me estaba echando. Y le pregunté que qué clase de activista de derechos humanos era ella. Me contesto una barbaridad, una grosería.

Aquello es un infierno. Las peores asesinas andan sueltas allí, y son a las que la policía respeta. Las decentes que han caído presas por causas políticas las tienen encerradas 24 horas. Pero las comunes andan sueltas por los pabellones, gritando, peleándose entre ellas. Se cortaban, se picaban. Vi cómo una le cortaba el cuello a otra. Allí no se duerme, ellas andan deambulando toda la noche, es una tortura psíquica para sacarnos de quicio.

Un día cuando estaba de visita la Cruz Roja, la directora del penal me dijo que no fuera a pedir que me entrevistaran, y yo le dije que por qué no, para que vieran la clase de potencia médica que era Cuba. Grité, me dio una crisis de nervios, y me vieron los de la Cruz Roja. Yo tenía una intoxicación que no se me quitaba con nada y no me daban medicamentos.

Me habían puesto al lado de una que le habían echado 30 años porque había matado a su hija. Tenia una cuchilla; muchas tienen cuchillas, no sé de dónde las sacan.

Después la sacaron y pusieron a Rita Fleitas. A Rita le habían echado nueve meses como a mí. La habían condenado por haber ido a ponerle una ofrenda floral a José Martí y por haber leído un comunicado allí. Cuando salimos de la prisión, Rita, Maria Elena Ballo, su hija y otras mujeres fundamos el Comite Humanitario de Mujeres de Cuba, para ayudar a las presas políticas. Yo pedí la legalización al Ministerio de Justicia, pero sabía que no me la iban a dar.

He venido con un dolor muy grande en el corazón porque tuve que dejar a mi hija allá a merced de ellos. Tiene 23 años, es activista de derechos humanos y el esposo tiene cargos de peligrosidad. A mi hija le pueden hacer cualquier cosa, son capaces de todo.

Lidia González fue detenida el 23 de enero de 1989 y liberada el 31 de octubre de ese mismo año. Llegó a Miami junto a su esposo, su hijo, su nuera y su nieto en septiembre de 1990. González y su familia se asilaron en 1980, junto a 10,800 cubanos en la Embajada del Peru, donde permanecieron dos años. Salieron de la embajada con la promesa del gobierno cubano de que se irían del país enseguida, pero no sucedió así: se vio viviendo en la calle, sin trabajo y acosada por la Seguridad del Estado durante 10 años.

El Nuevo Herald, 10 de marzo de 1991

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