El Cristo Cósmico

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La ciencia de hoy le llama Big Bang. Los cristianos creemos que en ese momento nace el Cristo Cósmico, cuando Dios decide mostrarse a sí mismo a través de la creación. De eso hace casi 14 mil millones de años y desde entonces, Cristo estaba, existía, desde el principio. Ese Cristo se hace hombre, Jesús, hace más de 2,000 años, y es el que conocemos a través de los evangelios y de las cartas de Pablo y los apóstoles y el Apocalipsis.  Es el Cristo que resucita.

Esta foto de la galaxia Anillo Polar NGC 660 fue tomada por el astrónomo Travis Rector, de la Universidad de Alaska en Ankorage a través del telescopio de Gemini North, en Mauna Kea, Hawái el 10 de noviembre de 2010. Con un tamaño de 50,000 años luz de un extremo al otro, y a 20 millones de años luz de nosotros y oscilando dentro de los límites de la constelación Piscis, la monumental “cruz cósmica” se revela en toda su plenitud de significados para los que saben ver.

Lo que vemos es mucho más que estrellas, polvo y nebulosas, gases y huecos negro. Las galaxias nos revelan la cruz, el símbolo supremo del amor de Cristo. Ese eterno “darse” misericordiosamente por cada uno de nosotros para redimirnos, para mostrarnos el rostro de Dios. Reconocer ese amor que se nos da, saberlo, es imprescindible para comprender el alcance del Cristo Cósmico, del cual somos parte vital, como todo el misterio de la creación.

Pobres de los que no ven en las estrellas, el mar, los árboles, las altas montañas, los valles, el ser humano, todo el cosmos, la energía vital de la vida, Dios.

Porque en él vivimos, en él  nos movemos y en él somos. Y la fuerza que mueve el cosmos es el amor. Estos son algunos de las textos bíblicos que nos muestran a un Cristo que existía antes de la misma creación, junto a Dios. El se hizo carne como la nuestra, hombre igual a nosotros excepto que no cometió pecado. Ya resucitado, nos atrae hacia él como al resto del universo.

“El es la Imagen del Dios invisible,
el Primogénito de toda la creación,
porque en él fueron creadas todas las cosas,

tanto en el cielo como en la tierra
los seres visibles y los invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades:
todo fue creado por medio de él y para él.
El existe antes que todas las cosas
y todo subsiste en él.
El es también la Cabeza del Cuerpo,
es decir, de la Iglesia.
El es el Principio,
el Primero que resucitó de entre los muertos,
a fin de que él tuviera la primacía en todo,
porque Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud.
Por él quiso reconciliar consigo
todo lo que existe en la tierra y en el cielo,
restableciendo la paz por la sangre de su cruz”.
(Colosenses 1,16-17)

 “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bienes espirituales en el cielo,
y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo,
para que fuéramos santos
e irreprochables en su presencia, por el amor.
El nos predestinó a ser sus hijos adoptivos
por medio de Jesucristo,
conforme al beneplácito de su voluntad,
para alabanza de al gloria de su gracia,
que nos dio en su Hijo muy querido.
En él hemos sido redimidos por su sangre
y hemos recibido el perdón de los pecados,
según la riqueza de su gracia,
que Dios derramó sobre nosotros,
dándonos toda sabiduría y entendimiento.
El nos hizo conocer el misterio de su voluntad,
conforme al designio misericordioso
que estableció de antemano en Cristo,
para que se cumpliera en la plenitud de los tiempos:
reunir todas las cosas, las del cielo y las de la tierra,
bajo un solo jefe, que es Cristo.
para que se cumpliera en la plenitud de los tiempos:
reunir todas las cosas, las del cielo y las de la tierra,
bajo un solo jefe, que es Cristo.
En él hemos sido constituidos herederos,
y destinados de antemano –según el previo designio
del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad–
a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo,
para alabanza de su gloria.

En él, ustedes,
los que escucharon la Palabra de al verdad,
la Buena Noticia de la salvación,
y creyeron en ella,
también han sido marcados con un sello
por el Espíritu Santo prometido.

 Ese Espíritu es el anticipo de nuestra herencia
y prepara la redención del pueblo
que Dios adquirió para sí,
para alabanza de su gloria.

 Por eso, habiéndome enterado de la fe que ustedes tienen en el Señor Jesús y del amor que demuestran por todos los hermanos,
doy gracias sin cesar por ustedes recordándoles siempre en mis oraciones
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente.
Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos,
y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza”. (Efesios 1, 2017)

“Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.
Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
El no era luz, sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.

Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.

 Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

 Juan da testimonio de él, al declarar: «Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo».

De su plenitud, todos nosotros hemos participado
y hemos recibido gracia sobre gracia:

 porque la Ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

 Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Hijo único,
que está en el seno del Padre.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?».

 El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías».

«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?». Juan dijo: «No». «¿Eres el Profeta?». «Tampoco», respondió.

Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».

 Algunos de los enviados eran fariseos,y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».

 Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen:
él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia».

(Evangelio de Juan 1, 1-27)

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