Del placer y el olvido

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El vagón del subway iba lleno, como siempre a esa hora del rush de la mañana. Yo, 16 años, cargada de libros rumbo a George Washington High School –lugar de inicios voluptuosos–, de pie agarrada a uno de los postes donde se encontraban las manos de todo tipo de gente, apretando el tubo para no caerse. Rieles entrecruzados, frenazos bruscos del tren IRT, que atravesaba Manhattan.

Miré la mano que me estaba rozando, subí por el brazo hasta llegar a la cara. Atracción inmediata. El joven me miraba fijamente, con expresión de deseo, algo ingenuo me pareció, lo que me atrajo más, diciéndomelo todo con los ojos. Y yo, que no tenía ganas de ir a la escuela, lo miré también. Sonreímos y nos bajamos en Washington Square, en Greenwich Village, adónde solía saltar clases para escaparme y ser parte de la cantata y las guitarras. Era la vida rebelde; allí era yo misma, experimentaba la plena libertad dentro de la incertidumbre de una generación algo perdida, por lo menos yo lo estaba. En ese espacio y ese tiempo se estaba gestando mi otra identidad, se enraizaba mi segunda nacionalidad.

Nos bajamos del tren. Estaba bajo el hechizo de sus ojos verdes inolvidables. Pelo negro, boca hecha para la mía, que comprobé hasta la locura horas más tarde. Hacía poco que se había mudado para Nueva York; me lo dijo en su cama, después de hacer el amor, en ese instante dilatado de gestos y palabras lentas, de intimidades y caricias.

DSCF9306Estuvimos horas en Washington Square, sentados en la fuente, caminando a la deriva mirando a la gente sin saber adónde íbamos. Me sentí feliz con mi conquistador apasionado. ¿Cómo era aquello posible? Siempre me sentía tan inapropiada ante los ojos masculinos.

No sé cómo terminamos uniéndonos a un grupo en la fuente que brindaba con vino y nos lo ofrecieron. Uno de ellos, sin camisa y riéndose, dijo que le había llegado la tarjeta y se tenía que ir para Vietnam. Tanta confusión había; y yo sentía que nos unía la alegría de estar en contra de casi todo, la rebelión latía como una bomba de tiempo en el pecho, cómplice de la revuelta, que no sólo era visible exteriormente, el disturbio grande se hallaba dentro.

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¿Sabía yo las causas de aquel ciclón interior que removía mi vida? No, no entonces, porque vivía, no analizaba, no tenía aún la facultad de reflexionar en el tiempo, los signos, las marejadas, los destrozos, la lenta reconstrucción del sí mismo.

Mi compañero y yo hablábamos de cosas que mirábamos y nos daban risa o nos sentíamos parte de ellas sin decirlo de esa manera. Me sorprendí –¿o asusté?– cuando me tomó la mano y me la apretó, como si fuera su novia. Me gustaba la aventura aquella. Qué delirio. De pronto le dije que por qué no nos íbamos de allí, ¿por qué no a los Claustros?

Abordamos otro subway. Él me acariciaba la mano y acercaba su cabeza a la mía, sentados muy juntos. Y me besó.

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Los Claustros.

Llegamos; apenas visitamos varias salas del museo, cuando salimos por una de las puertas y vi que le encantó el aire libre, el espesor del bosque, los árboles, la maleza. Saltó uno de los muros y alzó los brazos desde el otro lado para aguantarme cuando yo brincara. Lo hice, y empezamos una caminata sobre las hojas secas de otoño.

Nos detuvimos debajo de unos arbustos y nos acostamos sobre las hojas. Ya serían como las dos de la tarde. Me besó, y en un acto de arrojo sin pena ni conflicto ni freno, lo besé también. Fue un minuto de mi larga vida que no olvido: era yo sin ser yo, ese falso yo integrado ya por una cierta seguridad, afecto (en mi caso lésbico el afecto venía de lo femenino (mis experiencias eróticas eran con muchachas), poder y control. Nada de eso parece que desempeñaba ningún papel ahora. Insegura, sin poder alguno, sintiendo un afecto fuertemente desordenado para mí entonces, me hallé casi desnuda junto a él, con aquel frío que me hacía feliz, pero cuando estábamos al borde de la locura cuerpo contra cuerpo, sentimos el silbido de un policía que detrás del muro nos llamaba,

Si no fue este, fue un muro igual.
Si no fue este, fue un muro igual.

y al mirarlo asustados vimos los gestos que hacía de que desapareciéramos de allí.

Nos fuimos corriendo, contentos, porque nos sentimos –sin tener conciencia– poseídos por la fuerza de Eros, ya no éramos nada, y éramos todo.

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Los Claustros desde arriba.
Los Claustros desde arriba.

Entramos a su apartamento, hicimos el amor desesperados. ¿Qué era lo que yo estaba haciendo? No me importaba, yo no era dueña de nada.

Sonó el teléfono, era su hermano que estaba al llegar. Me quise ir enseguida. Salí apresurada buscando el subterráneo, ya de noche, y me monté en el tren con el olor suyo, olor de un hombre en mi cuerpo. Esa noche me llamó por teléfono. Y al otro día varias veces, y al otro. Mi hermana contestaba y me daba los recados que yo escuchaba en silencio. Sabía que no le había dado mi dirección.

Y sin saber porqué, nunca más hablé con él ni lo volví a ver.

Y no recuerdo su nombre, el de aquel joven hermoso que un día se grabó en mi existencia para siempre. ¿Dónde estará hoy?

La hija pródiga. Charlie MacKesey, 2013.                                                  La hija pródiga. Charlie MacKesey, 2013

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