Respuesta a Montaner

El papa Francisco con los pobres.  (AP Photo/Alessandra Tarantino)
El papa Francisco con los pobres. (AP Photo/Alessandra Tarantino)

Doy gracias a mi Dios, que es el mismo del papa Francisco, por haber hallado este artículo “¿Cómo han acogido los liberales la “Laudato si?”, de Manuel Bru, publicado en Aleteia. Me ha permitido responderle al autor de “Tiempo de canallas”, a su insultante columna del domingo pasado “El papa Francisco y el debate de los pobres”. Yo no hubiese hallado palabras para hacerlo sin herirlo o intentar humillarlo, cosa que no quiero. A decir la verdad, no hubiese encontrado palabras, punto, tanto me repugna y asusta el pensamiento más que anticristiano, luciferiano de este periodista. Copio, más o menos, el escrito de Manuel Bru dirigido a los archicapitalistas que detestan a los pobres, la naturaleza y la creación, de la que forman parte, como la cizaña, que crece junto al trigo.

No es la primera vez que Carlos Alberto Montaner arremete cínicamente contra el Papa Francisco. Ya lo hizo con ocasión de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, y ahora lo hace con ocasión de la encíclica Laudato si.

Su argumento es de simple insultante: el Papa no debería criticar el capitalismo moderno porque según él es el sistema que saca de la miseria tanto social como ecológica. Ya. Que se lo digan a los millones de campesinos expropiados de sus tierras para que las multinacionales hagan su agosto con sus transgénicos, como denuncia el Papa.

Por decir disparates –llamémosle así y no otra cosa muy fea– llega a decir que “la pobreza material es la consecuencia del no-consumo. Los pobres carecen de todo: desde agua potable hasta un techo decente, pasando por medicinas, ropa y alimentación adecuadas, transporte y comunicaciones. Para que abandonen la pobreza hay que convertirlos en consumidores progresivos”. Se ríe Montaner a carcajadas mientras escribe esto, me lo imagino.

Es interesante constatar como la derecha política y social se “retuerce” con el magisterio del Papa Francisco. Tampoco es que el magisterio social de Juan Pablo II les gustase mucho, que en el fondo decían los mismo.

Pero creían que su pensamiento económico y social no llegaba a la gente. Con el Papa Francisco ese consuelo ha desaparecido, y vemos por primera vez como algunos de los gurús del neoliberalismo ya no aguantan más, y han decidido salir al campo de batalla para ridiculizar al Papa.

Ahora les toca a los líderes del pensamiento único neoliberal.  La cosa tiene su gracia porque estos adoradores de la plutocracia estaban situados en una postura muy cómoda con respecto a las cuestiones morales. Si la izquierda ideológica se enfrentaba a la moral cristiana abiertamente, la derecha ideológica había conseguido introducir en el pensamiento único un principio absolutamente falaz: que la economía de mercado es una ciencia exacta y que la moral no tenía nada que ver con ella.

Así, no entrando en el debate moral, ellos podrían seguir defendiendo la inmoralidad de las inmoralidades, que es la mentalidad individualista y consumista, sin entrar en más cuestiones.

Los neoliberales ateos, tan contentos, y los neoliberales cristianos –como el sacerdote Robert A. Sirico o los luteranos admirados por Montaner–, presa, sin saberlo, tanto de la herejía teórica (no se creen nada de la Doctrina Social de la Iglesia), como de la práctica (los diez mandamientos quedan reducidos a uno, al sexto, que es el único del que se confiesan los más religiosos).

Porque en el fondo lo que a Montaner le molesta es que el Papa no se quede en un tibio debate medioambiental, o que no se quede en repetir las consignas generales de una mayor responsabilidad ecológica, sino entre en las cuestiones antropológicas y morales de fondo que cuestionan la ideología neoliberal. Dice que su llamada a la conversión ecológica y social es una utopía. Pero bien sabe él que es todo lo contrario.

Lo utópico es pensar que con una cosmovisión esencialmente egoísta como la neoliberal, se puedan resolver los problemas tanto sociales como medioambientales, automáticamente, por un futurible desenlace de la varita mágica del mercado que predicaba Adam Smith. Eso sí que es una utopía.

Pero Montaner, como a todos los ultraderechistas, creyentes o no, lo que les molesta en realidad es que el Papa cuestione su moral más profunda, que no es otra que la de la ley del más fuerte; y su estilo de vida, que no es otro que el de la competitividad enfermiza, y la desigualdad insolidaria. No quieren que el Papa, con enorme predicamento, al que no pueden comprar, consiga convencernos de que la varita mágica de la ley de la oferta y la demanda no sólo no es la solución a todos los problemas, sino que es la excusa de todos los ladrones de guante blanco.

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